La utopía de una humanidad pura y limpia
La utopía de una humanidad liberada de la esclavitud del mal como forma de vida emerge con fuerza en la solemnidad que hoy celebra la iglesia católica con la festividad de la Inmaculada Concepción de María.
Como sabemos este dogma de fe, tiene que ver con el hecho de que María desde el instante de su concepción fue preservada de la mancha original del pecado, que todo ser humano trae como falla estructural, por el solo hecho de ser justamente humano, esto como consecuencia de la herencia humana de pecado que nos legó el primer hombre y la primera mujer, Adán y Eva a instancias del pecado original.
María, la Madre de Jesús en virtud de su destino por voluntad divina de ser la madre de Dios, fue preservada por este en su infinita providencia, para que la carne de esta criatura no tuviera vestigios de pecado.
Y es absolutamente lógico, que, en su infinita y eterna sabiduría, Dios haya previsto este misterio ya que limpio debía ser el vaso que iba a contener lo más puro y limpio que era nada más ni nada menos que el Verbo Eterno que procuraría la salvación a toda la humanidad.
Dios creador de todo lo que existe y autor absoluto de las leyes naturales y sobrenaturales pudo hacer eso, hacer que la humanidad de María, fuera inmaculada e intacta, milagro prodigioso, que solo Dios pudo haber llevado adelante en virtud de la misión que tendría la Madre de Dios.
Como sabemos, aunque Jesucristo fue fecundado milagrosamente por el Espíritu Santo en el seno virginal de María sin intervención del hombre, sin embargo, “tomó carne”, y al hacerlo debía hacerlo en una carne intacta, para no quedar lo más puro, contaminado por el pecado.
En efecto Jesús de Nazaret, el Cristo toma carne de María, y, María, por así decirlo le da la humanidad a su divino hijo que era al mismo tiempo Dios y hombre. Dios porque fue fecundado en el tiempo por la acción divina del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo hombre, porque toma carne desde la humanidad pura e inmaculada de la Virgen María.
En este sentido y por esta obra misteriosa como intervención real de Dios en el tiempo y en el espacio, comienza el largo proceso de la restauración de la humanidad, que, fruto del pecado original había colapsado hacia el grado de su más profunda indignidad. En efecto, la razón y el fundamento del porqué y para qué de lo creado fue arruinado por el pecado, el cual, en pocas palabras, significó la ruptura absoluta con el proyecto original de Dios.
Tal ruptura significó justamente la transgresión del orden moral que Dios había impuesto a la creación, al prohibir el consumo del fruto prohibido, orden y mandato que el primer hombre transgrede condenando a la historia y a las generaciones sucesivas las consecuencias de esa decisión original equivocada.
Así pierde el hombre la imagen y semejanza de Dios su inmortalidad. Por este fracaso del proyecto original de Dios llamado Jardín del Edén, Dios deberá encarar un plan de recupero de la creación, para que esta no colapsara en el caos, de manera irrecuperable. Y lo que hará Dios será refundar de nuevo la creación.
¿Cómo lo hará? Haciéndose cargo Él mismo de la restauración de la creación caída en el pecado original. Por eso toma carne, porque debía regenerar y recrear de nuevo lo humano, pero debía hacerlo de manera tal que el pecado no incidiera en ningún modo en este proceso de restauración.
De allí que debe preparar el terreno para que esta recreación y refundación de la creación fuera eficaz, adecuada y definitiva. Debe en primer lugar preparar el ámbito humano en el que la divinidad tomara humanidad para comenzar el proceso de la restauración o de la salvación, ese terreno es María.
Dios, en efecto, preserva la humanidad de María, desde el principio, en virtud de la misión del verbo eterno del padre que debía venir a salvar al mundo. Por eso la inmaculada concepción de María es un dogma de fe extraído de la palabra de Dios y de la perfecta lógica que se debió dar entre lo humano y lo divino para cumplir con el alto cometido de la restauración de la entera creación.
La nueva Eva, María, y el nuevo Adán, en la humanidad de Cristo, serían los protagonistas de este proceso de nueva creación que Dios iba a comenzar a instancias de María que con su “si” dado al ángel desencadenó ese proceso.
Celebrar la inmaculada concepción de María no debería reducirse solo a una fiesta católica, sino a una gran fiesta de la humanidad, ya que en María reposa “el deber ser” de toda la creación y de toda la humanidad. ¿Qué ser humano no desea la plenitud, la belleza y la perfección? Está en nuestro ADN todo eso, anhelamos, soñamos, suspiramos por un mundo bello, armónico y en paz.
Pues bien, la Inmaculada Concepción es el ícono de esa utopía, porque en ella vemos el “ya”, en una humanidad que “todavía no”, llega a esa perfección, pero a la que seguramente llegará un día. María es la inspiración más sublime y perfecta de la humanidad, en ella reposa el futuro de plenitud en ella ya cumplido, porque ha sido justamente ella la flor de la creación de la que nació aquel que lo recrearía todo para devolverle al Padre la entera creación reconciliada.
Por eso decimos que en esta creatura reposa la posibilidad real de una creación en paz, marcada por la más augusta hermosura, porque una humanidad sin pecado, es una humanidad completamente sumergida en el amor de Dios, más allá de todo odio, de toda violencia y de todo sentimiento autodestructivo para con la creación.
Una humanidad completamente sumergida en el amor de Dios, como lo fue María, no puede ser sino un resplandor de luz y de belleza que iluminaria todo lo que existe desde esa luz y desde ese amor, y, por eso, la inmaculada concepción de María es en el fondo el sueño cumplido de Dios de una humanidad completamente reconciliada en el amor.
María es por eso el plan de Dios ya cumplido en ella, en ella resplandece, la obra perfecta ya realizada por Dios y es el cumplimiento de todas las profecías.
Es al mismo tiempo, el paradigma, modelo y arquetipo de aquel ser humano que por dócil y obediente de manera absoluta a la voluntad de Dios, ilumina no su vida y la de su pueblo sino la de la entera creación.
Ella es lo que seremos, porque por designio de Dios fue elegida para ser el inicio de una nueva creación. Jesús en efecto brota desde este tronco puro y santo y desde entonces, desde este brote, que es el hombre Dios, Jesucristo señor y mesías la humanidad avanza hacia su destino inexorable que es llegar a la realización plena de una humanidad pura y limpia, donde toda la creación viva, se mueva y exista sumergida en el amor de Dios










