24 horas, 24 segundos: El tiempo presente
No pretendía que cada columna se convierta en un “lo que me enseñó”, pero como la propuesta ha sido hablar desde el camino recorrido o desde el que estoy (y estamos) recorriendo, hoy comparto las lecciones que me dejó una de mis pasiones: el basquetbol, y cómo las 24 horas que tenemos cada uno de nosotros, cada día es una nueva vida.
Amo el básquetbol, ha sido una escuela profesional y de vida para mí. A los 8 años (recuerdo) pisé una cancha por primera vez, me hice socia de un club, y como mi hermano jugaba (es un año menor), iba a varios partidos, lo que repetí con uno de mis primos, varios años más tarde – en realidad lo sigo haciendo con ambos-.

Todo esto empezó en los 90, en Sáenz Peña. Esperábamos con mi hermano los resúmenes de la NBA, y él me iba enseñando y contando sobre quiénes eran Magic Jhonson, Michael Jordan, Larry Bird, entre otros, luego conocí la Liga Nacional, y luego me volví periodista, pero nunca pensé que -casi 30 años después- me devolvería la alegría y me cambiaría personal y profesionalmente cuando yo pensaba que estaba todo perdido.
Pero el básquet, aun cuando yo lo mirará desde afuera, o jugará algunas veces (recién a los 29 años pude jugar en un club, el por qué es una larga historia, que no es el tema de hoy) en la clase de educación física, me iba mostrando valores. Veía la amistad y/o camaradería que forjaba mi hermano con sus compañeros y su entrenador (lo que sigue sosteniendo hoy que juega al Maxi Básquet), yo sentía identificación con “mi” club (que lo sigue siendo, aunque hace 20 años no vivo en Sáenz Peña).
John Wooden fue un jugador y entrenador estadounidense. Wooden entrenó a jugadores en las “ligas de desarrollo”: el básquet colegial y el universitario, donde se gestaban las estrellas de la NBA “la mejor liga del mudo”. También, donde se continúa con la formación de las personas, porque el deporte –más allá de su actual marketing negativo- forma personas: físicamente, mental y espiritualmente.
“Cada vez que enseño básquetbol, incentivo a mis jugadores a que den el máximo cada día para mejorar y conviertan cada practica en una obra de arte. Muy a menudo nos distraemos por lo que esta fuera de nuestro control, no podemos hacer nada por lo que paso ayer, la puerta del pasado fue cerrada y la llave lanzada lejos de nuestro alcance. Tampoco podemos hacer nada por mañana, el futuro todavía no llego, sin embargo mucho de lo que nos espera, depende en gran parte de lo que hagamos hoy, por eso hagamos de cada día una obra maestra, sobre eso si tenemos control”, decía Wooden.
“Esta regla es incluso más importante en la vida que en el básquetbol, tú tienes que tratar día a día de ser mejor, para poder llegar a serlo. Si lo intentas constantemente te convertirás en una mejor persona, y solo así te podrás acercar a ser el mejor que puedas ser”, continuaba.
En estos tiempos que nos tocan vivir, lo que se supone iba a “enseñarnos” a vivir cada día como si fuera el último, nos ha llevado a solo pensar en el futuro “cuando salgamos de esto”, dejando pasar cada día, como si fuera una eternidad de la que podemos depender siempre.
“Cada día es una nueva vida para el hombre sabio” (*), sin embargo, lejos de comprender esa nueva cuota de vida que tenemos, dejamos de valorar el hoy. Tampoco podemos vivir en un extremo, donde me tiro de un paracaídas y me muero, total solo se vive una vez; pero si es cierto que podemos ser más conscientes, más presentes con esas 24 horas que se renuevan cada día.
Algo que también me enseñó el básquet, es que tanto si ganas, como si perdes, al día siguiente tenes que volver a entrenar, no importa si sos Manu Ginobili, o Michael Jordan, no importa si sos campeón o no, justamente porque tenes esas nuevas 24 horas.
“Comienza con tratar de hacer que cada día valga la pena, y sabiendo que no se puede compensar un día perdido. Si un jugador no está dando lo mejor de el en una práctica, le digo: ‘no creas que si mañana das el doble de esfuerzo, compensaras el día de hoy perdido, si puedes mañana trabajar más duro, porque no empezar a trabajar hoy?’”, finaliza Wooden.

Uno de los ídolos argentinos que tengo en el básquet es Sebastián Uranga, fue jugador, entrenador y dirigente deportivo, una frase que me dijo una vez y que me ha marcado para siempre: “el error tiene una gran cuota de aprendizaje”. Nuestras 24 horas no deben ser perfectas, deben valer (sea cual sea ese valor que cada uno le ponga).
La ansiedad, el estrés, la depresión, y todo lo que deriva de estos cuadros, están matando más gente que el COVID-19, que –negacionistas, teorías conspirativas, y demás cuestiones de por medio- es innegable, ha modificado nuestro día a día.
“Hablo desde la experiencia que me da el fracaso”, dijo el novelista Scott Fitzgerald. (sí también podría ser el título de mis columnas). En esas 24 horas, también podemos fallar, y volver a intentarlo. Queramos o no, esta nueva normalidad nos afectará –nos está afectando- a todos.
La transformación de esta “nueva normalidad” aceptada, buscada, obligada, impuesta, nos atravesará a todos, en diferentes formas o medidas, las 24 horas del “día después de mañana”, dependerá de cómo vivimos las 24 horas de hoy, lo mismo que dura cada posesión de pelota en el básquet: 24 segundos.
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