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Charla Con Graciela Verónica Iavia

Azahares de mamá

Hoy sus cinco hijos la cubrirán de abrazos, Salvador, Constanza, Aitana, Máximo y Margarita. Es docente hace 18 años. Tras el inicio de la pandemia se mudó al campo y ésta es su historia.

Junto a su familia viven a 17 kilómetros de General San Martín. Se trasladaron todos allá cuando comenzó el tiempo de aislamiento, social, preventivo y obligatorio. Nos comunicamos hace unos días y justo se cortó la luz, se quedó sin internet y el celular paseó por distintos ambientes hasta descubrir que arriba del ropero tenía señal. La odisea ahora se lee divertida pero a lo largo de estos siete últimos meses fue menos alegre.

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Hoy sus cinco hijos la cubrirán de abrazos, Salvador, Constanza, Aitana, Máximo y Margarita.

Graciela Verónica Iavia es mamá de Salvador (12), Constanza (10), Aitana (7), Máximo (5) y Margarita (2). Esposa de Williams. Es docente hace 18 años, “creo firmemente que la docencia es una carrera noble, llena de desafíos cómo el que atravesamos hoy en día con esta pandemia que nos azota. En este ciclo 2020 fueron muchos los inconvenientes que se me han presentado con ámbitos en los cuales no estaba muy preparada como por ejemplo en el digital”, cuenta y se ensancha en detalles de lo que significó aprender a usar estas herramientas. 

Mudanza al campo

Al comenzar las restricciones de movilidad la familia tuvo que tomar una determinación rápida. Mudarse al campo donde los chicos tendrían más espacios para moverse, al tiempo que podrían conocer otra realidad. Sin embargo pronto apareció un problema, la falta de conectividad; tanto de Verónica para enviar la tarea a sus alumnos, como de sus propios hijos para recibir la de sus maestras.

Viví momentos angustiantes por no poder cumplir con las actividades de mis hijos y las mías, debía responder a mis alumnos. En ocasiones viajé a San Martín para tener señal”, explicó. Las historias se abren en un abanico de recuerdos que van de poner el celular arriba del ropero o dejarlo fuera en un poste, envuelto en bolsa porque llovía.

A medida que pasó el tiempo la familia y los niños, sobre todo, comenzaron a tener horarios para jugar, estudiar, hacer las tareas de la casa. Al igual que muchos miraban videos de YouTube y aprendieron hacer recetas, desde pan casero hasta tortas. Margarita, de apenas dos años, es la que demanda más atención pues aún no entra en la regla de ningún horario y está también expuesta a las bondades y los peligros del campo. 

Muerte y vida

El cambio de vivir en el campo trajo sus luces y sus sombras. Antes, comentó Verónica, los chicos querían pan o galletitas e iban a la esquina a comprar. De repente no tenían nada derredor, todo campo y animales. Hace unos meses vivenciaron la cesárea de una vaca. El ternero está bien, ellos le dan la mamadera, pero la vaca murió unas semanas después. Fue el primer contacto con la muerte. Después con la cuestión de la sequía no sería la única y los decesos siguieron. “Cuando los terneros quedan solos ellos los cuidan. Verlos llorar por algunos animales que se mueren es muy fuerte”, agrega. 

Los niños también están siendo protagonistas del crecimiento de pollos y gansos. En invierno salían a recoger huevos de la gansa, que como no pone en un nido están dispersos hasta que un día empezó a incubar. “Descubrieron que hizo nido y la cuidaban. Cuando nacieron los gancitos fue una alegría intransferible. Por eso digo que aquí en el campo vivimos la vida, la muerte, estas cosas nos fortalecieron como familia. Como matrimonio también”, acentúa. 

Animales cercados por llamas

La sequía afectó también esta zona rural de General San Martín. Verónica Iavia cuenta que han visto animales morirse y hasta han combatido incendios que estuvieron cerca de su casa. El agua que tienen es agua de perforación, cuando se quedan sin luz también se quedan sin agua. En una ocasión colaboraron con los bomberos para apagar un incendio cerca de su vivienda, las llamas alcanzaban los dos metros de alto. “Escuchar como los animales balaban, cercados por las llamas, es un efecto desgarrador”, agrega y un silencio tras sus palabras subraya ese recuerdo.  La lluvia de hace unos días atrás alcanzó los 45 milímetros, trajo alivio y es posible que ahora el pasto comience a brotar. El viejo axioma de que el verde es esperanza aquí cobra vida en todo su potencial. 

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"En el campo vivimos la vida, la muerte, estas cosas nos fortalecieron como familia”, contó Graciela Verónica Iavia.

Adhesión al paro docente

Desde el inicio de la pandemia Verónica Iavia pasó por distintos estadios. Tiempos sin conectividad y estar muy conectada. Algo que ya se está estableciendo por estos meses de aislamiento es que apagar la computadora o desconectar el celular reemplaza lo que en otro tiempo fue, “llegué a casa”. Un poco por esta razón desconecta internet a las 21. “Necesitamos un espacio para la intimidad de la familia”, desliza.

“La remuneración por nuestro trabajo no es justa. No estamos siendo valorados como docentes”, agrega. Hubo que invertir mucho dinero para tener internet. En la primera etapa del aislamiento debió armar archivos de Word con el celular para enviar la tarea a sus alumnos. Verónica es docente de la Escuela Técnica Nº 26, tiene siete salones con 40 alumnos cada uno. Cuando un 20 o 30 por ciento de los chicos entrega la tarea, hay que comunicarse con los demás para conocer qué está sucediendo. “Me he tomado el trabajo de mandar mensajes a los padres de cada alumno. Hoy trabajamos el triple de lo que hacíamos antes. Adhiero a cada medida de fuerza porque considero que nuestros sueldos siguen siendo bajos y no se reconoce nuestro esfuerzo”, cerró.

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