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Brasil sufre con una tragedia anunciada

La población de Brasil sufre las consecuencias de la incompetencia de quienes deben tomar decisiones de alto nivel para luchar contra la pandemia. El gigante sudamericano es, por estas horas, el país con la tasa diaria más alta de contagios por coronavirus en el mundo, superando a otras naciones como España, Italia y Gran Bretaña en cantidad de infectados.

Con más de 17.000 fallecidos desde que llegó la pandemia, el coronavirus ya es la principal causa de muertes en el vecino país. En una reciente entrevista concedida al diario Folha do So Paulo, el exministro de Salud Luiz Henrique Mandetta confirmó un dato preocupante: dijo que “nada de lo que está ocurriendo hoy es sorpresa” para el presidente Jair Messias Bolsonaro. Es que tanto las autoridades sanitarias como prestigiosos científicos habían alertado al mandatario, con suficiente tiempo de antelación, sobre el enorme peligro (y el alto costo en vidas humanas) que podía tener seguir subestimando la pandemia. Pero, haciendo caso omiso al consejo de expertos, el militar brasileño primero dijo que el patógeno que ya registra más de 4,8 millones de casos y superó la barrera de los 324.000 muertos en todo el mundo era apenas “una gripecita”; y luego convocó a la población en varias oportunidades a seguir con sus vidas cotidianas como si nada hubiera pasado. Los resultados están a la vista. El país más poblado de la región se encamina a ser el próximo epicentro mundial de la pandemia, producto de la larga lista de despropósitos de los que hizo gala impúdicamente Bolsonaro y que, si no fuera por la tragedia y el triste desenlace para el pueblo brasileño, hasta podría compararse con el guion de una comedia de bajo presupuesto de los años de la Guerra Fría; período que -dicho sea de paso- aparece mencionado con frecuencia en los discursos del capitán del ejército brasileño, para quien las campañas contra el cambio climático no son otra cosa que el producto de una ideología a la que define como “marxista y global”. Así, mientras Bolsonaro imagina conspiraciones y sigue con su particular visión del tablero geopolítico mundial en pleno siglo XXI, la pandemia de coronavirus hace estragos y deja al desnudo los desaciertos de una administración que, en medio de una crisis sanitaria sin precedentes, obligó a dos ministros de Salud a renunciar en menos de un mes por los continuos cortocircuitos con un presidente que parece empeñado en seguir cometiendo graves errores y negando lo que, hace rato, viene demostrando la comunidad científica en todo el mundo respecto de cuáles son las mejores herramientas que tienen los países para enfrentar la pandemia, como son las medidas de confinamiento para contener el brote.

Desde la distancia cuesta entender cómo, por un lado, gobernadores y alcaldes de Brasil defienden las medidas de confinamiento, mientras Bolsonaro se aferra a las mismas ideas que llevaron a su país a convertirse en la nación con la tasa diaria de contagios más alta del mundo, con una tendencia que muestra que los números de contagiados y muertos seguirán creciendo en forma exponencial hasta julio, para cuando los epidemiólogos esperan que llegue el pico de la curva de incidencia.

Frente a este panorama, las autoridades de San Pablo, el estado más poblado y con más casos de Covid-19, anunciaron que no descartan imponer en los próximos días una cuarentena total debido a que las medidas de distanciamiento social hasta ahora adoptadas no han resultado efectivas y a que el sistema de salud local se encamina a un inevitable colapso, cuando eso podría haberse evitado.

Pero nada parece quitar el sueño a un presidente que insiste en mantenerse de brazos cruzados mientras el virus se ensaña con los sectores más vulnerables de la población. Hasta llegó a decir que el patógeno “va a contagiar al 70 por ciento de la población (de Brasil) tarde o temprano” y que, además, “va a matar mucha gente”, independientemente de las medidas que se tomen para salvar más vidas. Que cada uno saque sus conclusiones. La Historia, sin dudas, lo recordará como el mandatario que desoyó las advertencias de la ciencia y llevó a Brasil a ser uno de los países del planeta que más padeció, innecesariamente, los sufrimientos provocados por la pandemia.

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