Yolanda de Elizondo: maestra de raza y el nacimiento de su coro
Han pasado setenta y ocho años desde aquel atardecer del 31 de octubre de 1941, a las 18.30, cuando la sociedad de Resistencia se congregó en la sala del Cine Teatro Marconi, en la entonces llamada calle Tucumán.
Por María Rosa Marote

La convocatoria había surgido del Ateneo del Chaco y de la Escuela Normal Mixta “Sarmiento”. Los más añosos y memoriosos sabrán de estas instituciones; los más jóvenes, que son mayoría, no.
El Ateneo del Chaco había nacido en 1938 y reunía a personas con inquietudes en las distintas manifestaciones de la ciencia, del arte, de la cultura. El restaurante “Chanta Cuatro” era el lugar de la cita, para compartir saberes y generar acciones que, con el tiempo, fueron la base cultural de Resistencia, entonces casi una niña, o una adolescente, que vivía su medio siglo de vida. Varios de los congregados en el Ateneo debían su formación a la Escuela Normal, nacida en 1910, decana de la educación secundaria y del normalismo chaqueños.
Alrededor de 1930, el joven Juan Ramón Lestani, hijo de los friulanos fundadores, decía: “El Chaco sería una maravilla si sus hijos se detuvieran a pensar, a interesarse por resolver los problemas que afectan al Territorio”. Con el calor de esa idea, surgió primero la “Sociedad científica” y después, el 30 de agosto de 1938, en el salón del subsuelo del Hotel Savoy (hoy, Perón 330), el “Ateneo del Chaco”, “que aspira a ser la representación del espíritu en el plano artístico o científico” decía Gustavo A. Lagerheim, gobernador del Territorio.
Guido Miranda, en su “Fulgor del desierto verde”, destaca que “los fundadores del Ateneo aspiraban a que su esfuerzo fuera mantenido por la generación venidera”. Promovieron acciones tendientes a estimular el nacimiento cultural de la ciudad y, entre los dieciocho actos realizados a lo largo de 1941, figura el de auspiciar el primer concierto de la División Coral Mixta de la Escuela Normal “Sarmiento”, que había formado y dirigía la señora Yolanda Pereno de Elizondo, otra representante de los friulanos fundadores.
YOLANDA, LA MUJER QUE SUPO VER EL FUTURO

Lilia Yolanda no había sido una compañera más entre sus pares de la promoción 1923 de la Escuela Normal, que siempre la recordaron con simpatía y admiración. También se destacó entre sus colegas de la misma institución, a la que ingresó como docente en 1926.
En esos años, la enseñanza de música, como asignatura curricular, no respondía a esquemas pedagógicos ni estéticos claros ni definidos. Se reducía a un repertorio de canciones patrióticas, rudimentos de solfeo, biografías de músicos de la Europa lejana.
Sin duda, desde sus comienzos, la joven profesora buscó afanosamente un nuevo perfil para su asignatura: estrategias que le permitieran despertar la sensibilidad de los adolescentes y jóvenes y estimular los valores éticos y estéticos de la Música. Desarrolló un camino de profundo análisis, de reflexión, de búsqueda introspectiva de sus propias posibilidades, de observación de la realidad inmediata y de lo que aparecía más allá de lo personal y de lo institucional. Fue una visionaria: indagó su presente pero también se permitió soñar el futuro.
Los alumnos de la Escuela Normal representaban la estratificación socio-cultural de Resistencia. Algunos pocos recibían enseñanza de piano con profesores personales, “particulares”, como se los llamaba entonces, y leían las notas en el pentagrama. La mayoría, sólo disponía de rudimentos ofrecidos en el ciclo primario.
Dije que supo ver más allá de su realidad inmediata, en un tiempo en que las comunicaciones se reducían a pocos periódicos y alguna radio local. Pero buscó y supo de algunas experiencias ajenas y tuvo la inteligencia para seleccionarlas y elegirlas. Fue un proceso de meditación y de acción propias, cumplido con una actitud de autocrítica que la acompañó siempre y que le permitió crecer, crecer siempre, y alumbrar el camino: el del canto coral, al que vio y vivió, definitivamente, como un instrumento de unidad, de vivencia y consolidación de valores éticos y de goce estético.
La docencia alcanza uno de sus más preciados fines cuando gesta en el alumno el vínculo de pertenencia con la institución que lo alberga, el placer de la experiencia formativa compartida con sus pares, la necesidad de “permanecer”.
