Vacunas: cómo hacer que el remedio sea peor que la enfermedad
La tan prometida y esperada salida de la pandemia se está transformando en un nuevo laberinto. La fabulosa demostración de capacidad científica hasta ahora está neutralizada por negocios, propiedad intelectual, ineficacias, ineficiencias, y políticas divergentes.

Durante el año 2020 el expresidente estadounidense Donald Trump había alentado y promocionado tempranamente la posibilidad de que se produjera una vacuna contra el coronavirus. En primer lugar lo hacía como coartada para su política de no mover un dedo para frenar la pandemia; en segundo lugar, porque luego de fracasadas las medidas de confinamiento y cuarentena, y descartada desde un principio cualquier posibilidad de reforzar estructuralmente el sistema de salud, la única promesa creíble para salir del infierno de la Covid-19 era prometer un cielo de vacunas a corto plazo.
Así, en los debates de la campaña presidencial de octubre, Trump anunció la pronta llegada de las vacunas y hasta comprometió (aunque sin mencionar siquiera su nombre) al jefe de logística del Pentágono, para quien sería “muy fácil”, dijo el presidente, distribuir cientos de millones de dosis “en cuestión de semanas”.
En noviembre, en su primera aparición pública después de su nunca reconocida derrota electoral, no contestó preguntas y se limitó a anunciar la inminente llegada de las dosis de Pfizer (la empresa acababa de comunicar que su vacuna había superado exitosamente la fase 3), su pronta distribución, y que antes del 1 de enero habría 20 millones de estadounidenses vacunados. El resto de las dosis estarían disponibles para toda la población en abril, “sea quien fuere que esté al frente del gobierno” (seguía sosteniendo que no había perdido).
El 31 de diciembre de 2020 la campaña de vacunación alcanzaba a poco más de 2 millones de estadounidenses, apenas el 10% de lo calculado por el gobierno. La logística –que además de móviles, freezers e insumos sanitarios requiere gran cantidad de personal especializado en todos esos asuntos- le había jugado una mala pasada. Pero no solo: tampoco los laboratorios habían enviado la cantidad de dosis contratadas, ni en los tiempos comprometidos.
Estos avatares, que en una primera evaluación podrían considerarse propios de la irresponsabilidad e inconsistencia del gobierno del presidente Trump, sin embargo se repitieron y se repiten una y otra vez en casi todo el mundo. No pasa un día sin que aparezca un nuevo país que no recibe las dosis que había contratado, que si las recibe no logra distribuirlas eficientemente, que si las distribuye no llega a vacunar a los habitantes calculados, que si los vacuna encuentra que la efectividad prometida no es tal. Y eso en los países que disponen de vacunas, que son los menos.
Un laboratorio
En una fecha tan tardía como el 8 de diciembre de 2020, los revisores de The Lancet dictaminaban que tras estudiar los datos enviados por AstraZeneca y la Universidad de Oxford, aún había “trabajo por hacer” para confirmar si su vacuna antiCovid-19 podía alcanzar 90% de efectividad.
The Lancet informó que los datos de la vacuna de Oxford en ningún caso mostraban más de un 62% de efectividad en los participantes del ensayo que recibieron dos dosis completas, y que el 90% solo se verificaba en un subgrupo más pequeño que recibió la mitad y luego una dosis completa. Menos del 6% de los participantes habían recibido el régimen de dosis más baja y ninguno tenía más de 55 años, “lo que significa que se necesitarán más investigaciones para detectar la eficacia de la vacuna”.
Ese mismo día, Rusia y el Reino Unido habían lanzado campañas masivas de vacunación, el primero con la Sputnik V de Gamaleya, el segundo con la de Pfizer/BioNTech. Días después, el presidente ejecutivo de AstraZeneca, Pascal Soriot, anunciaba una revisión general de su proceso de desarrollo en colaboración con el instituto ruso.
Los contratos
En la semana que pasó, la Comisión Europea dio por primera vez acceso público a uno de los contratos de adquisición de vacunas, después de un intenso y extenso debate en torno a la transparencia en el Parlamento Europeo. Los eurodiputados reclamaban desde septiembre el acceso a los acuerdos de compra anticipada pactados entre el Ejecutivo comunitario y los diversos laboratorios.
En el caso de CureVac, vacuna aún en fase de desarrollo y sin la correspondiente autorización de comercialización de la Agencia Europea del Medicamento, el contrato asegura 225 millones de dosis, con opción a adquirir otros 180 millones. Para leer estos datos, los eurodiputados debían acceder previa cita, a solas, durante tiempo limitado, sin celulares en el salón, y firmar una declaración de confidencialidad.
El documento, de 67 páginas, tenía numerosos tachones. Fue en esas condiciones la compañía CureVac accedió a revelarlo: sin detalle del precio pactado por dosis, ni de plazos de entrega, ni cláusulas de responsabilidad por incumplimiento o por posibles efectos adversos.
Sandra Gallina, negociadora jefa de Bruselas para la adquisición de vacunas, aseguró que “Es un principio, porque espero que las compañías acepten mostrar todos los contratos. En la Comisión no tenemos ningún problema con la transparencia”, añadió. No tienen problema, pero firman contratos con compañías que exigen secreto sobre los temas esenciales.
Muchos atribuyen a estos contratos las distintas velocidades de las campañas de vacunación según los países y que no se sepa bien si se trata de problemas logísticos de las compañías o de los Estados. Se especula, en Europa y en todo el mundo, con contratos firmados en paralelo por parte de más de una compañía y más de un gobierno, que necesariamente terminarán defraudando a una de las partes, pero sobre todo a las poblaciones que necesitan vacunas que lleguen y funciones..

