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Pompeyo y la maldición de Lewuku

Llegar a Misión Nueva Pompeya no es fácil, allí la justicia queda lejos y llega tarde. Es posible intentarlo por la ruta Juana Azurduy, desde Juan José Castelli hacia el noroeste chaqueño. Texto de Elizabet Bergallo -Fotos de Walter Corvalán

Es posible intentarlo por la ruta Juana Azurduy, desde Juan José Castelli hacia el noroeste chaqueño. Un trayecto casi recto, abierto con filo perfecto y sin titubeos entre palosantales, algarrobales, vinales, cactus, tunas, quimilíes, cardos. A mitad de camino está Fuerte Esperanza, creado por decreto en 1978, “con el fin de propiciar el desarrollo de una vasta zona despoblada” (¿?). Lo que no lograron con soldados lo lograron con topadoras, la soja detrás de los antiguos habitantes de la tierra, sean indígenas o criollos. Algunos animalitos cruzan rápidamente la ruta, hasta un oso hormiguero, un tatú mulita muy de vez en cuando.

Si se desea acortar el camino, antes de llegar a Fuerte Esperanza se dobla hacia la derecha. En el kilómetro 82, la Juana Azurduy es atravesada por la ruta 82. Desde 2013 el tramo hacia el sur, hasta Pampa del Infierno, se llama “Madres de Plaza de Mayo”; hacia el norte, “Abuelas de Plaza de Mayo”. Si es posible sortear kilómetros de pozos, colchones de tierra o barro, empantanarse casi para siempre en días de tormenta, se arriba a lo que fue una antigua misión franciscana en 1901.

En la misión promovida por el gobierno nacional para la evangelización de indígenas hoy tiene una considerable población wichí y criolla, que por siglos fue invisible. Todavía lo es.

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En el cruce de las rutas, frente al cartel que dice “Abuelas de Plaza de Mayo”, el kiosco “Juancito” es una especie de panóptico de una calesita abierta de camiones transportando cadáveres de algarrobos centenarios en ritmo continuo. Día y noche. El escenario se repite en el noroeste chaqueño. Es una especie de circo romano de la destrucción, no importa si son reservas naturales, territorios indígenas, si con ello se destruyen las memorias, las posibilidades de sobrevivencia de cualquier especie que allí viva. Las consecuencias no son sólo locales. El hambre de lucro es tan colosal como las ganancias. Titubean algunos funcionarios, no importa de qué signo político.

De repente hay una parte del mundo que comienza a ser invisible.

La tierra en carne viva se evapora en remolinos o se abre en grietas como si fuera un gran panal incendiado. También la piel de hombres o mujeres, wichis y criollos, que deambulan como fantasmas envueltos en brumas de polvo. Algunos a caballo, gauchos, pequeños ganaderos con sus monturas y vestimentas que permanecen idénticas desde fines del siglo XIX, por tradiciones de elaboración familiar.

En el centro de Nueva Pompeya está el edificio de la antigua misión que se eleva hacia un alto y enorme campanario.

La evangelización tuvo un significado diferente para los primeros franciscanos, la hermana Guillermina, los hermanos maristas, la pastoral aborigen: se preocupan por los derechos de los otros, sean animados o inanimados, con una alegría desconcertante, también razonable indignación.

También llegaron otros, algunos funcionarios que se creen patrones por acumulación en años de obsecuencia. Hasta algún político de izquierda que imagina descender en helicóptero con el logo de un megaproyecto para impresionar, con algún fondo. Otros con otras creencias, cosmovisiones, saberes acuñados en siglos de colonización que al imponerlos matan, a su manera. Hay también rufianes de variado color y tamaño que van tras el tesoro de esta tierra: el algarrobo.

Nueva Pompeya, Comandancia Frías y Nueva Población se encuentran en territorio tradicional wichi. Hace 15 años que tres asociaciones comunitarias iniciaron una acción de amparo por deforestación ilegal. Los wichí -junto con los nivaclé, chulupi y chorotes- pertenecen a la familia lingüística mataguaya. A los tradicionales cazadores – recolectores el despojo territorial y la inserción en sistemas productivos como los ingenios azucareros de Salta y Jujuy, entre otros, alteraron significativamente su vida, redujeron sus lugares de caza y pesca, sus ciclos y rituales vitales.

En Nueva Pompeya hay unos 6.000 wichí y un territorio de 20.000 hectáreas jurídicamente propias. La deforestación ilegal llegó al corazón de su territorio; lugares lindantes con fuentes de agua, ríos y lagunas donde no sólo existe mayor biodiversidad allí están sus espacios culturales e históricos de mayor significación.