EL CORO COMIENZA A CANTAR SU HISTORIA
Hacia 1938, las ideas aparecían claras y Yolanda comenzó a formar un coro, que se llamó “División Coral Mixta”. La Escuela Normal no tuvo murallas y llegaron a los ensayos “los muchachos y chicas” que la profesora formaba también, en el Colegio Nacional, que se había fundado en 1932.
Seguramente, valoró la tarea conjunta que había conseguido con sus alumnos y quiso exponerlos a la consideración de la ciudad, casi una aldea, que vivía mansamente su orfandad musical. Pedro de OIazábal, médico consagrado a su profesión, era el presidente del Ateneo del Chaco. Pianista exquisito en sus momentos libres, espíritu sensible a las manifestaciones artísticas, integraba también el cuadro docente de la Escuela Normal y fue el vínculo que contribuyó a la convocatoria del 31 de octubre.
La invitación señalaba la cita. Además de los datos protocolares y la enunciación del programa, despiertan risueña ternura, los siguientes: “Platea pullman: 0.20 centavos. Socios: gratis. Platea alta: entrada libre”. “La sala ha sido cedida gentilmente por su propietario, Mario Conterno”. Y, también, lo que fue siempre la respetable y respetuosa exigencia: “No se permitirá la entrada a la sala durante la interpretación de las obras.”
A la hora señalada, cubrieron las tarimas del escenario veintiuna sopranos, una mezzo-soprano, veinticuatro contraltos, once tenores, nueve bajos. Frente a ellos, Yolanda. Desde entonces y para siempre, Beethoven acompañó todas las presentaciones del Coro, a través del inicial “Himno a la Creación”, provocando el clima de hondo lirismo que recorrería el resto del concierto.
El programa desarrollado constó de tres partes. La primera, además de la obra mencionada, el Preludio Nº 7, de Federico Chopin, “Crepuscular”, en versión coral de Alfredo Luis Schiuma, a cuatro voces. La segunda, obras del autor nacional Felipe Boero: “La media caña”, “El triunfo”, “La huella”, todas a cuatro voces; “Zamba de Vargas”, en versión coral de María Luisa Madariaga.
La tercera, también con obras de Felipe Boero, “Alborada” y “La flor del cardón”; “La criollita”, de Palacios; “Vidalita”, de Massa. Y culminó con el “Canto a la juventud”, cuya letra había sido escrita por el alumno César Lentati. En el piano, fueron acompañados por el Maestro Ángel Célega, que se desempeñaba como director musical del Ateneo.
Conviene señalar que los autores argentinos que figuran en el repertorio pertenecían a la generación de músicos que, como la señora Yolanda, compartían una misma vena sensible que enmarcaba el incipiente movimiento coral en diferentes rincones del país. Ninguno tan lejano de Buenos Aires como nuestro Chaco.
Esa tarde, en la historia de la cultura del Chaco empezó a escribirse una de las más brillantes páginas. Esa tarde, Yolanda de Elizondo levantó la bandera del canto coral, la misma que mantuvo, dignamente orgullosa, hasta el último día de su vida. Esa tarde empezó a germinar la semilla que diez años después sería el Coro Polifónico de Resistencia.
Guido Miranda, en la obra citada, señala que pertenecía a la primera promoción de estudiantes secundarios de la que la señora Yolanda fue profesora en 1927. Y agrega: “Tuvimos el privilegio de que estuviera con nosotros al cumplir el cincuentenario del egreso”.
Con emoción, Guido transcribe las palabras que en esa ocasión del reencuentro les dirigiera Yolanda: “Un maestro de raza nunca se jubila. Cuando la edad nos impone un descanso, los maestros nos alejamos del aula, pero no de la enseñanza: porque uno continúa, inevitablemente, transmitiendo conocimientos y experiencias al prójimo en otros ámbitos. Para el maestro de raza, esto constituye un mandato del corazón. Y mientras se enseña se aprende. Porque es enseñando como se aprende y dando como se recibe. Por eso los maestros de raza nunca se jubilan, ni mueren con las manos vacías”.
Creo que esos pensamientos formaron parte de la oración laica que la señora Yolanda llevó siempre prendida a su pensamiento y a su corazón. Toda su vida fue una conducta que respondió a ese ideario. Ello la convierte en una figura insustituible, un espíritu y un pensamiento que tuvimos la suerte de compartir y que merece nuestro recuerdo y permanente reconocimiento.











