Primarias en EEUU: los candidatos que el establishment no desea
El reaccionario Trump corre solo en la interna de los Republicanos, mientras el “socialista” Sanders vuelve a sorprender entre veinte candidatos Demócratas. La desestabilización política que Washington difunde globalmente también se manifiesta dentro del país.
Esta campaña presidencial arrancó en EEUU nada menos que con un juicio político propulsado por los representantes Demócratas contra Donald Trump. El partido opositor había eludido durante casi tres años semejante empresa, aun cuando el presidente se negó desde el primer día a hacer pública su declaración de impuestos (asunto que implica a la vez delito y ausencia de moral pública en aquel país), o cuando las agencias de seguridad del Estado denunciaban repetidamente indicios de colusión entre el clan Trump y el gobierno ruso.

Esta vez, los Demócratas lo acusaron de extorsionar a un presidente extranjero (el ucraniano Volodímir Zelenski) para exigirle que investigara los negocios del exvicepresidente Joe Biden allí, quien eventualmente podría ser el rival de Trump en la carrera presidencial. El chantaje se corporizaba reteniendo indebidamente los fondos de ayuda militar votados por el Congreso de EEUU para Ucrania.
La mayor parte de las evidencias al respecto fueron aportadas por un whistleblower (denunciante) de la CIA que tenía a su cargo la supervisión de las comunicaciones internacionales de la Casa Blanca. Posteriormente, el exsecretario de Seguridad Joe Bolton se ofreció como testigo: aseguró que había escuchado directamente cómo Trump coaccionaba a Zelenski.
Los senadores Republicanos, mayoría en la cámara, rechazaron tajantemente la presentación de Bolton, de otros testigos u otras evidencias, y sobre la base del simple dictamen de impeachment presentado procedieron a la votación, imponiendo en menos de una semana el fin del proceso. Los Demócratas tampoco tuvieron margen para insistir, porque ellos mismos habían evitado que se llamara a declarar a Biden, para proteger al que en ese momento era el candidato favorito del establishment partidario.

Así, el presidente salió fortalecido de lo que podría haber sido un amenazante punto de partida en la carrera por la reelección. Para su mayor gloria, dos días antes de la votación en el Senado, los Demócratas protagonizaron en Iowa una bochornosa elección interna que tardó más de una semana en ofrecer resultados definitivos. Punto doble para Trump.
Otro gol del magnate gobernante es la propia interna Republicana: de los que compiten en ella, solo han logrado cierta notoriedad (aunque poquísimos votos) el dos veces gobernador de Massachusetts Bill Weld (91-97) y el exrepresentante Joe Walsh. En el promedio de los tres primeros Estados en los que se votó, Trump se llevó el 90% de los votos.
Bernie recargado
El exalcalde y senador por Vermont Bernie Sanders tiene 78 años, no es miembro del Partido Demócrata, en cuya primaria compite como independiente, y sufrió un infarto a fines de año pasado, cuando ya estaba campaña. Se autoproclama “socialista”, lo que es casi mala palabra en EEUU (aunque nuestra nomenclatura lo calificaría como “liberal progresista”), y no es bien visto por la dirección partidaria, cuyo candidato preferido es Joe Biden (como segunda opción, Pete Buttigieg o Michael Bloomberg).

En el último debate antes de la interna en Carolina del Sur (y sobre todo del “supermartes” 3 de marzo), sus rivales sacaron a relucir viejos artículos periodísticos en los que Sanders elogiaba el sistema sanitario cubano, pecado mortal para el catecismo estadounidense. Lejos de retractarse, Sanders volvió a ilustrar su propuesta de reforma del programa de salud estadounidense resaltando la salud en Cuba. Por si alguien no había oído bien, agregó que en su proyecto la cobertura de salud será universal y gratuita, “incluso para inmigrantes indocumentados”, y que el presupuesto saldrá de mayores impuestos a los ricos.
En épocas normales, un candidato con estas destrezas no podría pretender siquiera aparecer en la tv estadounidense, menos presentarse en la interna Demócrata, menos que menos aspirar a ganarla. En las tres primeras citas electorales del 2020 (Iowa, New Hampshire y Nevada) se llevó 45 de los 100 delegados en juego, ¡compitiendo contra una larga docena de candidatos, entre ellos los tres favoritos de la dirección partidaria!
Peor aún, todas las encuestas de febrero, según lo reseña el promedio general de Real Clear Politics (ver gráfico), lo dan como vencedor de Trump en la elección presidencial de noviembre. Coinciden con los sondeos de 2016, que auguraban que el mejor candidato para vencer al magnate no era la conservadora Hillary Clinton, sino el despeinado “socialista” de Vermont.
¿Qué está pasando?
¿Cómo un “extremista”, “antisistema”, “comunista” según las calificaciones que suelen regalar a Sanders periodistas de grandes medios y adversarios políticos (ni hablar de lo que le dice Trump) llega a situarse en esta posición?

