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La Historia del Chaco en su Protagonistas

Julio Cecilio Perrando (1880-1957)

Un hospital para la región 

   La colonia Resistencia surgió en medio de la más absoluta precariedad y casi en el abandono de las autoridades nacionales, a quienes correspondía actuar para superarla. Los inmigrantes que la poblarían, arribados a partir de 1878, carecieron de los más elementales enseres que posibilitarían el desarrollo de una vida normal.

Por María Cristina de Pompert de Valenzuela

     Y aunque poco a poco fueron accediendo a dichos elementos, el aspecto que más demoras evidenció, fue la asistencia sanitaria de la población. En ciertos períodos se pudo contar con profesionales de la ciudad de Corrientes, médicos y enfermeras, contratados por la Municipalidad, pero esta situación no era segura en cuanto a su regularidad y permanencia.

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     Más de dos décadas habían trascurrido desde el inicio del poblamiento, cuando esta cuestión halló un principio de solución. En 1904 llegaba a Resistencia con su flamante diploma de médico el Dr. Julio Cecilio Perrando, un joven de 24 años nacido en Buenos Aires. Arribaba con el objetivo de atender la salud de los soldados de una División de Caballería que permanecía en el lugar, y lo haría hasta 1911, cuando acabó la denominada conquista del Chaco. A ese efecto se debía considerar la posibilidad de establecer un Hospital Militar. Se lo había designado como Médico con el grado de Teniente 1° de Sanidad

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     Pero esta finalidad no habría de cumplirse, pues al año siguiente fue contratado por la comuna de la capital chaqueña y, ya en cumplimiento de sus funciones, gestionó ante el Gobernador, Martín Goitía, y por su intermedio ante las autoridades nacionales, la creación de un Hospital Regional. Los resultados logrados fueron ampliamente positivos y a pesar de las obligaciones inherentes a su cargo, continuó colaborando desinteresadamente con la atención de pacientes del llamado Hospital de la Caridad, creación de la Sociedad de Damas de Beneficencia que funcionó en un local cercano al sitio en el cual el Dr. estableció su domicilio.

El Hospital de Resistencia   

El 12 de diciembre de 1910 se inauguraba el primer pabellón del Hospital Regional en Resistencia. El edificio se hallaba junto a una laguna, luego del límite marcado por las avenidas de circunvalación que rodeaba las manzanas destinadas a pueblo. Estaba en las afueras de la ciudad, aunque hoy pareciera una parte misma de ella.

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     La parte inaugurada constaba de dos salas, una destinada a hombres y otra a mujeres, cada una con dieciséis camas. Asimismo, se ponían en marcha dos consultorios externos, debidamente equipados, que posibilitarían la atención de pacientes ambulatorios. Al inaugurar este servicio, el Dr. Perrando expresaba su más elocuente agradecimiento hacia las integrantes de la Sociedad de Damas de Beneficencia quienes unos meses antes le habían entregado la totalidad del instrumental y enseres que, con sus actividades benéficas,  lograron reunir para el funcionamiento del Hospital de Caridad. La mutua colaboración se extendería por mucho tiempo más

      El Dr. Perrando fue designado Director del nosocomio que se denominó inicialmente Hospital Regional Común. Poco después se nombraba a quienes serían sus primeros colaboradores, los doctores Pedro Olazábal, Abraham Zeida, Máximo Yáñez Calderón y Rouben Rovner. Se anexaron también las secciones de Odontología.y el Dispensario de lactantes

     El problema de la atención sanitaria de los habitantes de la colonia Resistencia iba comenzando a tener solución y también ocurría lo propio con personas del interior que podían trasladarse a la capital territoriana. Pero lo realizado resultaba insuficiente para una población que crecía permanentemente en cifras y en complejidades. Tal situación obligaría al Director a realizar los pedidos pertinentes a las autoridades nacionales para ir cubriendo las necesidades que surgían. Con cierta lentitud se fueron satisfaciendo sus requerimientos y hacia la década del treinta se contaba ya con cuatro pabellones.

 

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    El Dr. Perrando se destacó en la especialidad de ginecología y obstetricia. En esta área se caracterizó por brindar permanentemente a sus pacientes, además de la atención específica, las pautas necesarias para la crianza de sus hijos en cuanto a higiene, alimentación y cuidados en general.

