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Una herramienta política de siempre

Postales racistas de la historia estadounidense

Episodios como la fundación de Liberia, la Guerra de Secesión, la lucha contra la segregación, revelan intentos frustrados o incompletos de solucionar el “problema negro”.

Entre los “padres fundadores” de la Gran Democracia del Norte había propietarios de esclavos, y también había industrialistas que propugnaban el fin del esclavismo. Desde 1776 hasta 1860 debatieron con tono más o menos crispado las posibles soluciones a semejante controversia. Una coincidencia importante: ni unos ni otros estaban muy seguros de que los negros pudieran ser ciudadanos estadounidenses. Los esclavistas los veían como una propiedad, un capital, del que nadie tenía derecho a privarlos, y los abolicionistas los consideraban un problema que quizá pudiese salvarse enviándolos fuera del país.

Malcom X y Martin Luther King, dos enfoques diferentes del “problema negro” durante las luchas civiles de los años 60. Ambos fueron asesinados.

Antes de la guerra

Desde 1822 existía la Sociedad Americana de Colonización (SAC), fundada por algunos políticos y empresarios estadounidenses, del norte y del sur, estrechamente relacionados con el gobierno. Su obra más destacada fue la fundación de Liberia, territorio de África occidental que estableció primero como colonia, con el fin de enviar allí a exesclavos negros de EEUU, apoyada económicamente por sociedades filantrópicas, grupos religiosos y por el propio Gobierno estadounidense. En 1847 la SAC promovió la declaración de Liberia como república independiente y la formación de su primer gobierno propio.

Las políticas y las actitudes de los colonos estadounidenses hacia los nativos africanos en la nueva república fueron desde el primer momento muy reveladoras. La Universidad Lincoln, en Pennsylvania (uno de los estados abolicionistas por excelencia), y la Iglesia Presbiteriana habían formado a todos los dirigentes liberianos, cuyos hábitos sociales, patrones culturales y prácticas religiosas estaban formados por la civilización esclavista sureña.

Joseph JenkinsRoberts, primer presidente de Liberia en 1848.

Así las cosas, la convivencia de negros estadounidenses con nativos africanos (bajo la dirección de los primeros) en la nueva república estuvo mediada por prácticas distantes y, más aún, hostiles. Los recién llegados dominaban los puertos y las tierras cultivables del litoral, y los nativos estaban confinados al interior. Los negros estadounidenses juzgaban “bárbaros” y subalternos a los originarios y siempre que pudieron establecieron relaciones de amo-esclavo en detrimento de los africanos.

Abraham Lincoln, presidente de los EEUU en 1960, asesinado por un partidario del sur en 1865.

La guerra

El presidente demócrata James Buchanan, al asumir en 1857, definió que “La esclavitud es constitucional. Por ello ha de respetarse, no permitiré que este desacuerdo fracture al país”. Al mismo tiempo, la Corte Suprema se pronunció en un caso ejemplar: un negro esclavo había acompañado a su amo al norte (donde la esclavitud estaba prohibida), allí logró escapar y se quedó a vivir durante años; mucho tiempo después regresó al sur, donde pretendía rescatar a un pariente, pero fue apresado y entregado a su antiguo propietario. Dredd Scott, tal el nombre del esclavo, con ayuda de un abogado del norte reclamaba su libertad, y llegó a la Corte Suprema argumentando que era un ciudadano libre del norte y que por lo tanto no podían aplicársele leyes sureñas.

La Corte fue terminante en el fallo e implacable en la argumentación: Scott debía quedar en manos de su amo porque “Los afroamericanos, libres o esclavos, no son ni nunca fueron considerados ciudadanos americanos; ni por la Constitución, ni por la Declaración de la Independencia”. El Tribunal consideraba que no tenía incumbencia sobre “la propiedad” de un “auténtico ciudadano”, el  primer término en referencia a Scott y el segundo al esclavista que lo había recapturado.

El fallo preservaba la institución de la esclavitud proclamando su carácter constitucional y desestimando definitivamente toda norma o legislación que pudiera cuestionarla, y advertía que todo Estado de la Unión estaba obligado a respetar la libre circulación de los verdaderos ciudadanos estadounidenses con sus respectivas propiedades, como carruajes, caballos y esclavos.

El Partido Republicano representaba casi exclusivamente los intereses de los industrialistas del norte, quienes aspiraban en primer lugar a la creación de un gran mercado interno, que entre otras bondades debía proveer un gran mercado de mano de obra; ni uno ni otro podrían realizarse si en la mitad del país había relaciones esclavistas. Basados en tales intereses, los Republicanos habían hecho del abolicionismo su imperativo moral y su divisa política. Cuando ganaron las elecciones de noviembre de 1860, Abraham Lincoln llegó a la presidencia. Antes de que asumiera comenzó la secesión de Estados sureños, comenzando por Carolina del Sur. La guerra civil era un hecho.

Estatua de Charles Linn, financista del ejército sureño en la guerra civil, derribada esta semana durante protestas antirracistas en Birmingham, Alabama.

Después de la guerra

El triunfo del norte abolicionista fue el triunfo de una explícita superioridad material y por tanto militar, pero conducida por una variopinta y trabajosamente engarzada coalición política que amenazaba con disolverse apenas terminado el conflicto. Durante la guerra, Lincoln había conseguido el apoyo de los estados fronterizos (aún dubitativos entre permitir o no la esclavitud), de los “Demócratas de Guerra” (sector del partido Demócrata que apoyó política y militarmente al norte, en oposición a los Copperheads, fracción que reclamaba la paz inmediata y la independencia de los Confederados), de los esclavos emancipados, y de Francia y Reino Unido, principales compradores del algodón sureño.