En el debate del martes último, sus adversarios criticaron sus posturas de izquierda, su proyecto de dar una cobertura universal de salud, y su programa de impuestos a los ricos como “demasiado radicales” para “unir” al electorado estadounidense. Sanders salió de las críticas por arriba, y dijo que lo que se necesita para derrotar a Trump es capacidad de inspirar la participación: “Necesitamos una campaña con energía y emoción, y necesitamos volver a traer a la clase trabajadora al Partido Demócrata”. Justo lo que todos sus rivales no mencionan (y algunos, ni siquiera lo desean).
Los corresponsales del Washington Post en cada distrito verifican que “La candidatura de Sanders es empujada por un enorme activismo juvenil. Obtuvo un gran apoyo entre los jóvenes asistentes al caucus y los liberales más duros (…) Casi la mitad de los de 17 a 29 años (48%) eligió a Sanders como su preferido, más del doble que cualquier otro candidato. Sanders también lideró con 33% de apoyo entre los asistentes al caucus de 30 a 44 años. Pero recibió mucho menos apoyo –8%– entre los de 45 años y mayores”.
Sanders, tan extremadamente opuesto a Trump, tiene algo en común con el magnate: también es un outsider del sistema. Así como el presidente representa un intento de derecha, autoritario, xenófobo, desestabilizador, de resolver los problemas del capitalismo americano; Sanders encarna las aspiraciones de los que creen que la estructura económica y social estadounidense puede ser profundamente reformada en favor de las mayorías trabajadoras y juveniles y de las minorías migrantes, en un país que se hizo grande con el esfuerzo de sus músculos y el color de sus culturas.
Mayorías que no votan
Hasta ahora hubo un leve incremento de la participación electoral, lo que le ha alcanzado a Sanders para sacar ventaja e imponerse cómodamente a sus rivales. Su llamado a “involucrarse”, su apelación a la emoción, a los trabajadores y a los jóvenes, está marcando la diferencia en un país en el que tradicionalmente no vota más del 30% de los que estarían en condiciones de hacerlo.
Pero a medida que avance el proceso electoral, el candidato y sus partidarios deberán superarse a sí mismos, porque los “dueños” del Partido Demócrata no están cómodos con su candidatura, ni lo está el establishment de la prensa y los negocios. Y no hay que ser un especialista en política estadounidense para recordar lo que sus “dueños” y su establishment son capaces de hacer para sacarse de encima a los líderes que le incomodan.
El “supermartes”
El martes 3 de marzo se celebra el llamado “supermartes”, con primarias en 16 estados que repartirán un tercio de los delegados demócratas que van a elegir al candidato presidencial en julio.
Son: Alabama, Samoa Americana, Arkansas, Colorado, Maine, Massachusetts, Minnesota, Carolina del Norte, Oklahoma, Tennessee, Texas, Utah, Vermont, Virginia, además de California y Texas, que se reparten 415 y 228 delegados respectivamente (recordemos que Iowa, New Hampshire y Nevada sumaron 100 entre los tres, por ejemplo).
En California vive una cuarta parte de todos los latinos de EEUU, que a su vez componen un tercio del electorado. En Texas, en menor escala, la composición es similar. Si no hay grandes alteraciones respecto de lo visto hasta ahora, después del “supermartes” las tendencias pueden volverse irreversibles.
Impeachment y después
La victoria de Trump en el Senado se puede prolongar como un duro golpe al sistema de “checks and balance” de la democracia estadounidense y como un avivador de las tendencias personalistas y autoritarias del presidente. Su visita elogiosa de esta semana al ultranacionalista e islamófobo presidente indio Narendra Modi, a quien propuso una alianza comercial antiChina reforzada con una “ventajosa” venta masiva de armamento, es una muestra. Su “plan de paz” para Palestina, que desconoce el derecho a la tierra de los palestinos y todas las resoluciones votadas en la ONU a lo largo de décadas, es otra.
Su invitación al autoproclamado presidente venezolano Juan Guaidó a la sesión inaugural del Congreso estadounidense; el reforzamiento del bloqueo económico a Venezuela y Cuba; su apoyo al derrocamiento de Evo Morales y la represión al indigenismo en Bolivia; su promoción del Brexit y de la guerra económica interna y externa en la Unión Europea; el ataque global a la libertad de prensa con el reclamo de la extradición de Assange, y otros mil conocidos etcéteras. El carácter autoritario, represor, xenófobo y desestabilizador de sus políticas y sus objetivos globales tendrán sin duda un reflejo al interior de los EEUU.