El Gran Chaco fue uno de los últimos espacios americanos en iniciar el proceso de destrucción de lo diferente, no sólo en relación a lo étnico. En el binomio malón - expedición fue encerrada la estrategia discursiva de la ocupación del suelo por parte del estado terrateniente moderno. Luego de Amazonía, la región chaqueña es la mayor área boscosa que queda en Abya Yala, con el único bosque seco subtropical existente y los pueblos cosmológicamente ligados a esa biodiversidad son los únicos que conocen sus secretos.

En los ecosistemas chaqueños ocurren procesos ecológicos irreemplazables: regulan temperaturas, ciclos de lluvias, reciclan los nutrientes del suelo, liberan oxígeno, previenen inundaciones y otros efectos a escalas mayores. Existe una fauna y flora única que posee mucho más valor en pie y viva, que extraída. Algunas especies tienen prioridad de conservación internacional (IUCN, www.redlist.org) o nacional como el caso de monumentos nacionales o provinciales, o especies citadas en libros científicos como el libro rojo de los mamíferos argentinos: el chancho quimilero, el pecarí labiado o maján, el tatú carreta. El proceso de colonización, las explotaciones forestal, azucarera, algodonera, ganadera y sojera, la concentración de la tierra paralela a los zarpazos de la soja transgénica y sus paquetes tecnológicos desde fines de los años noventa, su avance luego hacia el oeste chaqueño, provocaron efectos sociales y bioculturales en poblaciones y producciones.

De 1994 a 2007 el Chaco perdió el 80% de sus tierras fiscales la deforestación avanzó sobre El Impenetrable. Desde 2007 la Ley 26.331 de Presupuestos Mínimos (Ley Bonasso) representó un enorme avance para la protección de los bosques nativos, al entrelazar dimensiones ambientales, sociales, culturales, económicas. Sin embargo, los ordenamientos territoriales en el noroeste argentino mostraron la diversidad de criterios con los que se realizaron y la escasa o nula participación de pueblos originarios, comunidades criollas y campesinas.

La incorporación de estos actores resultó insuficiente y disímil entre las provincias a pesar del énfasis de la ley en este punto, lo señaló la Red Agroforestal y el Informe 2015 de Auditoría General de la Nación (AGN). También la necesidad de trabajar en relación con el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), a cargo del Relevamiento Territorial de Comunidades Indígenas (Ley 26.160), dado que la cuestión de los bosques nativos está vinculada estrechamente a los conflictos por la tenencia de la tierra.

En suma, la pérdida de bosques nativos en los últimos años se dio: por incumplimiento de la ley, deforestación de áreas en riesgo, escasos recursos financieros, falta de adhesión provincial y la contradicción no resuelta entre la ampliación de la frontera agrícola según cierto modelo unilineal y extractivo de desarrollo y el ordenamiento territorial de los bosques nativos con la participación real que exige la ley.

En junio del año 2017 la organización ambientalista Greenpeace presentó un informe en el que demuestra que durante los primeros seis meses del 2017 fueron desmontadas unas 45 mil hectáreas de bosques en el noroeste argentino: Salta, Santiago del Estero, Formosa y Chaco, de las cuales un 42 por ciento se produjo en regiones protegidas por la Ley de Bosques. Un año antes esta organización había presentado en el Congreso, junto a una diputada nacional, un Proyecto de Ley de Régimen Penal de Protección al Bosque Nativo . El proyecto establece una pena de 2 a 10 años de prisión a quien sin autorización ocasione intencionalmente el desmonte, incendio, cambio de uso de suelo o la destrucción de bosques nativos, “también penaliza (con cárcel de 2 a 6 años) a quien ayude a cometer esos delitos a través de la provisión de maquinaria o conocimiento técnico, académico o científico. Las penas se incrementan para el funcionario que forme parte del delito o autorice desmontes violando las normas vigentes. En estos casos se plantea la inhabilitación perpetua para desempeñarse en la función pública”.

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En Nueva Pompeya, si alguien pregunta a cualquier familia, cuatro o cinco de sus integrantes padecen Chagas. Un 69 por ciento de chagásicos registró el Instituto de Medicina Regional en esa localidades una de las zonas con mayor porcentaje de chagásicos reconocida oficialmente . Los sistemas naturales controlan el avance de enfermedades y plagas en el Gran Chaco, cuando aquéllos se desequilibran se produce el avance de enfermedades como Chagas y Leishmaniasis. Hay estudios que demuestran la relación entre enfermedades transmitidas por vectores y deforestación , la urbanización del Chagas es un ejemplo. Especies como el puma y yaguareté controlan la cantidad de otras especies que son portadoras de enfermedades, al desaparecer estos predadores topes aumenta la cantidad de fauna que las carga.