Gobiernos y enfermeros
La Asociación Médica Británica informó a fines de diciembre que había más de 46.000 empleados de hospital enfermos de Covid-19, lo que “acumula presión adicional sobre una fuerza de trabajo que ya estaba muy sobrecargada. “La cantidad de médicos, enfermeras y otros trabajadores sanitarios que enferman de Covid-19 alcanzó niveles de crisis y obstaculiza seriamente la lucha contra la pandemia, dijeron médicos de alto nivel del sistema nacional de salud británico (NHS). El problema de la ausencia de personal debido a enfermedad o al deber de aislarse cuando alguien de su familia da positivo, también comienza a obstaculizar el programa de vacunación”, informaba The Guardian el 9 de enero.
No hubo incorporaciones significativas de personal, por lo que en la práctica el NHS opera con la misma dotación del principio de la pandemia, menos los enfermos y los fallecidos. El presidente del Colegio de Practicantes, Marcus Marshall, consideró que “Si todo el personal estuviera trabajando, tampoco no habría suficientes para llegar al objetivo de dos millones de vacunas semanales. Hay suficiente personal en este momento para los limitados insumos de los que disponemos. Pero no para desarrollar un programa mucho más grande en dos o tres semanas, al mismo tiempo que vacunamos contra la influenza y mantenemos la práctica general”.
En uno de los mejores sistemas de salud del mundo, ni el personal faltante por enfermedad, ni el personal agotado por el trabajo han sido reemplazados en un año, en medio de la mayor pandemia de los últimos cien años.

