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Festejos de fin de año en tiempos de pandemia

Año tras año, las fiestas de fin de año movilizan mucho a la población. Ya sea la alegría de la Navidad, el encuentro familiar que se estila para esas fechas, las costumbres de los regalos y la inminencia de un nuevo año, lo cierto es que la agitación es mucha.

Sin embargo, las fiestas no siempre resultan una fiesta. Por el contrario, durante treinta años de escucha en el consultorio (ese lugar donde las personas se quitan todas sus máscaras, para encontrarse consigo mismas a contarse sus verdades), he escuchado a muchas vivirlas como un peso: Encontrarse con gente con la que no se siente cómoda; los gastos en regalos, los “tironeos” maritales respecto a con qué familia sí y con qué familia no, en fin, una serie de circunstancias que atraviesan estos eventos, que tienen mucho de genuino encuentro, pero mucho de compromiso también.

A eso se suma el supuesto cultural de que son fiestas y que las fiestas deben ser indefectiblemente alegres, imprimiendo una exigencia al estado emocional, que debe acomodarse a esas circunstancias, forzadamente. En la medida en que son acontecimientos idealizados, confrontan a muchas personas, a sus propias carencias: la pérdida de un ser querido acontecido en el último año, la imposibilidad del encuentro con quienes están lejos o alejados, el cansancio de todo un año de búsquedas frustradas, lo que no fue, lo que se perdió, lo que falta. Para muchos, significan la renovación de las esperanzas y la redefinición de los anhelos. También es verdad, pero para los que las disfrutan, las recomendaciones redundan. 

En estas fiestas con contexto de pandemia, se suman nuevos factores: los que quieren juntarse con la abuela y los que consideran que implica arriesgarla; los que no pueden viajar como de costumbre por cierre de pasos o porque el impacto económico del año transcurrido ha sido fatal para asumir cualquier gasto extra; la irresponsabilidad de los que no se cuidan, el miedo a ser contagiado y a contagiar. Sentimientos encontrados y conflictos que requieren poner primero lo primero y evaluar la propia realidad interna, para alinear con franqueza los distintos aspectos de la situación particular: hay mucha gente que este año perdió a seres cercanos y queridos y no todo el mundo está para fiestas. Aceptar las circunstancias reales y actuales, sin imponerse “estar a la atura de las circunstancias”, como si hacerlo fuera estar feliz a pesar de ellas. Todo lo contrario. Respetar los estados emocionales, propios y ajenos; hacer lo que se puede, reunirse siempre y cuando esté el deseo.

El 2020 nos legó que lo que le pasa a uno nos puede pasar a todos. Entonces, no olvidar mirar hacia los costados: los vecinos o compañeros de trabajo. Hay muchas personas que están terriblemente solas y en estas fechas lo sufren el doble, porque también es un supuesto compartido que las fiestas se pasan en familia. Tal vez un plato más en la mesa, con las recomendaciones que se aplican a todos en estos días de pandemia, o un té con pan dulce el día de Navidad, para cerrar un año necesitado de mucha solidaridad.

Y por supuesto, respetar el número máximo recomendable de personas, reunirse en lugares con buena ventilación y destinando los más aireados a las personas mayores. Usar el tapabocas el máximo tiempo posible, extremando la higiene de manos, sirviendo la comida en cada plato, para evitar el autoservicio en mesas con bandejas compartidas.
Y lo más difícil e irónico de todo: evitar los besos y los abrazos.

(*La autora es psicóloga y preside la Fundación Gerontológica Puente a la Vida) 

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