Luego del triunfo unionista, los Estados fronterizos reclamaron la urgente desmovilización del ejército y la reducción del presupuesto militar; los Demócratas, más allá de aceptar de buena o mala gana la abolición de la esclavitud, volvieron a unirse en torno a la consigna de la soberanía de los estados; y Francia y el Reino Unido pidieron que se reanudaran rápidamente las exportaciones de algodón y tabaco.

Aunque derrotados, los Confederados eran una unidad política mucho más decidida, como lo demostraron al forzar una guerra que todos los demás consideraban perdida de entrada, y extenderla por casi cinco años. Y sobre todo, aunque perdieron la propiedad de los esclavos, mantuvieron la de las tierras, esos extensos latifundios que eran la base de la economía sureña y que nadie pensó expropiar jamás.

Entonces los sureños toleraron la abolición de la esclavitud y dejaron que los norteños tuvieran su mercado interno duplicado. Pero dentro de sus feudos, y esto era dentro y fuera de las plantaciones, establecieron la segregación racial y la sancionaron legalmente por un siglo más. Y levantaron monumentos a sus próceres derrotados, políticos y militares, como si hubieran ganado.

Negro de la casa, negro del campo

Y por un siglo más, mayormente los negros del sur, pero también los del norte, debieron vivir en una sociedad que en lo legal los consagraba ciudadanos, pero en la práctica violaba esas leyes día por medio y a toda hora las ponía en duda. Tal experiencia obligó a los afroamericanos a trabajar el doble y a luchar mucho para obtener menos que lo mínimo. En esas gestas los negros produjeron grandes líderes, el más conocido de ellos Martin Luther King, Nobel de la Paz en 1964, asesinado por un supremacista blanco en 1968 en Tennessee.

“La cabaña del tío Tom”, un canto a la sumisión del esclavo.

Menos conocido es Malcolm X, quien no se hacía ilusiones con las leyes que esclavistas y exesclavistas prometían a los afroamericanos. Él pensaba que la dominación blanca sobre los negros nunca había terminado, y que por más leyes que se escribieran, mientras la base económica que había dado lugar a los negros lo toleraran, la discriminación y los abusos continuarían sin cambios. Y criticaba duramente a quienes sostenían lo contrario.

En 1963, en su discurso la iglesia Bautista Rey Salomón de Detroit, lo ilustró de esta manera: “El problema que tiene EEUU somos nosotros (…) somos gente negra, los llamados niggers; ciudadanos de segunda, exesclavos. Tú no eres más que un esclavo, no te gusta que te lo digan. Pero ¿qué otra cosa eres?, eres un ex-esclavo. No llegaste en el Mayflower, llegaste en un barco de esclavos, encadenado como un caballo o una vaca o una gallina. Y los que llegaron en el Mayflower son los que te trajeron aquí. Te trajeron los llamados peregrinos o padres fundadores de la patria. (…)

“Para entenderlo tienes que recordar lo que este joven hermano decía sobre el negro doméstico y el negro del campo en los tiempos de la esclavitud. Los negros domésticos vivían en la casa del amo, vestían bastante bien, comían bien porque comían de su comida, las sobras que él dejaba. Vivían en el sótano o en el desván, pero vivían cerca del amo y querían al amo más de lo que el amo se quería a sí mismo. Daban la vida por salvar la casa del amo, y más prestos que el propio amo. Si el amo decía “Buena casa la nuestra”, el negro doméstico decía: “Sí, buena casa la nuestra”. Cada vez que el amo decía “nosotros”, él decía “nosotros”.  Así puedes identificar al negro doméstico.

“(…) Y si tú le decías al negro doméstico: “Vamos a escaparnos”, el negro doméstico te miraba y te decía: “Hombre, estás loco, ¿qué es eso de separarnos del amo?, ¿dónde hay mejor casa que ésta?, ¿dónde voy a encontrar mejor ropa que ésta?, ¿dónde puedo comer mejor comida que ésta?”. Ese era el negro doméstico. (…)

“En esa misma plantación estaban los negros del campo. Ellos eran las masas. Siempre había más negros en los campos que en la casa. El negro del campo vivía en un infierno, comía sobras. En la casa del amo se comía carne de cerdo de la buena. Al negro del campo no le tocaba más que lo que sobraba de las tripas del cerdo, eso que hoy llaman “menudos”. En aquellos tiempos lo llamaban tripas. Algunos de ustedes todavía son “come tripas”.

“Al negro del campo lo apaleaban de la mañana a la noche; vivía en una choza, en una casucha, usaba ropa vieja de desecho. (…) El negro doméstico quería al amo. Pero aquél negro del campo, recuerden que era mayoría, odiaba al amo. Si ibas con el negro del campo y le decías: “Vamos a escaparnos, vámonos de aquí”, él no preguntaba: “¿Adónde vamos?”; sólo decía: “Cualquier lugar es mejor que este”. (…) Igual que el amo de aquellos tiempos usaba a Tom -el negro doméstico- para mantener a raya a los negros del campo, el mismo viejo amo tiene hoy a negros que son más que tíos Tom modernos, tíos Tom del Siglo XX, para mantenernos a raya a ti y a mí, para tenernos controlados, mantenernos pasivos.

Malcom X fue asesinado con dieciséis balazos el 21 de febrero de 1965 mientras hablaba en un acto público por al menos tres hombres negros que estaban mezclados entre los asistentes.

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