El peor escenario para la industria local
Tenía sólo 15 años, y un espíritu muy inquieto. Corría el año 1948 y comenzó a correr en bicicleta. Dos años más tarde, montó su propia bicicletería en Sáenz Peña. José Arnulfo Avalos, se convirtió así en el pionero de la industria de la bicicleta. En 1960 ya fabricaba cuadros para estos biciclos y siete años más tarde—cuenta su esposa Marta Aguilera, registró en la Cámara de la Industria Argentina la marca “Bicicletas Ariel”, que aún subsiste, como un puñado de industrias locales, a la crisis.
Antes
En la ciudad en la que hace décadas se fabricaron elementos para el puente General Belgrano que une Chaco con Corrientes, y en la que brilló la metalmecánica de la mano del algodón, hoy pareciera mostrar una realidad en la que se juegan las expresiones de deseos, los discursos y la fotografía de la única verdad: la realidad.

¿Por qué Sáenz Peña ha pasado de tener un floreciente centro industrial, con gran cantidad de mano de obra, a ser una ciudad que a pesar de haber logrado crecer en cuanto a infraestructura no logra tener una posición sólida respecto de su perfil agroindustrial? ¿Es la presión fiscal despiadada?, ¿es la falta de visión y de acompañamiento de los gobiernos?
Ingenio y creatividad
En la década de los ‘60, León Lew, ingeniero industrial, y Manfredo Pokorny, ingeniero mecánico, formaron en sociedad una industria metalúrgica a la que llamaron LePoMet. Hacían maquinas industriales y estructuras pesadas, con 90 empleados. Se fabricaron los cilindros metálicos para encausar el hormigón de los pilotes debajo del agua en la construcción del puente General Belgrano. A la fábrica local le encargaron el 30% de estos tubos con costura, con toda la estructura del encofrado hidráulico. Después, la firma saenzpeñense realizó algo similar para el puerto de aguas profundas de Puerto Madryn lo que les llevó más de 2 años de ir y venir. Allí, la participación fue mayoritaria, en el orden del 70 por ciento del entubado de los pilotines.
En esa época también funcionó El Algodonero (que luego pasó a llamarse Fachaco) con 280 empleados. Fabricaba herramientas agrícolas, que se vendían para todo el norte argentino y también exportaba a Paraguay y Bolivia.
Luego surgieron las metalúrgicas Fabre, Truscello, Kmetz, Dlecer Novotni, las fundiciones (con perfil siderúrgico) como Yarros, Botec y Derka.
Había dos fábricas de aceite, otra de jabón, dos de alimentos para ganado, tres tambos, siete desmotadoras, pero no pudieron resistir ni a la crisis de los 90, ni a la caída del área de siembra del algodón, principal actividad que generó una fuerte demanda de desmotadoras, maquinarias agrícolas y herramientas.
Sáenz Peña tuvo cuatro embotelladoras de vino. Una de ellas, Nofal, donde hoy está ubicado un supermercado mayorista sobre avenida 1. Recibía en tren, desde Mendoza, los vinos que venían hasta la estación ferroviaria para ser envasados aquí.
Otras metalúrgicas como Truscello (que logró incursionar muy fuerte en materia oleohidráulica), Segovia, Fabre y Yarros también tuvieron sus años gloriosos, como también Auros con su fábrica de montaje de máquinas cosechadoras y sembradoras la Sedicha.
La industria de frigorífica, tanto para ganado mayor como menor, tuvo su impronta. Tuvo dos grandes fábricas de bicicletas: La Veloz y Ariel. La última de éstas continúa aún.
Ante el gran surgimiento de industrias, en aquellos años muchos decían que cuando llegara el agua se daría un gran despegue definitivo.
Estamos con el gas natural a las puertas, y con el nuevo acueducto a las puertas también, en medio de una terrible situación económica y financiera del país, con cada vez más pobres y obreros sin trabajo, no obstante, nadie nos debe robar la esperanza ni tampoco la voluntad de lucha (con propuestas e ideas) para sacar una vez al país adelante, de la mano de su aparato productivo.