Un hawaye, chaman wichi que apenas habla castellano y que vive en un asentamiento no muy lejano a Nueva Pompeya, en zona rural, camina por una antigua senda (totuinek). Lo acompaño. Estas sendas conducen hacia lugares de agua, lagunas, esteros, donde habitan las entidades que protegen el agua (chelaj), donde se encuentra la miel y pueden mariscar el alimento, lograr algunos remedios del monte para la cura. Las mujeres también caminan kilómetros para buscar la chagua, obtener las tinturas de los frutos de algunos árboles para luego tejer las yicas, con delicadísimos diseños que preservan la memoria de su pueblo, diseños que hablan. Algunas son vendidas para comprar otras cosas. Piden permiso a los dueños o protectores del monte (tahyi) y del río (tewukw), es decir, a los ayudantes de Lewuku, entidad inmanente más importante en la cosmovisión wichi. De repente comienzo a tener cuidado, de mis propias pisadas, de elevar la voz, mientras un ser invisible le susurra a una semilla “vive”, “vive”. Tales seres pueden provocar que alguien se pierda en el monte, como etek-sayntaj -también dueño del monte, dicen- que puede seguir a la persona y golpearla con un garrote si corta una rama de más. Se lo reconoce porque tiene siempre avispas rondando su cabeza, es melero. Pero ojo, la maldición de Lewuku es terrible cuando la transgresión a un tabú del monte o del agua es muy grave. Puede afectar a la persona y a sus descendientes, a todo su entorno. Además de la pérdida del alma todo tipo de dolencias aguardan a quienes se atreven a la destrucción. No habrá hawaye que pueda salvarlos.

No solamente la biodiversidad de un territorio es impactada por la alteración de los bosques nativos, también lo son espacios y saberes, significaciones espirituales y materiales de esos espacios, memorias que los impregnan, los sentidos, los derechos que articulan una comunidad. También la gente se muere de tristeza cuando se desestructura su universo psicobiocultural por el vaciamiento de su territorio, el desplazamiento forzado, cuando voltean sus árboles sagrados, sus alimentos, sus medicinas, sus medios de vida. La aniquilación no es sólo física, se produce también con la ruptura de un orden simbólico pleno de significados con el cual se nombra y ordena el mundo. El ecocidio conlleva un genocidio silencioso y aparentemente invisible, salvo por la voz de las poblaciones que dignamente se atreven a reclamar en todas las instancias institucionales y legales para que alguien pare esto.

Los hawaye son personas que han recibidos dones y cuidan a su comunidad; pueden ponerse en contacto con las entidades que habitan el monte, el aire, el agua; pueden curar, leer los sueños, anticipar el futuro, pueden recuperar las almas perdidas y devolverlas a sus dueños.

“Los hawaye son gente que defiende el monte y ellos tienen contacto con los espíritus que nosotros no vemos, en cambio ellos sí ven. Hawaye es como un doctor que ayuda a su comunidad y, cuando hay una enfermedad, ellos curan. Si por ejemplo en los montes hay pocas frutas ellos se preocupan. Se juntan los curanderos para ver qué problema hay y después, cuando solucionan el problema dentro de dos días, tres días, una semana, ya viene de todo: el monte ya tiene miel, por ejemplo, los árboles la algarroba, nos dan muchas frutas y encima los frutos son muy sanos. ¿Por qué?, porque gracias hay abuelos, hay curanderos que defienden a su comunidad y también el monte, defiende su monte, y todo eso es la parte de la espiritualidad, de la cosmovisión. Ellos siempre me contaron” Qué pensaría el hawaye mientras mirábamos las antiguas sendas destruidas por las profundas huellas que dejan los camiones y acoplados en los que se llevan los algarrobos centenarios. Caminos de los mapas de la memoria hacia los lugares sagrados, sendas que transitan los niños que van a la escuela. Qué pensaría de los cementerios improvisados, playones en los que se acumulan los troncos de algarrobos para ser transportados. Con ellos se llevan no sólo el principal alimento, la bebida de sus rituales. Es uno de sus árboles sagrados. Qué pensaría de las medicinas, de los alimentos y artes que se destruyen con el arrastre de cadenas y troncos. Qué pensaría de los hermanos que traicionan a su pueblo firmando algún papel arrimado por algún empresario o funcionario con la promesa de alguna mejora, pero que termina significando el saqueo y la destrucción del territorio propio. Saqueo que parece imposible controlar o detener. Sobran amenazas. Qué pensaría del empresario o funcionario (¿lo dijo un técnico, un abogado?) que le dijo que ya no se usa más el monte, que hay que explotarlo, que es un recurso, que estamos en la era de la globalización.

Eso se lo dijo a él, a un hawaye antes de avanzar con sus máquinas de muerte sobre la memoria del agua de su tierra.

Nadie le pidió permiso, tampoco a los intermediarios de Lewuku.

Que llueva todo lo que tenga que llover hasta que se agote el agua del cielo, la memoria está escrita en el agua.

Nadie les pidió perdón.

Nadie pide perdón.

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