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Entrevista a la fotógrafa Sara Facio

“Una buena foto no es una casualidad”

A los 87 años la leyenda de la fotografía argentina es la autora de imágenes que ya son parte de la cultura visual del país: Cortázar con el cigarrillo entre los labios, los muchachos peronistas mirando a cámara, los chiquitos con la ñata contra el vidrio que hielan el corazón.

Hace un tiempo que Sara Facio se dedica a preservar su legado y el de su pareja, la también legendaria María Elena Walsh. 

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La fotógrafa Sara Facio hoy. Las facciones no son representativas de su edad cronológica.

¿Por qué creó una fundación en honor a María Elena Walsh?

-La Fundación tiene legalmente menos de dos años. En 2018 otorgamos el primer premio en literatura, que ganó Tomas Downey. La idea es continuar lo que María Elena hacía en vida: ayudar a la gente joven, con talento. Es lo que ella quería. Tengo sus derechos literarios, y como no me interesa tener autos de alta gama ni alhajas, pensé que ese dinero lo debía gastar en hacer cosas que ella hubiese hecho en vida.

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Un autorretrato, las selfies existieron siempre, dice.

Usted abrió secciones en los principales diarios, dirigió la primera sala de exposiciones específica, formó la colección del Bellas Artes, le dio dignidad a la disciplina.

-Ha sido una lucha de toda la vida, muy desigual. ¡Una militancia! Porque, además, soy mujer. Las mujeres siempre somos menos. En todo el mundo. Por suerte ahora las chicas se han dado cuenta que no es sólo en el trabajo y en la cama: en todos lados los varones mandan. Soy feminista de nacimiento. Me alegra que ahora se hayan comprometido más, sobre todo en los casos extremos como el aborto o el divorcio, temas que hacían que la mujer fuera una esclava. Que eso se discuta me parece maravilloso.

¿Y qué proyectos más personales tiene?

- Descansar, es lo que me recomienda mi médico. Me dice que me vaya a una playa, pero prefiero más estar acá en mi estudio, rodeada de mis libros y mis fotos. No las mías, sino de la gente que a mí me gusta, de artistas fotógrafos como Richard Avedon, Diane Arbus. Sigo trabajando y me piden muchísimas cosas que no puedo cumplir: por un lado porque pienso que ya está, hice mucho; y por otro porque tampoco tengo fuerzas. Es muy difícil porque a mí me gusta la fotografía analógica y en este momento es dificilísimo conseguir materiales, papeles, laboratorios. El digital me parece plano, gris, asqueroso.

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Cielo y tierra, una de sus obras artísticas.

¿Cuáles son las obras de su serie Peronismo, que donó al Bellas Artes?

-Gané el Premio Trayectoria del Salón Nacional, y una de las condiciones es donar una obra al museo: ellos me hicieron las fotos, porque fue uno de los pocos que encontré que hacía fotografía analógica. La curadora Verónica Tell eligió cuatro obras.

En el segundo debate presidencial, Alberto Fernández cerró su presentación con los versos de Como la cigarra, ¿Cómo lo tomó usted?

-Me parece maravilloso que la citen a María Elena. Es un verso que tiene una vigencia y un humanismo que son eternos. Que lo use un político me parece fantástico. Lo enaltece al político que pueda citar a un poeta. Estamos tan cansados de los insultos y las guarangadas. Al menos yo.

¿Por qué no tiene galería comercial?

-Nunca quise. Estoy fuera del mercado. 

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La cotidianidad retratada con una mirada particular.

¿Ya digitalizó su archivo?

-La mayoría, sí, pero no le tengo ninguna confianza. Tengo negativos que tienen 60 o 70 años.

¿Falta una institución pública que se ocupe de la memoria de la fotografía argentina?

-Es una lucha, y no sé si tendrá solución. Todos quieren digitalizar sus archivos. El 90% de los fotógrafos que se presentaron a mecenazgo fue para digitalizar sus archivos.

¿Por qué ya no saca más fotos?

-No puedo por cuestiones físicas. A mí lo que me gusta más que nada es tomar fotos de la gente. Nada de trípodes ni escaleras. Me gusta estar al lado de la gente, tanto se trate de Borges o de Cortázar como de chicos que salen de la escuela. Me interesa estar en el medio de lo que pasa, pero ahora no puedo porque tengo problemas para caminar, agacharme, subir una escalera, me quebré las muñecas hace unos años. ¡Estoy en señora de edad!

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Perón al poder, otro de sus singulares registros.

¿Y no le dan ganas a veces de mirar a través de un visor?

-Miro todo el tiempo, la gente, la calle. Mi placer es sentarme en la vereda en París o acá en Buenos Aires y mirar a la gente. Si no, miro películas o series. Y leo muchísimo. A la mañana, si no leo el diario de punta a punta me falta algo. 

Hay fotos suyas que son íconos culturales, ¿ése es su legado?

-A veces digo que mi verdadero premio, lo que más satisfacción me da, es cuando tomo un diario y, aunque no esté mi nombre, está mi foto. O prendo el televisor y siempre hay una foto mía, hablen de lo que hablen. Eso me da mucho gusto. Me pasa todo el tiempo.

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¿Qué es una buena foto?

-Algo que te hace pensar. No es una casualidad.

¿Cómo analiza el fenómeno de las buenas cotizaciones que tienen las copias vintage?

-Ahora se dan cuenta que aquella es la fotografía verdadera, que se hizo como debe ser: con negativo, papel, buen laboratorio. Pero como no saben lo que es una buena copia, es muy fácil engañarlos. No necesariamente es copia del artista. Hay fotógrafos como Henri Cartier-Bresson que en su vida entraron a un laboratorio, pero sabían lo que querían. Soy una rara avis porque para mí la fotografía son las dos cosas: la toma y la copia. Esa puerta que ahora está cerrada con llaves era mi laboratorio. Me gustaba con locura. Podía estar un día y una noche entera ahí adentro, buscando un tono, una luz, un negro. Ahora las copias digitales son todas planas. Pero la que fue tornada en un negativo tiene que estar hecha por un laboratorista que sepa de sutilezas.

Publicada en revista Clase

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