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La isla del Cerrito en la historia del Chaco (Siglos XV al XX)

De toda la superficie que hoy posee el Chaco como provincia, la isla del Cerrito es la parte más vinculada históricamente con los hechos de la historia nacional. Asimismo, algunos conjeturan en base a otros hechos, que fue el lugar de fugaz desembarco de Sebastián Caboto en el siglo XVI.

Antiguamente designada también con el nombre de Atajo y ubicada en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, estuvo poblada antes de que surgiera la colonia Resistencia Perteneció al Chaco desde 1876, Hasta tiempo antes, estuvo ocupada por fuerzas paraguayas que actuaron en la Guerra de la Triple Alianza.

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Después de la derrota de estas tropas, un laudo arbitral del presidente de los Estados Unidos determinó que las tierras en donde se encontraba la hasta entonces capital del Chaco, Villa Occidental, pasaran a poder del Paraguay.

Por este motivo, fue instalada provisoriamente en El Cerrito la capital de la Gobernación Nacional del Chaco que comprendía en el momento los territorios de Chaco y Formosa. La fundación de la ciudad de Formosa dio una nueva sede gubernamental a estos territorios del norte argentino, que se encontraban entonces unidos.

Sin embargo, su mayor trascendencia a la opinión pública nacional cobró vigor a raíz de un hecho ocurrido en las primeras décadas del siglo XX.

El Gobierno Nacional había solicitado oportunamente varios informes acerca de las condiciones agropecuarias de la isla, los que resultaron favorables y hasta ponderativos de las mismas, en cuanto a fertilidad del suelo y por ser calificadas de tierras altas, no inundables.

Como consecuencia de ello, a mediados de 1914, las autoridades de la Nación dictaron un decreto por el cual se reservaba estas tierras con destino a la colonización agrícola, determinando que fueran incluidas en el Registro de Tierras Reservadas. Se las sacaba de esta manera de la órbita jurisdiccional del Chaco.

Cinco años más tarde, un documento oficial daba cuenta de la cantidad de pobladores y de las mejoras por ellos realizadas, en una superficie aproximada de nueve mil hectáreas. refrendando el destino agrícola que se le había asignado

Pero a raíz de problemas coyunturales se debió modificar el destino inicial dado a la isla. Por decreto del 10 de diciembre de 1924, el Poder Ejecutivo Nacional aprobaba un proyecto, formulado por la Comisión Asesora de Asilos y Hospitales Regionales, referente a la construcción de una Colonia Regional de Leprosos que atendería a los afectados de los territorios de Chaco y Formosa y de la provincia de Corrientes. Dos años más tarde otro decreto establecería que la isla se reservaba con fines de utilidad pública y para la de la colonia regional.

Además del citado hospital, se tenía prevista la construcción de otros en distintas regiones del país. Tiempo antes y frente a la gravedad preocupante que traía aparejada la difusión de la lepra, una de las enfermedades endémicas que castigaban a un número importante de cierto sector de la población, el Congreso Nacional había sancionado una ley conteniendo disposiciones relacionadas con la hospitalización y tratamiento de los afectados del denominado mal de Hansen.

Por ella, y una modificatoria posterior, se establecía que se construirían en el país, tantos leprosarios regionales cuantos fueran necesarios para atender a los enfermos en las regiones más afectadas que se ubicaban principalmente en la zona del litoral y en Córdoba, aunque se reconocía que se encontraban casos en otros puntos del país.

Se formularon proyectos de construcciones de los hospitales de Posadas en Misiones, San Francisco del Chañar en Córdoba, el de General Rodríguez en la provincia de Buenos Aires, el de Diamante en Entre Ríos y el de Barrancas en Santa Fe.

Las proyecciones de cifras de atacados resultaban sumamente preocupantes, calculándose entonces que, dada la extraordinaria facilidad del contagio de esta enfermedad y el hecho de que en la primera década del siglo había aumentado en diez veces el número de afectados, el futuro podría presentar el agravamiento de la situación con una cantidad mayor de enfermos.

El 27 de setiembre de 1928, el presidente de la Comisión Asesora de Asilos y Hospitales Regionales, doctor Domingo Cabred, colocaba la piedra fundamental de la obra “furtivamente en las sombras y en soledad”, según lo afirmaba la prensa contemporánea. El comentario nos da la idea de que se intuían los problemas futuros que traería la concreción del proyecto.

Tiempo más tarde se iniciaba la construcción del nosocomio de la isla del Cerrito, que se realizaría en concordancia con las modernas concepciones de la arquitectura sanitaria, vigentes en ese momento.

No obstante, la circunstancia de que la construcción avanzaba con cierta celeridad, recién pudo inaugurarse trece años más tarde por un conflicto suscitado por el gobierno, prensa y fuerzas políticas de la provincia de Corrientes, cuya población era, sin embargo, la más afectada en la región por el flagelo de la enfermedad.

El proceso de construcción e inauguración del hospital constituye una sucesión de relatos que demuestran la rivalidad existente entre la comunidad de Corrientes y la de Resistencia, inspirada en varias oportunidades en intereses particulares y otras en el temor que desde la antigüedad, inspiraba la enfermedad.

La cuestión fue debatida en diversas oportunidades en el ámbito del Congreso Nacional, además de plantearse previamente en la Legislatura correntina. El carácter de provincia que poseía Corrientes le permitía tener legisladores a nivel nacional y su gobierno podía ejercer mayor influencia en las esferas oficiales de la Capital Federal, defendiendo los intereses locales.

La razón que justificaba la oposición sistemática de los representantes de la vecina provincia, evidenciada durante más de una década, radicaba fundamentalmente en la naturaleza de los enfermos que albergaría el nosocomio. La lepra era considerada entonces unos de los mayores flagelos de la humanidad y los peligros del contagio causaban gran temor en la mayoría de las personas.

La proximidad del hospital generaba la oposición de los correntinos, que no reparaban, sin embargo, en las muchas posibilidades de prevención y curación que el mismo significaría para el crecido número de enfermos del mal que habitaban en su territorio.