“Elegí esta profesión porque no quiero ver a la gente sufrir”
Sobrevivió a infancia y juventud atravesadas por violencias. Abrazó una ocupación riesgosa con la que trata de protegernos a todos. 
Fotos de Jorge Punky Flores
Es la cuarta de hija de una familia con 11 hermanos: seis mujeres y cinco varones. A los 11 empezó a trabajar porque en la casa faltaba todo. Hoy con 46, tres de sus cuatro hijos ya la hicieron abuela y hay un cuarto nietito en camino, "los chicos no esperan", dice.

María Gómez tenía 15 años cuando hizo los papeles para ingresar en la Armada, pero como en un examen le fue mal ese proyecto quedó trunco. “Hice varios cursos en primeros auxilios. Después alguien me comentó algo del trabajo, facilitó que curse una formación de Cascos Blancos. Busqué si había forma de dedicarme a eso sin ser policía, porque ya no me daba la edad para ingresar. Me dijeron que estaban los bomberos voluntarios, averigüé mientras estaba terminando los estudios de paramédicos. Me respondieron que iba a ser útil en esa área y así empecé”.
-¿Hay una vocación protectora en vos?
- Amo mi trabajo. Aparte de mis hijos y nietos. Encontré ese lugarcito donde me siento yo, que las cosas se tienen que hacer de una manera. Vamos a un incendio y si veo algo humeando vuelvo a apagarlo. Siento que todo tiene estar completamente controlado, que no dé ninguna posibilidad de que alguien corra riesgo.

-¿Por qué te entusiasma el socorrismo, ayudar?
-No quiero ver a la gente sufrir, que pase frío. Sé lo que es, lo que pasé y las cosas que duelen. Sé lo que es que el estómago duela de hambre. Perdí el embarazo de una hija a golpes. Eso siempre va a estar en mí. No me lo voy a olvidar nunca. Quizá está bueno que lo cuente, no sé. Puedo contar tantas cosas. Mis hijos me dicen que me olvide de eso pero no puedo porque es algo que lastima profundo. No sé si es por eso, pero no quiero ver a nadie sufrir.
-¿Sos una persona creyente?
-Sí.
-¿En una religión o de una forma más personal?
-Yo creo en Dios. No creo en el Hombre porque es pecador. El único ser espiritual es Dios. Te podés sentar donde sea y podés hablar con él, que te escucha, te ayuda y te sostiene.

-Sos de decir cosas que otras personas no, ¿eso te trajo problemas?
-Pasa que la gente está acostumbrada a ser cómplice y somos pocos los que decimos las cosas como son. Hay situaciones donde la gente prefiere callar por el qué dirán o para meterse en problemas. Pero es lo único que puede llegar a modificar rumbos. Hay situaciones que se hacen siempre de una misma manera. Hay familias que enseñan una sola cosa a los hijos y después es lo que se ve reflejado en la mayoría de la sociedad.
-Hablás de ciertos valores que después se reproducen en todo lo demás
-Exactamente. Hay personas sin valores ni moral, que viven mintiendo. Hoy se ve una parte de la sociedad no le da valor a nada ni siquiera la propia vida.
Solo tengo mucha tristeza, por todo, por las personas que sufren, por los abuelitos. Hay una imagen que no se me borra de la cabeza de uno que quería salir corriendo para protegerse de un incendio y que no lo podía hacer porque tenía impedimento motriz.

-Todo muy cerca del dolor, ¿pensás en el momento del retiro?
-Sí, pero está todavía muy lejano. Más cerca está que me quede en algún incendio, Dios no lo permita.
-¿Ves los riesgos y la exposición?
- Sí, soy consciente de eso. Sé que puede pasar. Los incendios son cada vez más violentos, más incontrolables. Por los químicos con los que se fabrican las cosas. Cuando se quema una casa encontrás un montón de cosas. Antes había un televisor que tenía una caja de madera. Ahora te encontrás un plasma finito pero que está lleno de químicos que se mezclan con otros químicos o componentes que están en la casa, una computadora, lo que sea, y se producen diferentes tipos de gases. Eso hace que la vida del bombero disminuyó más que hace unos años.
-Y hay edificaciones que también se convierten trampas humanas
-Exactamente. Hay barrios como el Santa Inés, San Cayetano, Provincias Unidas, Mujeres Argentinas, a los que no tenemos acceso, no puede ingresar una sola unidad para trabajar ahí. Es un reclamo histórico el que venimos haciendo. Si hay algo que no está en el lugar que corresponde, se quita. Porque ya se sabe lo que va a pasar la próxima vez que haya un incendio de viviendas. Ojalá que no. Pero es una bomba de tiempo.

-Hay un sticker que te alude como símbolo de superación, ¿sabés que hay mucha gente que te reconoce?
-Sí, sé que hay personas que me quieren un montón. Con la que durante mucho tiempo compartí cosas y nueva a la que no conozco, recibo mensajes muy lindos, personales, que me pregunto de dónde me conocerá. Cuando pregunto quién le pasó mi número una vez me respondieron: "María, tu número es público". A veces me emociono también por las cosas lindas que me dicen.
-Da la sensación de que te abrís y la gente te abraza.
-Sí. El abrazo que nunca tuve de mi mamá ni de mi papá. Me imagino lo lindo que sería sentir un abrazo de papá diciéndome "te quiero hija".

