El vuelo de la Gaviota
Fue la primera mujer en el espacio exterior. Su viaje de 71 horas y 48 órbitas a la Tierra, entre el 16 y el 19 de junio de 1963, superó el tiempo sumado de todos los astronautas estadounidenses que habían circunvolado el planeta.
“Piensen que habían pasado poco más de tres lustros del término de la Gran Guerra contra el fascismo. Para ustedes será fácil entender el sentimiento que nos embargaba… el país se había levantado de las ruinas, y he aquí lo que hoy podemos, ya: el primer satélite, el primer hombre en el espacio, la primera mujer cosmonauta, la primera caminata espacial, la primera estación orbital, todos son logros nuestros. Por cierto que entonces era un elemento de la política, pero todo lo que hicimos entonces es digno de orgullo hoy en día. (…) Nunca aceptaré el juicio de que el vuelo de la primera mujer cosmonauta fue solo propaganda. No, porque nos preparamos para ello cabalmente. Llegamos como paracaidistas y nos convertimos en cosmonautas. La jornada comenzaba a las nueve de la mañana, pero cuando todos terminaban el trabajo, a las 6 de la tarde, nosotras, las chicas, continuábamos en lo nuestro. Quedaba tiempo solo para el sueño y la preparación física, el resto eran 14 a 15 horas de clases. Astronomía, física, matemáticas, meteorología, computación, navegación espacial. Las aspirantes a cosmonautas “girábamos por diez”, como llamábamos a las diez unidades de sobrecarga, cuando tu peso de 60 kilos se convierte en 600 kilos en la centrífuga. Eran tan solo diez segundos que había que soportar”.

Se ganaron el respeto de sus compañeros cosmonautas, quienes al principio también las veían como objetos político-publicitarios. Las eligieron paracaidistas porque las naves Vostok no disponían de ningún sistema de aterrizaje. Luego del reingreso en la atmósfera, las cosmonautas eran simplemente catapultadas y debían descender en paracaídas. El aspecto principal de su misión era de investigación biomédica: analizar comparativamente los efectos del vuelo espacial en mujeres y hombres (en una segunda nave, poco después, se lanzó un cosmonauta), y desarrollar experimentos de radiocomunicaciones. Tereshkova sufrió náuseas y calambres casi constantes durante gran parte del vuelo, y un dolor en el hombro que se intensificaba hora a hora por el peso del casco. Aun así, mantuvo el registro del vuelo y fotografió cientos de veces el horizonte, material que sirvió para identificar los aerosoles atmosféricos. Su experiencia permitió recoger información para adaptar el traje espacial y la ergonomía de la nave al organismo femenino, y para mejorar sistemas de comunicación.
La “Chaika” (“Gaviota”, su identificación en el espacio), conmovió al mundo con su vuelo de tres días, pero en la Tierra llevó una vida muy introvertida. Los otros cosmonautas daban entrevistas, escribían libros y seguían siendo referentes en su profesión. Valentina continuó como entrenadora y docente en el cuerpo de pilotos militares, e hizo una carrera política, pero siempre que pudo eludió los reportajes y los reflectores de la fama, y a veces directamente eludía a las personas. El estrés de la salida al espacio, las 71 horas en una nave que ya era obsoleta, los problemas técnicos y físicos durante el vuelo… “Sin duda que mediaron también problemas sicológicos, fue para aquellos tiempos un vuelo espacial prolongado. Pero ella soportó dignamente las condiciones del vuelo espacial y cumplió el programa trazado. Y ello no era nada fácil”, opinó el director del Instituto de Problemas Médico-Biológicos del programa espacial soviético, Anatoli Grigoriev.
A veces, Valentina también tenía que eludir su vida privada, que se había vuelto más pública de lo que ella esperaba. Se casó con un cosmonauta, Andrian Nikolaiev. “Dijeron que el casamiento fue una orden de Nikita Kruschev, y no es cierto. Ya les conté el ambiente en el que estábamos, y los sentimientos que teníamos, el espíritu de empresa colectiva, de estar haciendo historia. Era fácil creer que el amor de tu vida debía ser otro cosmonauta”. Años más tarde se divorciaron, pero del matrimonio nació Yelena Andriánovna, hoy médica, la primera persona con padres que viajaron al espacio. Otro motivo para la curiosidad ajena, para no querer ver a mucha gente. Ya bastaba con los científicos que sometían a madre e hija a permanentes controles para comprobar que la niña fuera completamente normal.

Tereshkova se graduó ingeniera espacial en 1969, precisamente el año en el que la sección femenina de cosmonautas fue disuelta por el gobierno. En 1979, cuando el programa espacial estadounidense iba a enviar a las primeras mujeres en el transbordador espacial, el gobierno soviético volvió a reclutar mujeres. Valentina, ansiosa de volver a volar, se presentó a la revisión pero no superó las pruebas. No podría regresar al espacio. “Piensen en la emoción de alguien que desde pequeña soñaba con volar, en una paracaidista que se convirtió en cosmonauta, en una obrera textil que llegó a ser ingeniera espacial. No fue fácil, pero no tengo quejas sobre lo que la vida me ha deparado”. Más de medio siglo después, sus récords siguen vigentes: única mujer en vuelo espacial en solitario, la mujer más joven en el espacio (26). Desde muy temprano, ella observó que estos orgullos en gran parte se debían a las rémoras machistas de los programas espaciales: “Un pájaro no puede volar con solo un ala. El vuelo espacial de los humanos no puede continuar sin la activa participación de las mujeres”.
En 1997, a los 60 años, se retiró de la fuerza aérea y de la escuela de cosmonautas. Hoy vive en el campo, con cielos oscuros y estrellas brillantes, y no deja de pensar en el espacio. En 2013, a los 76 años, concedió un reportaje a la revista alemana Bild: “Si tuviera dinero, viajaría otra vez al espacio, aunque sea como turista. Y también volaría a Marte, incluso con pasaje sólo de ida”. Más allá del planeta rojo, en el cinturón de asteroides, el objeto 1671 guardará la memoria de su hazaña para siempre: se llama “Chaika”.










