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Buenos hábitos de otros tiempos

El crecimiento de las ciudades más pobladas de la provincia trajo aparejado la pérdida de ciertos hábitos característicos de la vida en los barrios, como la solidaridad entre vecinos y la predisposición para ayudar al prójimo. La emergencia sanitaria -que obligó a imponer el distanciamiento social para evitar la transmisión del virus- contribuyó, en gran medida, a debilitar los lazos sociales entre las personas que comparten esos espacios.

Las personas con más experiencias en la vida aseguran que la idea que sostiene que “todo tiempo pasado fue mejor” tiene como mejor aliada a la imperfección de la memoria, que hace que el ser humano -por una cuestión de supervivencia y de salud mental- empuje al olvido todos, o casi todos, los acontecimientos malos de los tiempos vividos. Pero reflexionar sobre los buenos hábitos de otros tiempos no implica, necesariamente, poner todo en una misma bolsa.

Hay muchas costumbres de la vida en los barrios que se perdieron, como el saludo al vecino con el que uno se cruzaba todos los días en el comercio más cercano, la tranquilidad de saber que existía cierta disponibilidad para ayudar a resolver un problema, las charlas sin apuros o, si se prefiere, la comunicación entre personas que compartían mucho más que un espacio geográfico. ¿En qué momento se perdió todo eso? ¿Cuándo comenzaron a transformarse esos lazos sociales en la ciudad (llámese Resistencia, Barranqueras, Fontana, Vilelas, Sáenz Peña, Charata, Castelli o Tirol, etcétera)? Hubo un momento en que, al menos en el Gran Resistencia, la población urbana aumentaba a razón de 10.000 personas por año. Gran parte de ese incremento se produjo por las migraciones desde zonas menos pobladas hacia el mayor conglomerado urbano de la provincia.

Algo similar pasó con otras de las ciudades más grandes y pobladas del interior, donde la apacible vida en los barrios donde la gente sabía los nombres de todos los que vivían en la misma cuadra también sufrió cambios a tal punto que hoy mucha gente ni siquiera se habla con el vecino. Es probable que la inseguridad haya sido un factor que, en gran medida, contribuyó al distanciamiento, aún antes de que llegara la pandemia.

En ese sentido, hay quienes observan, por ejemplo, que también se produjo una lenta desaparición del hábito de sacar unas silletas y compartir mates en la vereda. Esa pérdida gradual de contacto social entre los propios vecinos afectó no sólo las relaciones entre adultos sino también entre los más chicos, a tal punto que hoy casi no se escuchan voces de pibes corriendo y jugando en las calles.

No existe más ese “salir a jugar mientas dura el sol” como dice la letra de la canción “Bombitas de agua”, del compositor e intérprete bonaerense Germán Barceló que se viralizó este verano y que describe aquella época de televisión en blanco y negro, calles de tierra, los inolvidables juegos infantiles, las jugadas heroicas de los potreros, el asado del domingo, el almacén de la esquina y la infaltable diversión de los carnavales con coloridas “chupitas” en un fuentón.

No se trata aquí de promover la nostalgia, sino de rescatar lo mejor de ese pasado en estos tiempos difíciles. Algunos estudiosos de la planificación y ordenación de las ciudades y del territorio sostienen que los barrios cerrados de tipo privado fomentaron el individualismo y debilitaron el vínculo social entre vecinos. Puede ser. Pero también en los barrios tradicionales se observa ese fenómeno. Excepto en algunas localidades de la provincia donde, afortunadamente, todavía se respira esa vida de verdaderos vecinos.

No estaría mal que, con los cuidados que exige hoy la emergencia sanitaria, comiencen a recuperarse esos hábitos poniendo en práctica un cotidiano ejercicio de buena vecindad. Al fin y al cabo, gracias a la revolución cognitiva que el homo sapiens experimentó hace 70 mil años fue posible que el ser humano estableciera lazos de cooperación incluso con desconocidos para hacer cosas juntos y mejorar la comunidad.

Ojalá que estos días de distanciamiento obligado para evitar la propagación del virus sirvan también para reflexionar sobre la necesidad de recuperar aquellos pequeños grandes gestos y las buenas costumbres de otros tiempos.

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