La aventura de remar las aguas del Bermejo, de principio a fin, y en los 60
A más de medio siglo, Luis Allende describe una travesía inédita y cómo era un monte y fauna ya perdidos.
Un encuentro fortuito con originarios desnudos que pescaban a orillas del río y el avistaje de animales de enormes dimensiones en estado natural, son dos de las impresiones que trajo de una costa aún libre de extractivismos.

Con 79 años, Luis Allende, contó a NORTE parte de la experiencia que compartió con otros seis remeros durante unos 48 a 51 días, desde Salta hasta el Chaco. Provistos con equipos de campaña, rifles y kayaks individuales, cinco chaqueños y dos cordobeses se aventuraron con una empresa más azarosa que planificada.
Aunque las precisiones se le escapan, poco importa si Luis tenía 18 o 20 años, si el recorrido duró 48 o 51 días, el viaje que emprendieron fue de un riesgo enorme. Además Lucas Amaya -casado con una nieta- apunta que fue más o menos en 1959, porque en 1984 el Club Náutico reconoció a Allende con un certificado por cumplirse 25 años.

El plan original fue partir desde Orán (Salta) pero como el río estaba casi sin agua debieron trasladarse varios kilómetros al sur. Pasaron una semana en una escuela donde los lugareños los miraban como la rareza del lugar.
“Salimos a cien kilómetros, por el río jujeño de Lavayen, uno de los afluentes del Bermejo; pero todo está registrado en una carpeta que quedó en el club Yapú Guazú”, cuenta. Hasta allí viajaron en tren con los kayak y la mercadería para varias semanas. “No teníamos ni idea de los tiempos, éramos muy jóvenes”, sonríe.
“Vimos una lampalagua de unos siete metros, yacarés overos y negros de grandes dimensiones y guazunchitos que nos miraban desde la costa, todo era un paisaje increíble. Desde que abrieron tantos caminos en El Impenetrable, más la caza, fueron terminando con el monte”, lamenta.
Encuentro con indígenas desnudos, que estaban pescando surubíes en la costa
Luis cuenta a NORTE que después de remar todo el día, a veces por laberínticos senderos que los hicieron girar varias veces en círculos, cerca del mediodía se almorzaba lo que se cazó durante la siesta o la tarde anterior. Después retomaban la rutina y buscaban donde pernoctar.

En la dieta del campamento había de todo un poco; podían preparar desde torta frita hasta una sopa con la cabeza que les quedó de algún gran pescado. Si estaban de suerte asaban un ave o un carpincho joven, que sabe a lechón, cuenta. Sin mayores inconvenientes avanzaban durante las horas de sol para tener buena visibilidad y evitar ramas u otros objetos que podrían generarles retrasos.
Un episodio singular
En la región de El Impenetrable, en un tramo de unos 500 metros de barrancas, donde el eco de los sonidos engañaban el oído, oyeron varias voces. Pertenecían a unos ocho o diez hombres originarios de unos 20 a 30 años que pese a estar provistos con arcos y flechas huyeron al ver las embarcaciones y se mantuvieron escondidos entre los árboles mientras los expedicionarios permanecieron en la costa.
El más anciano, como de unos 60 años, se quedó a conversar con ellos. Había vivido en Resistencia y les contó que sus compañeros eran desconfiados sobre todo cuando los visitantes portaban armas, por más buenas intenciones que manifestaran.
A la espera de hojear el libro donde se registró todo el viaje
Durante un mes antes de viajar hacia el NOA cinco de los siete integrantes de la expedición pidieron a la comunidad una ayuda solidaria para equiparse. Mantuvieron un puesto en Barranqueras donde exhibían los kayak y se turnaban para contar su empresa. Mucha gente se interesó, aportó algo y les deseó éxito. Las repercusiones del emprendimiento atrajeron a los dos cordobeses que se sumaron a la aventura. Y el gobierno provincial también ‘les dio una mano’ con los pasajes en tren y una noche de hotel.
Luis recuerda que de los dos mayores uno tenía el apellido Speratti Piñero y “estudiaba si las tierras eran propicias para siembra”, y el otro era de origen gallego, de oficio letrista y que luego emprendió la conocida cabaña Don Julián, en Paso de la Patria. “También estaban uno de apellido Wainfeld y otro es Meyer, que vivía en Barranqueras”, recuerda.
Nacido y criado en Resistencia Luis pasó por varios trabajos. Fue fiambrero, vendedor de calzado y la mayor parte de su vida laboral se desempeñó como transportista. menciona que 20 años después trabajó en algunos puntos cercanos a la costa y vio cómo se iba despoblando el monte de quebrachos.
Ahora ya jubilado Luis espera reencontrarse con el registro escrito y con más de 300 fotos de aquel recorrido.
“Él es mi abuelo de corazón, en la familia queremos que la gente sepa que navegaron todo el rio, pasaron por El Impenetrable y varios lugares más hasta que llegaron al Club Náutico. Son muchas aventuras que emocionan cada vez que las cuenta, para mí algunos deben creer que está muerto después de tantos años”, resume Lucas.











