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“El hombre, un nombre y la densa bruma”

Semblanza del abogado laboralista Norberto Centeno, asesinado en julio de 1977 en un centro clandestino de detención en Mar del Plata. En su conmemoración, el 7 de julio es el día del abogado víctima del terrorismo de Estado. Mi sincero homenaje a esos colegas que en tiempos de oscuridad y terror no dudaron en prestar su conocimiento a la práctica de la Justicia.

Por Augusto Hugo Meana*

Los últimos días habían sido verdaderamente frenéticos. Frenéticos en lo relativo a la actividad profesional. Hacía ya un tiempo que atender el teléfono se había transformado en una tarea insalubre. Escuchar su retumbo era el anuncio indudable de que los problemas, como si fueran una banda de forajidos, se avecinaban.  

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-Cuando me dicen “doctor, es para usted”, me imagino al teléfono como si fuera una pava hirviente- se prevenía a sí mismo, pero desde hacía ya mucho tiempo se había dado cuenta de que formaba parte de los débiles, del campo de los débiles, del país de los débiles, y de que tenía que serles fiel precisamente porque eran débiles, y se quedaban sin aliento en mitad de las frases. Las consultas al estudio eran a veces extenuantes, y su increíble capacidad de trabajo desde hacía tiempo se veía desbordada. Eso lo obligaba a confiar mucho en sus colaboradores, y a delegar.

Los abogados laboralistas, definitivamente, se habían convertido en una suerte de “bichos raros”, porque entraban constantemente en contacto con la gente, con los trabajadores, que como neutrones inquietos y desazonados todas las mañanas salían como metrallas con sus problemas, con sus necesidades insatisfechas y con sus conquistas vulneradas, a pugnar por el pan. Con sus pequeños dramas, ignorados a conciencia, comenzaron a deambular, indisciplinados, abarrotando sus estudios jurídicos. Era consciente, plenamente consciente, de que el adversario era tremendo y temible.

-¡Che, Norberto, por ahí tendrías que guarecerte un poco! - recordaba sentado, con toda percepción el consejo bien intencionado, uno más, de alguno de los tantos que lo querían bien.

-¡Tordo, al menos hasta que se aclare un poco el panorama, estamos en el medio de una tempestad de dimensiones desconocidas, no pinta linda la cosa esta vez!

-¿Y cuándo pintó linda la cosa con estos tipos? -lo había interrogado en esa ocasión, intentando, sin poder lograrlo del todo, restarle dramatismo al consejo.

Una filigrana. Dícese de una cosa delicada y pulida, trabajada con mucho cuidado y habilidad. Probablemente, su principal aporte al campo jurídico haya sido el que terminó vertiéndose en la llamada “Ley de Contrato de Trabajo”, luego conocida con el número 20.744. El hombre se había transformado desde el año 1973 en el nexo entre todos los prestigiosos abogados laboralistas del país y el general Juan Domingo Perón, para establecer un estatuto laboral consensuado, que terminaría plasmándose en la mencionada norma.

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Ahora son casi las nueve de la noche. Se está bien ahí, confortablemente sentado en su sillón preferido, y se está bien así. Sin embargo, este es el hombre que se levanta y va a buscar a su colaborador para cumplir con el rito de tomarse ese cafecito de parados, como estilaban.

Una vez que su estrecho colaborador, el día anterior, había puesto en conocimiento de la familia lo sucedido una noche antes, y tras superar lo que uno imagina puede ser el estupor inicial ante una situación de tales características, la familia decidió realizar la denuncia ante la policía, donde en principio les habrían manifestado como toda respuesta, la necesidad de esperar un transcurso “prudencial” de tiempo para que la misma pudiere ser canalizada institucionalmente.

Cabría preguntarse entonces si un relato tan detallado y conciso, con la descripción exacta del tiempo, modo y lugar de los sucesos, debidamente respaldado por la declaración de un testigo presencial y directo de los acontecimientos, no ameritaban dejar de lado los cánones elementales del protocolo de actuación. Pero, claro, es una pregunta que hoy en la comodidad de un escritorio resulta fácil de ser perpetrada, pero que en aquellos años era absolutamente inimaginable que pudiera, siquiera, esbozarse.

