El impasse en la política exterior de Trump

Cuando el 10 de septiembre despidió a su secretario de Seguridad Nacional, John Bolton, Trump dijo a los periodistas que el exfuncionario “se había extralimitado” en su intervención en Venezuela, al alentar el fallido golpe de Estado del autoproclamado presidente Juan Guaidó en febrero de este año. Bolton también estaba en contra de las negociaciones de EEUU con los talibanes, que iban a ser coronadas con un encuentro en Camp David. No estaba solo en esto: el vicepresidente Mike Pence, que no simpatiza con el exsecretario de Seguridad Nacional, también se oponía a recibir a los “terroristas afganos”.
Por ello, muchos analistas consideraron que no era Bolton el único problema del escaso avance en la resolución de conflictos internacionales por parte de Washington, sino una grieta más generalizada al interior del gobierno Trump. La agencia Bloomberg informa que la intención declarada por el presidente de volver a la mesa de negociaciones con Teherán requería el despido de Bolton, principal estratega de la denuncia unilateral del acuerdo de control nuclear entre Teherán y las seis potencias globales.
La necesidad de encarar nuevas negociaciones con Teherán había sido planteada por China como uno de los requisitos básicos para iniciar sus propias eventuales negociaciones con EEUU. Y esto último es, por otro lado, un reclamo incesante de “los mercados”, desesperados por amortiguar la caída del comercio global, que anuncia otra nueva recesión mundial.
Este nuevo bandazo de la política exterior de la administración Trump preocupa a Benjamin Netanyahu, cuya impotencia en la formación de un gobierno lleva meses. Y ni hablar de Arabia Saudita, el otro aliado de hierro de EEUU en la región, antes empantanada en la guerra de Yemen y ahora acosada por sus consecuencias, cuya coalición recientemente fue abandonada por Emiratos Árabes Unidos.
Las que parecían inminentes negociaciones con la república islámica quedaron postergadas tras el sorpresivo impacto (físico, económico y político) del viernes pasado sobre las instalaciones de la petrolera saudita Aramco. El hecho ilustra la sustancia actual de las relaciones internacionales en el Golfo (y, en verdad, en todo el mundo): caos e indecisión. Los servicios de inteligencia de todas las partes no logran acordar si fueron drones o misiles, si vinieron del sur de Irak, de Yemen o de Irán.
Trump dice ahora que Venezuela necesita “ayuda humanitaria”, y hasta deja entender que podría reunirse con Maduro, aunque no podrá ser en la Asamblea General de Naciones Unidas, a la que el de Caracas anunció que no irá. Este cambio de posición respecto de uno de los principales focos de tensión en América Latina es una reacción ante el fracaso de la nueva “doctrina Monroe”: Washington no pudo consolidar un bloque de derecha en la región, que se consideraba casi hecho con el triunfo de Bolsonaro en 2018. Por el contrario, el supuesto bloque ya comienza a deteriorarse con la estrepitosa derrota de Mauricio Macri en la Argentina, el desprestigio de Juan Guaidó, fotografiado con narcos en Colombia, y la polémica mundial que envuelve a Jair Bolsonaro por su particular forma de cuidar la selva amazónica.
La falta de resultados concretos tras más de dos años de gobierno, y en el comienzo de la carrera electoral 2020, exasperan a Trump y fracturan su equipo de gobierno. No hay acuerdo sobre la dirección de la salida. Halcones y palomas aún no han terminado de saldar sus cuentas y todos los números están en el bolillero.
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