A mi amigo del alma Ovidio “Pico” López
“Cuando un amigo se va deja un espacio vacío”, es la sensación que impactó en mi corazón la partida de Ovidio “Pico” López mi entrañable y muy querido amigo o mejor hermano, ese era nuestro sentir y trato.
Por Julio Sisti
Quiso Dios que nos encontráramos. Él, a su llegada de Goya; yo, de Quitilipi en búsqueda de avanzar en conocimientos y desarrollo personal en la UNNE. Desde entonces hasta su partida nuestra amistad fue profunda y sincera. Al casarnos, sumamos nuestras familias y también a dos tipazos, el Japo Takahashi y Kike Burlli. Por años los cuatro, alternando casas, celebrábamos reuniones de comida y truco, así nos conocimos y construimos una gran familia. Sinceramente, nos comprendimos y nos quisimos mucho y los chicos que hoy ya son padres de familia nos distinguen como tíos. Fue una experiencia pletórica e imborrable, porque crecimos todos en amor, solidaridad, felicidad y respeto. Con el tiempo, Ovidio compró un terreno grande en proximidades del autódromo, donde construyó una casita y un ‘tata cuá’ que se convirtió en el lugar de encuentro de los domingos para continuar con el hábito y ejercicio de la amistad y también, en el ritual de la comida y el truco.

El lucimiento permanente era del maestro Kike Burlli por la elaboración culinaria y la elección de vinos, llenos de vida y aromas. Nuestros encuentros de las cuatro familias se interrumpieron cuando Ovidio ganó una beca de perfeccionamiento en la Universidad de Chile.
De él rescato una historia que no tiene parangón: para llegar a Chile en un día aprendió a manejar, se compró un Renault Gordini y emprendió viaje junto a su maravillosa esposa Pilar y su pequeña hija Piky. Cruzó la Cordillera de los Andes con un mapa viejo y desactualizado del ACA. Esa aventura fue imborrable para él, me decía “Julito a un correntino no hay cordillera que lo ataje“. Fue y vino en su Gordini. Cuando contaba ese viaje lo hacía con mucha emoción, como si hubiese hecho cumbre a 10.000 metros de altura.
Ovidio y yo nos mirábamos y sabíamos cada uno como actuar. Era un genio, de una inteligencia prodigiosa, de enorme creatividad y sensibilidad. Siempre le insistía que tenía que tocar la guitarra y componer letras de chamamé, su debilidad.

En su “lugar en el mundo”, un quincho maravilloso que construyó, tenía una foto emblema de su alma guaraní junto al Padre Zini que era lo primero que mostraba al entrar al lugar. Después de mucho insistir, se decidió y contrató un concertista de guitarra y a partir de entonces siempre andaba con su guitarra a cuesta. Al nacer mi primera nieta, la vasca María, le compuso un chamamé en guaraní. Cada vez que lo leo, no puedo contener alguna lágrima. Una de sus estrofas dice:
“Nadaikotevëi mba’ evéma ko yvyárí- Ya nada en el mundo deseo ferviente
Nd kunuumi che renygënguë—Tu inmensa ternura me llena hasta el fin
Anga ahata ne rupämi meve—Tan sólo me queda llegar a tu cuna
Ha chejyve ári apuraheita tororé rorë”—Y cantarte una nana de abuelo feliz.
Insisto, era un tipo súperinteligente, con una capacidad envidiable de retener conocimientos. Podía hablar de su profesión y otros temas como de historia, que le apasionaba. En una oportunidad invitamos a Lela Rodríguez y a Ernesto Maeder a una cena y ahí nos deleitamos con la sabiduría de este recordado gran historiador quien nos ofreció como en un viaje un recorrido de su memoria en relación a la importancia y el valor de las misiones jesuíticas y Ovidio con filo y pinceladas hizo su aporte de la cultura guaraní. En rigor, fue una velada enriquecedora. Ovidio era muy querido en todos los ámbitos que pisara por su sencillez y humildad que eran ciertas y sinceras, vivía en paz, consigo mismo y con los demás.

Aprendí mucho de su sabiduría, jamás le interesó tener prestigio y fama, para él y siempre lo hablábamos, era importante ser, sin afán de aparentar ni adoptar posturas falsas y artificiales. Jamás construía castillos en el aire, amaba la verdad. Recuerdo que muchas veces me dijo: “Julito, uno vale por lo que es”, sus ideas siempre se acentuaban en la realidad y su obsesión era tener la mente y el corazón limpio de segundas intenciones. Era un tipo para quien los valores y principios eran su piedra angular y esenciales” lo importante es ser mejor y vivir intensamente la libertad”. Ovidio amaba entrañablemente a sus hijas, su esposa y sus nietas y como todo ser humano y por esas cosas del corazón que a uno lo esclavizan, la luz de sus ojos eran Delfi, su locura y por la cual profesaba amor inconmensurable, y Cami, su primera nieta y “heredera”.
Sinceramente, con Ovidio nos unió una amistad fiel que perdurará por siempre. En mi mente están grabados sus cantos gozosos que le brotaban desde su corazón cariñoso y fraternal, como así los innumerables recuerdos de encuentros, de felicidad y alegría con la familia. Reconozco que caló hondo en mi ser, el día que el Consejo Profesional de Ciencias Económicas lo distinguió por sus 50 años de profesión y al obligarlo a decir algunas palabras fue de agradecimiento, en especial a su familia y a mí.
En verdad nos quisimos mucho y lo expreso con amor. Éramos amigos entrañables y los sentimientos no se pueden conocer sólo intelectualmente o racionalmente, se conocen y comprenden vivencialmente. Quedó trunco un asado a la estaca -que lo haría él por ser especialista en la materia- para celebrar su cumpleaños y el mío que, al complicarse su salud, lamentablemente no pudo ser. Mi amigo está en el cielo, a los grandes y virtuosos Dios los tiene junto a él y también estoy seguro que mientras esté vivo siempre me tirará una ‘soguita’ para que obre con inteligencia y sabiduría.
Me dejó una huella profunda y también, como hombre de fe, estoy seguro de que cuando me toque marchar, conforme la promesa del Dios de la esperanza -la resurrección de la carne- me voy a encontrar con mis padres y con mi querido amigo Ovidio. Amigo del alma te extraño y te quiero mucho. Una amistad fiel dura para la eternidad.