Los acontecimientos posteriores, sin hesitación, se encargarían de demostrar que por debajo de la superficialidad de los formalismos que excusan se hallaban motivos muchos más concretos y determinados que piloteaban ese modo de accionar. Ese frío día de invierno, un viernes como tantos, y a la vez tan diferente a los otros para ellos -previo al día de la patria- una familia como quién sabe cuántas se muestra desesperada por el resultado negativo de las distintas gestiones previas realizadas ante un tribunal de justicia para presentar un recurso de hábeas corpus. ¿Recurso? ¿Es técnicamente un recurso? Para el juzgado en lo penal nº 3, no hay dudas. Así surge de la propia carátula de la causa nº 16.582 “Centeno, Norberto Oscar s/recurso de hábeas corpus, interpuesto por su mujer, Hebe Broudiscau de Centeno”.

Todo cuesta el doble, por estos tiempos. En mesa de entradas informan que necesitan que el escrito esté firmado por un profesional del derecho. Obvio, un patrocinio letrado. La desesperación y la angustia no son óbice para dejar de lado los rigorismos formales. Haberse visto. Su hija, María Eva, todavía no se había recibido de abogada. El tiempo pasa, vuela. Las ideas se nublan. La bruma, todo lo obnubila. Hasta respirar cuesta, se hace difícil.

- ¡Un abogado que firme, por el amor de Dios! ¡Uno solo!

Dios escucha, parece. La joven abogada que trabajaba en el estudio con Centeno ingresa caminando con dificultad, porque está embarazada. Los familiares advierten su presencia y se precipitan sobre ella para ponerla al tanto. No entiende mucho, pero tal vez presiente. En la confusión, y como pinceladas, se presentan espontáneas ciertas imágenes. El miedo y la incertidumbre suelen ser muy selectivos para elegir las tomas, que el director del filme de nuestra vida -que no es otro que la mente humana- escogerá definitivamente para proyectar.

Mientras escribo esto, recuerdo haber leído hace poco un informe sobre un estudio de recuerdos de sucesos traumáticos, en dónde se demostraba de un modo bastante convincente lo común que puede ser que se filtren errores de apreciación en relatos que aparentaban ser recordados con mucha seguridad.

No pareciera ser este el caso. Habían pasado apenas dos noches. Lo vio salir con Ernesto, presurosos en su andar, tal vez más presurosos que lo de costumbre -por el frio- a tomar su cafecito de parado, como estilaban.

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-¡Pero qué ganas de joder, con el frío que hace!  -tal vez haya pensado-; pero también recuerda cuando a pedido suyo y un tiempo antes lo acompaño a la Unidad Regional a una cita extraña cuyo motivo no terminó nunca de cuajar y concluida la cual escuchó en boca del mismo Centeno:

- ¡Vamos a tener que andar con cuidado, doctorcita, algo me huele mal!

La memoria, sigue trabajando a full, y potencia las conjeturas. Tiene tiempo todavía para recordar las caras de dos personas jóvenes con su uniforme de fajina que irrumpieron en el medio de la reunión, y que llamativamente observaron mucho al conocido profesional.

Un fisonomista habría reconocido en sus semblantes todos los signos que revelan al observador en observación. Intenta recordar sus últimas palabras:

- ¡Vamos a tomar un cafecito! ¡Vuelvo enseguida!

Pasa el tiempo, el Doctor no regresa. Recuerda lo tediosas que estaban las planillas que al otro día tenía que presentar, y la voluntad que tenía que poner para concluirlas a término. Siente náuseas, tal vez anuncia que lo vería al Doctor el día siguiente, en los juzgados. Se hace tarde. Son casi las 21.30. Se siente cansada, decide irse.

Abre la puerta del estudio, e inmediatamente percibe -en su rostro primero, y en todos sus huesos después- el intenso frio de ese invierno. El viento porfiado y constante, que sopla desde el mar, deja oír su silbido particular. La iluminación es apenas tenue, dándole un ambiente lúgubre a la cuadra. A las cuadras. Mira a ambos lados antes de ingresar a su Fiat 600, lo enciende y espera que el motor adquiera temperatura. Se acuerda de haber estacionado justo detrás del soberbio Ford Falcón celeste del Doctor, pero ahora no está.

-¡Pero si se fueron caminando, al café de siempre!  -se dice- ¿lo habrá venido a buscar Ernesto?

-¡Vamos a tomar un cafecito, vuelvo enseguida! -retumba en su cabeza, una y otra vez, como un megáfono fastidioso.

-¡Doctora! ¿Puede firmar, por favor? -escucha como una súplica, que la hace volver nuevamente en sí.

-¡Sí, por supuesto, claro que sí! -responde- En el cenit de los dramas, las mujeres no suelen temer. ¿Será porque valoran la vida de otra manera?