Otros laboratorios
México e Italia se sumaron esta semana a la lista de países que reconocieron que deben ralentizar sus campañas de vacunación por falta de dosis disponibles. Hay un problema de producción global que no se limita solo a una vacuna y que profundiza la crisis sanitaria global, en plena curva ascendente de casos y muertos en EEUU, Europa, América Latina, África y parte de Asia.
Italia, cuya campaña de inoculación masiva al 17 de enero alcanzaba a menos de 1,2 millones, anunció sufrirá “importantes retrasos” por la demora de la farmacéutica Pfizer en la entrega. Hasta el lunes habían llegado al país solo 48.000 de las 397.000 dosis previstas para la semana. El director de la Agencia Italiana de Medicamentos (AIFA), Nicola Magrini, expresó “grave preocupación” por la comunicación “a último minuto” del retraso en el envío.
Este nuevo incumplimiento de Pfizer se sumó al retraso de entregas en Europa hasta fines de enero o principios de febrero anunciado el 15 de enero, lo que afectaba además a Dinamarca, Estonia, Finlandia, Lituana, Letonia y Suecia, y a México.
En EEUU, que arrancó la semana superando la marca las 400.000 muertes por coronavirus (más que los estadounidenses muertos en la I Guerra Mundial, la de Vietnam y la de Corea juntas), Biden prometió hacer obligatorio el uso de barbijo. En este marco, el nuevo gobierno declaraba el objetivo de vacunar a 100 millones de personas en sus primeros 100 días de presidencia, mientras Georgia, Texas y California anunciaban la saturación de sus hospitales.

La propiedad “intelectual”
Los gobiernos de India y Sudáfrica reclamaron, por tercera vez en tres meses, ante la Organización Mundial de Comercio que se establezca una exención de derechos de propiedad intelectual de fármacos y vacunas contra la Covid-19 mientras dure la pandemia. Los partidarios de la exención sostienen que “los derechos de propiedad intelectual no concilian con la enorme escala de producción de vacunas”, lo que luego da lugar a la distribución insuficiente e inequitativa de dosis en todo el mundo.
La propuesta fue rechazada por la Unión Europea, EEUU, Reino Unido y Suiza, sedes de las principales farmacéuticas del mundo. Argumentaron que los derechos de propiedad intelectual no son el problema, sino la manufactura y la distribución deficientes, que estarían retrasando los envíos.
Fuentes de la OMC dijeron que no había indicios de que la organización fuera a modificar sus posiciones sobre propiedad intelectual. El Consejo General de la OMC, integrado por 164 miembros, toma decisiones solo por consenso, es decir que con una sola oposición de peso la solicitud será rechazada.
La propuesta de India y Sudáfrica (dos de los otrora famosos BRICS) es respaldada solo por Eswatini, Kenya, Mozambique y Pakistán (con la notoria ausencia de Brasil, Rusia y China, los otros integrantes del promocionado bloque).

Visones y mutaciones
Casi en simultáneo con el precipitado lanzamiento de las vacunas, aparecieron dos nuevos factores en el fenómeno de la pandemia. En Dinamarca tuvieron que liquidar masivamente sus planteles de visones, al descubrirse que eran fuente de contagio mutuo de coronavirus con las personas que trabajan en esa industria. La celebrada serie dinamarquesa “Borgen” había anticipado una situación similar en torno a los criaderos de cerdos.
Por otro lado, el virus ha comenzado a mutar y ya se hallaron al menos tres cepas (en el Reino Unido, Sudáfrica y Brasil) que serían más contagiosas que la surgida en Wuhan, y que rápidamente fueron detectadas en una decena de otros países.
Estos dos factores ponen sobre la mesa otro asunto crucial: la eficacia –aún por demostrar- de las vacunas no solo está relativizada por los problemas expuestos más arriba, sino que aparece sometida a las modalidades más características del sistema de producción. Es decir, además de los obstáculos sociales y políticos mencionados al principio, capaces de neutralizar o inutilizar fabulosos logros científicos, el propio modo de producción genera y multiplica problemas y desafíos nuevos cuando aún no se han comenzado a solucionar los (aparentemente) ya conocidos.
La OMS viene señalando reiteradamente el acaparamiento de vacunas por parte de los países ricos; India y Sudáfrica reclaman que las normas de “propiedad intelectual” obstaculizan la propia producción y distribución; los trabajadores de la salud en todo el mundo denuncian la falta de recursos humanos y materiales. El conjunto del sistema crea obstáculos infinitos al desarrollo de soluciones para los problemas que él mismo ha creado. Como si transformara los remedios en enfermedad.
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