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Resistencia en la primera década del siglo XX (1900-1910)

Una aldea pequeña, de casas bajas y sencillas, pero de sólida construcción, que iban adquiriendo detalles ornamentales, sin alcanzar hasta ese momento el lujo y la ostentación.

Un conglomerado humano que había transitado el camino que va de la colonia, concebida como lugar en donde se asienta la inmigración, hasta la categoría de pueblo, con sentido de comunidad y gobierno local. Un trazado geométrico que hizo afirmar a un viajero que la visitó en la época, que se advertía en el conjunto “un aire de campamento” sólo parcialmente poblado que ostentaba todavía entre sus construcciones restos del paisaje virgen. Pueblo de calles amplias y bien trazadas, pero de tierra sin afirmar, cenagosas cuando llovía, sumidas en completa oscuridad en horas de la noche.

Un lugar en donde el trabajo era una constante y el humo de loa establecimientos industriales en actividad cubriendo el cielo, daba cuenta del febril camino hacia el progreso que transitaban sus habitantes. Un panorama que al ritmo de este crecimiento iba perdiendo sus líneas rígidas y contenidas y la fisonomía inicial con la extensión del habitat hacia lo que serían las villas y barrios periféricos, haciendo más evidente el déficit de infraestructura que ya lo caracterizaba.

Tal era el aspecto físico que ofrecía la capital territoriana en la primera década del siglo XX.

Vivía en ella una población de origen heterogéneo, compuesta por inmigrantes provenientes del ámbito europeo, y también de países y provincias limítrofes, entre quienes ya afloraba tímidamente los sentimientos de unidad, aunque aún no se observara la existencia del sentido nacional ni de la identidad del conjunto.

Lejos de allí se encontraban los habitantes autóctonos. Aborígenes que habían sido empujados hacia tierras del oeste por las fuerzas militares, las que aún no habían consolidado la conquista militar del territorio. Sus posibles incursiones depredadoras ya no constituían una amenaza, lo que traía cierta tranquilidad a la sociedad resistenciana.

Los pobladores del lugar eran seres preocupados principalmente por obtener mejoras materiales en su calidad de vida, después de haber soportado la dureza de in ambiente hostil y de haber trabajado en un medio en el cual estaba todo por hacerse. En buena medida actuaban condicionados por propósitos de producción y orientados hacia objetivos de orden económico, cualidad que mereció para el Chaco el apelativo de tierra de preocupaciones fenicias.

Poca atención o interés les había despertado hasta ese momento la actividad cultural, intelectual o deportiva en sus diferentes aspectos. La recreación o el esparcimiento se hallaban casi exclusivamente circunscriptos al ámbito familiar, vecinal o el de las colectividades. Algunos espectáculos, esporádicamente presentados en la ciudad, no atraían aún el masivo interés entre los pobladores, mientras se advertía una participación más importante en festividades patrias o religiosa.

Lentamente, esta sociedad irá superando las falencias y creemos posible ubicar el punto de inflexión en el cual se comienza a transformar la mentalidad y las costumbres en el final de la primera década. el año 1910. Ese año fue creada la Escuela Normal Rural de Resistencia. La aparición de esta entidad significó fundamentalmente un mejoramiento substancial en el desarrollo educativo de la ciudad y de todo el Chaco. Pero además significa el despegue inicial de actividades culturales y deportivas, hechos que se suman al comienzo del proceso de formación del sentido nacional, la conciencia cívica y la identidad chaqueña.

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