Estampada la firma del letrado, el sello del cargo que se impone al pie del escrito que se presenta y a su copia, indican el día y la hora en la que una pretensión nace como documento relevante a la vida jurídica. Nadie podría aventurar, merced a las vicisitudes propias de todos los procesos, que la petición efectivamente incoada hallará -aunque sea parcialmente- el reconocimiento judicial buscado, pero todos deberíamos razonablemente aspirar a que los recursos humanos y materiales disponibles para dicha función sean utilizados a pleno. Es lo que debería razonablemente esperarse de un servicio. Y la Justicia, lo es.

- ¡Ya lo detuvieron en otras oportunidades! -intentan consolarse.

-¡La última fue hace poco, la mañana del 24 con el golpe! ¿Te acordás? –alguien pregunta.

- ¡Si, como no me voy a acordar, si los militares trinaban por la parsimonia que tenía para vestirse cuando lo vinieron a buscar para llevarlo detenido! - recuerda un familiar.

-¡Sí, seguramente en breve lo van a largar! –añade otro.

-¡Es un profesional muy conocido! -se escucha en el tumulto sin posibilidad de identificar debidamente al autor.

La abogada pide hablar con el juez, un hombre joven al que había conocido en la Universidad Católica, pero no recuerda si fue ese mismo día al presentar el hábeas corpus, o al siguiente. Es imposible conservar todos los detalles por la tensión constante.  Pero justo antes de ingresar recuerda, con la ternura que las circunstancias ameritaban, la preocupación de la persona que mejor conocía al Doctor, su compañera de la vida, su mujer:

-¡Mi marido es claustrofóbico! -repite como una letanía- ¡Si le ponen esas capuchas, temo por su vida!  ¡Dígale eso al juez, doctora!

Su Señoría la atiende en su despacho. Se muestra preocupado, y la escucha atentamente con el rostro seco.

-Señoría, a Centeno ya lo han detenido en otras oportunidades -señala- pero la familia está muy preocupada por el modo en que se dieron las circunstancias. Fue en plena calle, no mostraron orden de ninguna autoridad, estaban todos de civil, con armas largas, pero manifestaron al dar la voz de alto que pertenecían al ejército argentino. Hay un testigo presencial, está su nombre, su dirección, están todos los datos en el escrito presentado, él se siente con mucho miedo pero dijo que estaba dispuesto a declarar, a pesar de que amenazaron a su familia. Es un testigo directo de los hechos, y estaba con él en el momento en el que todo sucedió. Es su principal colaborador.

-¡Entiendo! -contestó el juez lacónicamente, y ya sin mirarla a los ojos, sino contemplando los distintos tomos y volúmenes de obras jurídicas que ostensibles ocupaban  la biblioteca de su despacho, añadió:

-¡Voy a hacer, todo lo posible!, frase susceptible de mil interpretaciones, fría como un bloque de hielo, pero además enigmática. Digna de algún personaje de Proust.

-De hecho -agrega- he ordenado se libren oficios a la policía bonaerense y a la federal para que me informen antes de las 13.30 si tienen conocimiento de alguna actuación que involucre a Centeno. También libramos uno para el coronel Barda, del ejército.

-¡Gracias, Señoría! -señala al retirarse, y antes de cerrar ella misma la puerta de su despacho para acceder al pasillo que la dejará nuevamente en la mesa de entradas del tribunal, se detiene por unos segundos, curiosa, ante una cita en latín que descubre medio escondida entre los varios objetos de los estantes. La misma rezaba, timbrada sobre un mármol blanco: “Nulli vendemus, nulli megabus aut differemus, rectum  aut justitiam” (1)

Afuera, la esperanza de todos contrasta con su propia corazonada. Y el contraste no se puede evitar, se palpa en el aire. Y esa corazonada le decía, con esa forma tan peculiar que tiene para hacer saber las cosas de un modo asequible, mucho más de lo que todos temían. Todavía se podía respirar esperanza, pero se trataba de una esperanza que languidecía conforme pasaban las horas, una esperanza auto-infligida, una esperanza asistida como por un pulmotor.

Nadie podía prever, aunque la confusión y la incertidumbre eran grandilocuentes, que por esas mismas horas, a unos escasos kilómetros, el abogado Norberto Centeno estaba soportando los últimos y aberrantes padecimientos físicos que concluirían con su muerte ignominiosa.

(1) “A ningún hombre venderemos, negaremos o demoraremos derecho o justicia” (Carta Magna, 1217).

 

*Fragmento de “El hombre, un nombre y la densa bruma”, de Alberto Hugo Meana (Cospel Ediciones 2016-2017).