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El titánico viaje que confirmó que la Tierra era redonda

En el quinto centenario de la primera circunnavegación del globo terráqueo, un viajero español visitó el estrecho que Magallanes para comprobar cuán dura fue aquella hazaña. Por Paco Nadal

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Punta Arenas y el estrecho de Magallanes. Shutterstock.

En muchas calles del centro de Punta Arenas hay instaladas cuerdas. Es para ayudarte a caminar los días en que el viento sopla fuerte. Que en estas latitudes extremas son casi todos. En días de 45 nudos, para doblar desde la plaza de Armas por la calle presidente Pedro Montt tengo que inclinarme hacia adelante cual hipotenusa de cartabón para que el huracán no me venza. Las banderas, los árboles de la plaza y los cables eléctricos se agitan mientras que allá, al final de la calle, el estrecho de Magallanes -que en este punto es tan ancho como un mar- aparece encrespado de remolinos níveos, que más parece un rebaño de ovejas al trote que la superficie marina. 

El barco en el que navego-Ventus Australis- necesitó dos remolcadores para amurarse al único pantalán del puerto en medio de semejante vendaval.

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El 'Ventus Australis' navega por el seno Agostini, con el glaciar Garibaldi al fondo. Foto de Paco Nadal.

¿Cómo pudieron atravesar estas complicadas aguas hace 500 años las tres naves de Fernando de Magallanes con aquellos rudimentarios aparejos? El 20 de septiembre de 1519 partía de Sanlúcar de Barrameda la expedición liderada por el portugués Fernando de Magallanes y patrocinada por la corona española -el joven Carlos I-, compuesta por cinco naves y un objetivo comercial: encontrar un paso por el sur del recién descubierto continente americano para llegar a las islas de las especias. El resultado de la aventura es de sobra conocido: solo una de las embarcaciones, La Victoria, y 18 de los 239 hombres que partieron lograron regresar a Sanlúcar salvos (que no sanos), tres años después.

Magallanes murió a manos de indígenas en la isla de Mactán (Filipinas) y al frente de la famélica expedición venía un piloto de Getaria llamado Juan Sebastián Elcano. Fueron los primeros hombres que circunnavegaron la tierra demostrando que en efecto vivíamos en un planeta redondo. El hito geográfico más famoso que nos legó aquella expedición fue el estrecho hoy llamado de Magallanes, el primer paso oceánico descubierto que comunicaba el Atlántico con el Pacífico. Una vía de agua trascendental para las comunicaciones futuras que, sin embargo, no era nada fácil de atravesar. Cualquier barco moderno puede salvar hoy sus 330 millas náuticas de longitud en menos de 24 horas. Pero Magallanes y su flota necesitaron 36 días. Durante siglos, bien conocido y cartografiado ya el estrecho, las naves de vela tardaban mucho más por la complejidad del escenario, por las dos angosturas que casi los estrangulan y por los fortísimos vientos que baten la zona. A García Jofré de Loayza le costó cuatro meses atravesarlo en 1526. Y el famoso capitán francés Louis Antoine de Bougainville, nada sospechoso de impericia marinera, necesitó 52 jornadas en 1767. Solo un marino lo hizo más rápido y ostentó el récord de la travesía hasta que se inventaron los barcos de vapor: Francis Drake -sir para unos; pirata para otros-, que en 1578 lo atravesó como el rayo en solo 16 días. Y es que la codicia por el oro ajeno daba alas a los corsarios.

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Canal de Beagle, en las cercanías de Ushuaia. Shutterstock.

Experiencia personal

Durante la primavera y el verano austral el crucero - expedición chileno Ventus Australis recorre la ruta Punta Arenas - Ushuaia y viceversa con 200 aventureros dispuestos a pagar una generosa cantidad por visitar parajes inmaculados, a los que no se puede acceder de otra manera que en barco. La última glaciación convirtió al extremo sur de América, lo que hoy conocemos como Tierra de Fuego, en un ‘laberinto’ de fiordos, senos sin salida, islas, recovecos y estrechos que aún hoy, vistos en el mapa, impresionan. De hecho, el capitán Adolfo Navarro enseña la carta náutica actual y evidencia que atinar a la primera con el paso y salir victorioso por el Pacífico es pura suerte. Podían haber estado 500 años dando bordos por esta maraña de canales sin haber encontrado aún la salida, como un buque fantasma errante. “Eran viajes largos, no tenían la tecnología que tenemos ahora, no podían navegar de noche y obviamente eran viajes lentos y pesados”, explica.

