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Gustavo “Jetón” Palacio, abrazos al cielo

“Un gran jugador de básquet, de los irrepetibles”

Nació el 17 de julio de 1950, en su casa paterna de French 345, en Resistencia. Hijo del Dr. Jorge Víctor Palacio y de Sara Guerra, tuvo un hermano con quien compartió miles de andanzas, el Dr. Jorge Palacio.

Un amigo de toda la vida, desde la más tierna infancia, ya que mis abuelos vivían frente a su casa. Estudió en el Colegio Don Bosco, donde desde muy joven abrazo el básquet como su deporte emblema y terminó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional, donde se destacó en atletismo a nivel provincial (campeón chaqueño de 100 m). Además jugó al futbol como arquero de San Fernando, al rugby, y a cuanto deporte existiera.

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Su padre, junto a caracterizados vecinos y con la ayuda de los chicos del barrio, fundó la canchita de fútbol llamada con el tiempo “Canchita Palacio”, donde pasamos imborrables momentos de la juventud. 

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Su papá, odontólogo, parecía un hombre muy duro en el manejo de la canchita, pero solamente era un gesto para poder encaminar a tantos chicos. Él se encargaba de que siempre hubiera una pelota de futbol, de rugby, los guantes y bate para el sóftbol y todo lo que se pudiera necesitar. 

Su pasión por el básquet lo llevó a ser uno de los jugadores emblemáticos del Chaco. Sobresalió en su club de origen y en Chaco Forever, en los años setenta jugó profesionalmente en Boca Juniors y en Bahía Blanca. 

Representó al Chaco en torneos juveniles y de mayores, descollando como base, donde se lucía con fintas y pases de faja con una velocidad inusual. Sus amigos de toda la vida y los forjadores de un trío irrompible en Don Bosco, eran el Dr. Rolando “Roli” Toledo, y su inseparable amigo hasta sus últimas horas, el artista plástico “Taqui” Sánchez. Su otro gran amigo de la vida y de profesión fue “Nino” Capelatti.

Volviendo a sus estudios, por muchos años cursó la carrera de Arquitectura y, aunque no la terminó, su aprendizaje le sirvió para futuros trabajos como dibujante en Supercemento y luego en la dirección de Vialidad Provincial, donde se acogió a la jubilación.

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En lo personal me tocó compartir con él todos esos momentos y muchísimas aventuras, lo que nos granjeó una gran amistad. Pero hubo un hecho fundamental en nuestras vidas, que nos hermanó en ese tiempo, cuando compartimos el Servicio Militar. Los dos prorrogados por estudio, coincidimos en el año 1977 (plena época de aquellos infaustos militares) con la primera clase de 18 años, así que para nosotros eran todos pibes. 

Pero hay un hecho anecdótico imborrable de nuestra experiencia militar: nos tocó Marina y nos trasladaron a la ciudad de La Plata, al BIM 3. Cuando nos reclutaron en La Liguria nos dieron una bolsa con comida, en la que no se distinguía qué era qué, y nos subieron a un tren con destino directo a La Plata, sin escalas y por seguridad con todas las ventanillas tapadas. 

Treinta horas viajamos de esa manera, así que sacamos a relucir todas nuestras vivencias y éramos los adalides del grupo. Cumpliendo el servicio militar se casó y tuvo una hija, María José Palacio Soriano, y en un segundo matrimonio con Lilita Gizzi tuvo su segundo hijo, el amado arquitecto “Quitito” Palacio, quien lo acompaño permanentemente y estuvo siempre a su lado en sus peores momentos.

En su última década, su salud se deterioró tremendamente cuando sufrió un ACV, que prácticamente lo margino de la vida deportiva. Pero la luchó, la peleó, le metió garra y voluntad para poder superar aquel trance. 

Para colmo de males fue un fumador empedernido y --acá quiero hacer un párrafo aparte-- años discutimos sobre el mal que provoca el pucho. Él fue un defensor a ultranza hasta que le ocurrió su accidente cerebro vascular y por mucho tiempo lo abandonó. 

A fines del año pasado lo internaron con un cuadro de neumonía y la venía peleando muy bien, hasta inclusive había salido de la terapia. Luego tenían que operarlo de las caderas y lo internaron nuevamente. Allí se contagió de Covid 19 y ya de esa no pudo salir.

Me contaba su hijo “Quitito” que su internación fue en un nosocomio privado hasta su contagio, donde fue trasladado al Hospital Modular del Perrando y me relató las diferencias tremendas, de casi nada a la excelente atención en todo sentido del hospital público.

“Jetón”, simplemente te fuiste un rato antes.

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