      De esta manera  y como respuesta a su estilo sencillo y jovial, se ganó el respeto y cariño de todas sus pacientes Se afirma que como manifestación de gratitud muchas madres bautizaron a sus hijos con los nombres de Julia o Julio. En testimonios recibidos hallamos reiteradamente la idea de su amor por los niños, a quienes solía llevar de paseo en su automóvil

     Se desempeñó en el cargo hasta 1938, haciendo de la institución un modelo de organización y disciplina. Actuó frente a sus pacientes como un verdadero amigo, generando el respeto y ponderación de quienes requerían exclusivamente su atención.

     En 1940, desde la Capital Federal se calificaba de esta manera su labor al frente del Hospital: “…ha desarrollado una meritoria obra al llevar a este hospital a un grado de organización y eficiencia que hacen honor al Chaco, que tiene en este nosocomio un establecimiento modelo.” Respecto  del establecimiento hospitalario se destacaba la importancia y la eficiencia de los servicios que prestaba como resultado “de la obra tesonera y bien orientada  del Dr. Perrando…”.

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El chalet Perrando     

En la actualidad se lo recuerda con cierta frecuencia, a propósito del edificio que fue su casa, el cual fue restaurado, pues es considerado Patrimonio Histórico del Chaco. Sin embargo, a menudo no se tiene en cuenta el hecho de que el mencionado chalet es posterior y exactamente igual en su planta y caracteres edilicios, a otro que se halla en la manzana adyacente a sólo dos cuadras del lugar: la vivienda de la familia Rapaccioli

     Un testimonio brindado por un familiar que vivió en este último, nos explica el motivo de la semejanza. A comienzos de la década del veinte del pasado siglo, se instaló en Resistencia el arquitecto Bruno del Mónico, profesional que iría otorgando a la ciudad ciertos detalles de jerarquía con la construcción de algunas casas. El señor Adolfo Rapaccioli era un importante hacendado que encargó al arquitecto el proyecto y construcción de un chalet para su familia. El Dr. Perrando, amigo del propietario, quedó gratamente impresionado por el resultado obtenido, e invariablemente luego del habitual saludo decía “Adolfo, vendéme tu chalet”. Era una broma que en el fondo guardaba un ambicioso propósito, la construcción de la casa propia.

     No lo consiguió comprar, pero luego de mucho insistir, logró que su amigo le cediera los planos y otra documentación del proyecto, con el consentimiento de su autor. En el cuarto de manzana que le pertenecía, el médico hizo construir su chalet con materiales de más calidad en algunos aspectos, como tejas pizarra francesas en el techo, o mayólicas importadas en los sanitarios. Pero a la vista de los vecinos, ambos edificios lucían de manera similar.

     Cuando se produjo el fallecimiento de don Julio, en 1957, quedó viviendo en el chalet su hermano Raúl, también médico, pero muy diferente en su actuación profesional. A la muerte de éste, el matrimonio que lo atendía se hizo cargo de cuidar, dentro de sus posibilidades, el estado del edificio que fue deteriorándose en medio de pleitos judiciales que impedían otorgarle otro destino.

Otros aportes

     A su llegada el Dr. Perrando se integró rápidamente a la vida de la comunidad de la que participó en diversos aspectos, en tanto iba cimentándose su prestigio como profesional. Su espíritu solidario se inclinó hacia la atención de los más necesitados. Integró desde su arribo al Chaco, una Sociedad Protectora de Indios y por mucho tiempo continuó brindando su colaboración a la Sociedad de Damas de Beneficencia que sostenía un Hogar de Ancianos y un Asilo de Huérfanas

     Además, sin que fuera su obligación, realizaba periódicamente viajes hasta el puerto de Barranqueras, en donde, según testimonios recibidos, dejaba su auto estacionado y cruzaba en canoa el riacho para atender algunos enfermos que residían en la isla Santa Rosa. Se dice también que solía vérselo montado a caballo tratando de llegar a los sitios  en los que se hallaban sus pacientes.

      La sociedad resistenciana también lo tuvo como eficaz colaborador. Fue uno de los fundadores del Club Social y presidió, en sendas oportunidades, la Asociación Italiana y la Sociedad Rural del Chaco. No fue ajeno a la actividad política institucional, desempeñándose como miembro o presidiendo el Concejo Municipal de Resistencia, participando de la actividad de  la Asociación Patriótica del Chaco o como integrante de la Comisión Asesora del Gobernador José C. Castells.

     El pueblo chaqueño le rindió espontáneamente su homenaje. Antes de su deceso producido en 1957 ya se designaba con su nombre al hospital de Resistencia, local que en la actualidad muestra modernas ampliaciones en el aspecto edilicio y ya lleva oficialmente su nombre.