Entre los paralelos 53º y 55º, no hay tierra en estas latitudes tan meridionales en ningún otro continente. Por eso la presencia humana es mínima. Los antiguos habitantes de estas soledades -los ona, los yaganes, los alacalufes y los haush-, fueron exterminados sin piedad por europeos. Desde entonces Chile y Argentina se han aplicado en fundar poblaciones que colonicen su porción de tierra austral. Pero el clima pone freno a la expansión humana y, pese a esos intentos, Tierra del Fuego sigue siendo una de las últimas zonas impolutas del planeta, un santuario de vida animal que, pese a todas las agresiones del hombre, sigue su curso.

En realidad, los cruceros son una bicoca para mitómanos de la navegación. Tocan los tres pasos oceánicos (todos ellos en la Patagonia) que existen entre el Atlántico y el Pacífico al sur del canal de Panamá.

El estrecho de Magallanes fue el más utilizado para viajar de Europa a la costa oeste de América hasta la apertura del canal de Panamá. Tanto barco pasaba por allí, que Punta Arenas fue la ciudad más próspera y rica de la república de Chile, a la que llegó la luz eléctrica antes que a Santiago, la capital.

Otro punto es el canal de Beagle, más al sur que el de Magallanes, descubierto en 1826 por un bergantín británico, el HMS Beagle, enviado a la zona para cartografiar el laberinto de canales patagónicos a cuyo mando iba un capitán excepcional, Robert Fitz-Roy. Y como naturalista a bordo, un novato llamado Charles Darwin. ¿Les suena? La cartografía que hizo el Beagle de 1826 a 1835 fue tan exacta que aún hoy es la base de las cartas náuticas modernas. Y los estudios y observaciones de Darwin cimentaron su posterior teoría de la evolución de las especies, que cambiaría la historia de las ciencias naturales.

En el cruce de buena parte del canal de Beagle, el paisaje extasiante: enormes glaciares descienden de la cordillera Darwin: el Romanche, el Italia, el España, el Francia. Le llaman la avenida de los glaciares y es un espectáculo único en el mundo. La navegación termina (o empieza, según el sentido de la travesía) en Ushuaia, la ciudad grande más austral del mundo. Un asentamiento irreal creado por la Argentina para colonizar su porción de la Tierra de Fuego.

La pequeña misión que en 1870 fundó un pastor anglicano, Thomas Bridges, en una rada a la que los aborígenes yaganes llamaban “bahía que mira a poniente” hace tiempo que dejó de ser un puerto rebosante de naves y marinos en busca de aceite de ballena o de un viento de popa hacia el Pacífico. Hoy es una ciudad moderna, de más de 100.000 habitantes. Su población vive de la pesca, del comercio y cada vez más del turismo, pero sigue teniendo ese aire del far-west, de poblado crecido al amparo de alguna fiebre: la del oro, la de la caza de la ballena, la de la piel de foca o la de la promesa de un trabajo bien pagado. Entre las viviendas modernas del centro aún afloran, como islotes de la historia, pequeñas casitas de planta baja y vivos colores. Y cuando el sol asoma entre los nubarrones australes, sus policromías alegran la ciudad como si un niño hubiera dejado escapar un puñado de globos de colores. Lo mejor de Ushuaia es el soberbio paisaje de montañas con nieves casi perpetuas, glaciares y bosques que la rodea, buena parte de él protegido bajo la denominación Parque Nacional de Tierra de Fuego. El tercer paso es el más mítico: el cabo de Hornos. En 1616, dos navegantes holandeses pusieron proa más al sur del estrecho de Magallanes y vieron por fin dónde acababa el continente americano. Era una isla, protegida por un tremendo y negro paredón, a la que llamaron Hoorn, en honor de su localidad natal en el Ijselmeer holandés. La proverbial incapacidad para los idiomas de los españoles terminó transformando el topónimo en Hornos. Por supuesto, no hay puerto. Solo se puede descender a una playa de grandes piedras en lanchas neumáticas auxiliares (siempre que haga buen tiempo). Un monumento del albatros recuerda a los miles de marinos y tripulantes ahogados en sus aguas.

En la isla hay un faro y una estación meteorológica y mantenerlos es una responsabilidad que hace años recae en un marino chileno durante un año, incluida su familia. Sin tecnología, sin redes sociales, desconectados.

Del blog de viajes del diario El País de España.

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