Ley Yolanda y el debate obligatorio
Señor director de NORTE:
El 8 de octubre obtuvo una media sanción en el Senado —sesión on line— la denominada “Ley Yolanda”, en homenaje a quien fuera un ícono argentino de la defensa del ambiente: Yolanda Ortiz. Entre legisladores entretenidos con otros temas en su casa y muy pocos presentes en la sala de sesiones, lo más probable es que el proyecto no se haya discutido lo suficiente, aunque fue votado por unanimidad.
Resta esperar, entonces, que entre quienes asesoraron a los senadores haya habido gente auténticamente formada en la gestión ambiental y sus correlaciones teóricas y científicas.
No hubo muchos comentarios en su momento, y si bien falta la votación en la cámara baja, es necesario recordar la necesidad de una obligada discusión previa y asesoramiento pertinente a cada uno de los diputados, para que la futura ley sea digna de llamarse “Yolanda” y no sea una ley “cosmética” más, que abroquele a distintas corporaciones y termine siendo otra “hecha la ley, hecha la trampa”.
Una nota de María Elena Serrano hace comentarios al respecto, pero por su formación profesional y las funciones que ocupó en el gobierno provincial anterior, algunas preguntas que se hace nos generan interrogantes que encienden “luz de alarma”, como esa de “¿Se impartirá una capacitación conservacionista o productivista?"
Obviamente, ella, como ingeniera, “va a los bifes”: el dique se hace o se hace; el refulado o relleno es necesario; ocupar espacios “improductivos” del paisaje, es pertinente y el “impacto ambiental” que generarán barrios privados a la vera del río Negro (por ejemplo), darán “valor agregado”; producirán “mano de obra”; servirá para que algunas familias con mucho poder adquisitivo descongestionen el centro llevando sus automóviles, lanchas, cuatriciclos a un lugar “en contacto con la naturaleza”; etc., etc. Así piensan muchos ingenieros actuales, quienes asesoran a algunas empresas inmobiliarias decididas a ocupar esos espacios “improductivos” para “goce y solaz” de quienes pueden pagar lo que le piden.
Hipermercados y grandes depósitos, en lugar de ocupar sitios disponibles a la vera de las rutas –pero lejos del centro y a muy altos costos- aprovechan la “nueva ola” ocupacionista (¿“productivista”?) que ponen a su disposición —con la ayuda de funcionarios deshonestos que le hacen el juego a los piratas del paisaje con resoluciones u ordenanzas hechas a su medida— lo último que nos queda del paisaje natural y los pocos espejos de agua, a precio vil (porque son “inundables” y “salvajes”) con la promesa de que dará acceso a la población (sería un verdadero “impacto ambiental positivo” si fuera verdad) pero que termina siendo restrictivo, y sólo factible para quienes viven en ese barrio, en donde por otro lado no se cumplen las mínimas restricciones al dominio; que rellenan como se les da la gana y que arrojan más contenidos cloacales, poniendo en peligro la salud de la población y obstruyendo el cauce ante la vista impávida de quienes debieran ponerlos en vereda y siguen “dando de comer a los chanchos” (impactos ambientales altamente negativos).
La otra opción que plantea Serrano es la “conservacionista”. ¿se está refiriendo a la siempre indefinida “conserva” que pretenden algunos? ¿de que nada cambie?; ¿de dejar todo como está?
Sería ridículo: la educación ambiental actual es integral: no puede separarse lo económico (un invento humano; pura “cultura”) de lo natural, que estuvo antes de la aparición del ser humano sobre la Tierra, y que nos da el soporte necesario (imprescindible) para poder vivir, como los otros seres que habitan nuestro ambiente: los animales, las plantas y hasta el “maléfico” virus actualmente de moda más otros elementos enormes y microsópicos que ni siquiera conocemos, pero que están desde siempre, y que seguirán estando, pero en un ámbito propio. Solamente los seres humanos tenemos esa costumbre de meternos en cualquier lado y tocar cualquier cosa; matar, destruir, rellenar, ofender, atacar, guerrear. Es nuestra “forma de ser y de actuar”; eso es la Cultura, que nos hace a los humanos los únicos animales culturales y desde luego, los máximos responsables de cuidar el delicado equilibrio entre las distintas especies con las que convivimos.
No solamente los funcionarios -como propusimos muchas veces a distintos gobiernos provinciales y nacionales- sino los ciudadanos; el “montón”, para que entre todos cuidemos el espacio. No que lo “conservemos”, sino algo más simple: que lo cuidemos y hagamos posible la vida y la convivencia. Sobre este tema podríamos hablar mucho más, quienes nos venimos dedicando de verdad a la gestión ambiental (y la estudiamos en serio).
Fundación Ambiente Total-Comisión de Recuperación del Río Negro Resistencia
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