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Señales de alarma del cambio climático

Un reciente informe global elaborado por expertos del Servicio de Cambio Climático de la Unión Europea confirmó que el año 2019 fue el segundo más cálido en la Tierra, desde que se tienen registros de las temperaturas en el planeta. Según los especialistas, algunos fenómenos como el derretimiento de casquetes polares en el Ártico, el aumento del nivel del mar y las condiciones meteorológicas extremas que se observan en distintas partes del mundo, son señales que obligan a adoptar urgentes medidas para lograr una rápida disminución en las emisiones de gases de efecto invernadero.

A través de un comunicado difundido esta semana, las autoridades del Servicio de Cambio Climático europeo, también conocido como sistema Copernicus, advierten que esos signos de alarmas deben servir para que los líderes mundiales tomen conciencia de la necesidad de no dilatar aquellas decisiones que permitirán mitigar los efectos de los cambios que experimenta el clima y que se sienten en todos los continentes. De lo que se trata, en definitiva, es de impulsar modificaciones en los hábitos de consumo de la gente y, sobre todo, en las actividades económicas con el objetivo de lograr una sensible disminución en las emisiones de gases de efecto invernadero a fin de reducir o, al menos, hacer menos severos los efectos del cambio climático.

Los científicos también destacan que los niveles de dióxido de carbono (CO2), el principal gas de efecto invernadero, lejos de disminuir siguen aumentando en los países más desarrollados. Por eso, las emisiones de este gas y su relación con el uso de los combustibles fósiles volvieron a ocupar un lugar central en los debates sobre el cambio climático durante el último encuentro de la conferencia del clima de la ONU (COP 25) que se llevó a cabo en Madrid.

Y en relación con las temperaturas medidas en 2019, observan que estuvieron a tan solo 0,04 grados centígrados por debajo de las más altas registradas en 2016, que fue el año más caluroso del que se tienen registro desde que existen sistemas confiables de medición de las temperaturas en el planeta.

Estados Unidos y China son, según la ONU, los países que emitieron la mayor cantidad de dióxido de carbono en los últimos 20 años, mientras que en América Latina los que lideran el ranking de países emisores de este gas de efecto invernadero son México y Brasil que son, a la vez, las dos mayores economías de la región. Pero mientras el mundo muestra la mayor concentración de CO2 de toda la historia humana, los países más ricos -que son los que más contaminan- parecen no estar demasiado interesados en cambiar las cosas.

Un informe presentado en la última Cumbre del Clima celebrada en Madrid por la organización británica Oxfam, que lucha contra la pobreza, asegura que los países de renta alta, en los que vive una de cada seis personas del mundo, emiten 44 veces más CO2 que las naciones menos desarrolladas. El documento de esta organización señala, además, que desde el año 1960, la mitad del dióxido de carbono expulsado a la atmósfera fue generado en un país industrializado miembro de la OCDE, mientras que el grupo de países calificados por Naciones Unidas como países menos desarrollados -que incluye a 47 de los Estados más pobres del planeta y con menor desarrollo humano- solo es responsable de un 0,8 por ciento de las emisiones totales. Según Oxfam, existe una estrecha relación entre la desigualdad extrema y la emergencia climática ya que, mientras los países ricos son los que más dióxido de carbono generan, los que sufren los mayores impactos del cambio climático son los habitantes de las naciones más vulnerables y menos desarrolladas, que son los que tienen menos recursos disponibles para adaptarse a este preocupante fenómeno.

Pero desde 2015, cuando a través del Acuerdo de París, más de 190 países se comprometieron a reducir sus emisiones de carbono y a poner en marcha medidas de mitigación, poco se ha avanzado en ese sentido. El Banco Interamericano de Desarrollo advierte que el cambio climático no es solo una tragedia natural, sino que también es un obstáculo a los esfuerzos de desarrollo económico de los países. Y, a modo de ejemplo, recuerda que las inundaciones que afectaron el norte de Argentina entre los años 2015 y 2016 representaron un costo de 3,6 mil millones en pérdidas para el país.

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