-¿Tenés contacto con ellos ahora?
-Supe que mi papá estaba mal y fui a verlo porque entiendo que tal vez su crianza fue dura, que nos crió a su manera como lo criaron a él. Y no soy quién para juzgarlo.
-¿Alguna vez hablaste de estas cosas con un profesional de la salud mental, o con otras mujeres que pasaron cosas parecidas?
-No. Siempre traté salir adelante sola.
El castigo físico en la infancia
En un tramo muy personal de la conversación se sumerge en los recuerdos más dolorosos de su infancia. Imposible no conmoverse, retomar. Con la contundencia y la voz quebrada, a continuación algunos textuales.
“A veces no dormíamos del hambre. El que se levantaba temprano y preparaba una jarra grande de mate cocido tenía derecho a tomar una taza extra. Había un vecino que tenía huerta, comíamos las zanahorias y dejábamos las hojas de nuevo en el mismo lugar para que no se note”.
“A los once años mi viejo nos echaba de la casa a la calle a pedir o a rebuscarnos porque si no no comíamos. Era salir a barrer veredas a tirar basura y a juntar moneditas para ponerlas en la mesa para ver si comíamos. Y si no traíamos nada nos levantaba a chicotazos para arrodillarnos en maíz o cascote”.
“Cuando me fui a vivir con el papá de mis hijos. Fui golpeada muchas veces, solo que después la violencia era cada vez peor. Una vez fue contra uno de mis hijos, que fue a terapia intermedia, y a mí me mandó a terapia intensiva. Ése fue el detonante para decir basta. En 2007 hice público en un diario el pedido de que alguien nos proteja porque donde nos encontraba, nos pegaba. Pedí por favor a una fiscal que me proteja y me enojé porque a todo le buscaban la vuelta. Le dije si esperaba que traiga el cuerpo de uno de mis hijos. Ese día sentí que ahí me escucharon”.
“Mis chicos vivieron situaciones de violencia extrema y dos de ellos están hoy en Bomberos conmigo y aman a su familia. Jamás le levantaron la mano a ninguna mujer. Ese tipo de violencia no existe en mi familia. Es más, dentro de la familia mis hermanos que fueron muy maltratados y no hay hechos de violencia”.
María se separó en 2002 del papá de sus hijos cuando el mayor, Nahuel, tenía 10 años, Leo unos siete, Daiana seis y Alejandro dos. El mayor y el menor son los más apegados. "Van conmigo por todas partes", cuenta.
Poco después de aquella separación vivió dos situaciones con niños en las que se involucró personalmente.
El más impactante la movió a pedir una guarda preadoptiva. Fue la de un pequeñito de un año y ocho meses aproximadamente que había sido muy golpeado por sus progenitores. Al punto de terminar hospitalizado.
“Presentaba un corte en la boca provocado por un golpe con un zapato, quemaduras, marcas en los tobillos de haber sido encadenado y la fractura de un brazo. Mientras estuvo internado le llevé pañales y lo que necesitaba. Pedí permiso en mi trabajo para cuidarlo, estuvo unos dos meses más o menos conmigo hasta que una pareja sin hijos lo adoptó. Siempre me acuerdo de él, se llamaba Ángel".
El segundo episodio ocurrió en 2003, un día que hacía mucho frío, cerca de avenida Malvinas y Necochea. Ella volvía de estudiar vio a un grupo de personas rodeando a una mujer. Se acercó y vio que era una embarazada a punto de dar a luz. "Nadie sabía qué hacer, vino un policía y me preguntó si me animaba y le dije que sí”.
Él presionó la panza de la embarazada hasta que salió el bebé, que lloró un poquito. Como tardaban en pasarle algo para envolverlo le puse mi saquito saqué el cordón de mi zapatilla, que era nueva, até el cordón umbilical y lo corté con ayuda de un señor que tenía un botiquín de primeros auxilios. Lo alcé y esperé a que llegue la ambulancia adentro de la patrulla”.
-¿Tenías nociones de cómo se hacía?
-No. Trabajaba de operadora de un call center mientras terminaba el secundario. Un policía fue después a mi trabajo, cuando lo vi le dije por favor dígame que no le pasó nada al bebé o a la señora. Y no, fueron a devolverme el saco que tenía el nombre de la empresa nomás. Una compañera me dijo qué cómo era eso de que en mis ratos libre me dedicaba a ser partera (risas). De las dos criaturas me gustaría saber cómo están. Qué es de su vida.
Sin llegar a casos extremos como los que describe María, el NEA es una de las regiones con alta naturalización del castigo físico a niñas, niños y adolescentes. Denunciar es la clave. En el Chaco una vía es la Línea 102 y otras, la guardia Género 3624970852 y la Línea 137.
Mujeres en una actividad de varones
El 29 de octubre de 2012 María comenzó a trabajar no bien se abrió el cuartel de bomberos voluntarios San Fernando. Hoy hay 14 personas en actividad y dos mujeres, de licencia por maternidad.

-Cuando entraste, ¿había otras mujeres?
- No. En San Fernando al menos. Somos muy poquitas.
-¿Al verte creés que genera curiosidad en otras?
- Muchas me dicen que no sabían que esto también podía hacer una mujer.
Es muy diverso nuestro trabajo. De marzo a agosto triplicamos la cantidad de incendios.
En un siniestro vial alguien queda atrapado en el vehículo nos encargamos de sacar a esa persona. Por supuesto que siempre tratamos de retirarla con vida pero no siempre es así.
El año pasado se respaldó a algunas poblaciones con campos anegados. En Mesón de Fierro por ejemplo rescatamos a una mujer a la que el agua le llegaba a la cintura. Hacía cuatro días que estaba con la cadera rota. La sacamos en helicóptero. En Pampa Dorotier acompañamos la evacuación de 120 personas y para familias de General Pinedo organizamos una colecta de mercadería, ropa, de calzado.










