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CARTA DE LECTORES

Uso de la biomasa: desafío o distracción

Señor director de NORTE:

Un artículo de este diario en el suplemento “Rural” del miércoles 26 de noviembre del 2020, da cuenta del “desafío” asumido por empresas chaqueñas para generar energía a partir del uso de la biomasa forestal.

Tratándose de extractoras de quebracho —y tradicionales industrias de actividad “minera” en nuestros bosques— por lo menos llama la atención el epíteto de “desafío”. No hay dudas que lo fue el siglo pasado y desde mucho antes; desde el mismo día que el hombre empezó a usar el fuego para cocer su alimento, endurecer las puntas de sus flechas o paliar los rigores del invierno. Pero hace varias décadas, seguro, existen en todo el mundo distintos centros de investigación universitarios —y también en el Chaco, nos consta, como es el que funciona desde hace más de veinte años en la Fac. de Ingeniería de la UNNE)— en donde se trabajó seriamente con este tema, incluyendo los desechos forestales y otros, como los producidos a partir de los residuos domiciliarios, las excretas, restos de materia generada en la producción hortícola o ganadera aparte de las tecnologías eólicos o solares.

Los “desafíos” de utilizar cosas que no se conocen pero que se supone podrían generar cambios  significativos en el ambiente natural y/o cultural, los encaran los pioneros; los que se animan (se atreven) a dar los primeros pasos y a experimentar. Desde hace más de un siglo las tanineras han generado incontable cantidad de desechos biológicos, los que fueron desperdiciados y lo que es peor, contribuyeron a contaminar el aire, el agua y el suelo de los espacios naturales involucrados por la explotación. Sus chimeneas permanentemente expulsaron los gases que contribuyen al calentamiento global y pérdida de la biodiversidad; sus desechos hirviendo y llenos de ácidos y tóxicos fueron liberados a ríos y lagunas. transformándolos en reservorios portadores de muerte y desolación.

En 2004 se realizó en Bonn (Alemania) la Conferencia Mundial de Energías Renovables. Y quienes pudimos asistir merced a una gentileza del gobierno germano, vimos estos “desafíos” expresados en cientos de proyectos y de productos elaborados para poder llevarlos adelante y producir verdaderas revoluciones en el uso y aprovechamiento de distintas formas de energías renovables, es decir, que aseguren un desarrollo sustentable en serio. Como siempre comenté, también había grupos de ambientalistas protestando, con grandes artefactos inflables que daban sensación de “multitud”. Pero eran pocos activistas, la mayoría adolescentes, cantando frases o consignas sin mucho entusiasmo. Es que allá el Estado se adelanta a los pedidos y exigencias; sabe que las protestas desacreditan a los gobiernos; que los “queman”; por eso tratan de “curar en salud”. Suena a estrategia hipócrita, pero peor es inaugurar lo que desde hace más de un siglo habría que haber exigido que se haga, y ningún funcionario se animó. Es más, los gobiernos locales trataron de “quedar bien” con los empresarios tramposos, y pasaron de empleados o pobladores contaminados (abusados) a intendentes, diputados o senadores, y por ende, férreos defensores del modelo “minero” y contaminante de los abusadores.

Son los mismos empresarios que saben que los listones de quebracho blanco con los que arman los soportes para empaquetar el tanino (los que acá pareciera no valer nada) en Europa y otros mercados los utilizan los ebanistas para construir costosos muebles de estilo, a partir de “desechos” de nuestros últimos bosques.

Inaugurar una planta generadora de residuos (y esto va a los inauguradores compulsivos de la política vernácula y de más allá) tampoco es una hazaña. Es un reconocimiento explícito (porque seguramente lo mencionarán en los discursos consabidos) de que “por fin” hay empresarios “pioneros” que se ocuparán de “aprovechar” esa masa enorme de desechos y la transformarán en energía. “Nunca es tarde cuando la dicha es buena”, dice el viejo refrán, pero también hay una frase popular lapidaria: “Tarde piaste”. Los funcionarios, en su afán de apoyar lo que pareciera ser una buena acción, “tarde pían” cuando inauguran plantas que pudieron haber exigido a través de leyes u ordenanzas muchas décadas atrás, cuando los ambientalistas del todo el mundo lo sugeríamos (un abogado “jugado”, Lamaison, lo intentó en nuestra región y lo mataron). Después lo solicitábamos explícitamente y ahora – aunque es poca la “bolilla” que nos siguen dando– lo exigimos, hasta el punto que el Banco Mundial ha inaugurado desde hace varias décadas, esa especie de premio a quienes cuidan la masa forestal como acción preventiva del cambio climático y la generación de anhídrico carbónico y otros gases de efecto invernadero. Es más, han dispuesto programas con muchos dólares disponibles para las empresas que acepten el “desafío” de neutralizar en parte el calentamiento global (insisto, “con muchos dólares disponibles”).

Pero la explotación “minera” del bosque y la expoliación desconsiderada e impiadosa de otros recursos naturales continúa como siempre, en aras de extender los campos para el monocultivo y para ello envenenarlos con productos tóxicos que afectan la salud y reproducción de otros seres vivos, incluyendo los seres humanos. En nuestro caso, “la letra con sangre entra” sigue siendo la otra alternativa, pero adaptada a nuestra época: no matar o acallar a quienes proponen cambios culturales y modificación de malos hábitos productivos, sino sancionar (con fuerza y en serio) a quienes se oponen a asumir el desafío de velar por la salud de la población. Exigir que haya un desarrollo que respete el modelo de la Naturaleza, que de esto de sobrevivir tiene varios miles de millones de años más vividos que nosotros, los animales culturales, quienes seguimos tropezando con la misma piedra en nuestro avance inexorable hacia lo que la tesis popular sostiene: “todo bicho que camina va a parar al asador”.

JORGE CASTILLO MIRÓ

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