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El drama de los que sufren pobreza crónica

El acceso del sector más vulnerable de la población a servicios básicos de saneamiento, a un adecuado sistema de salud y al agua potable, son factores fundamentales para prevenir enfermedades y evitar muertes prematuras. Son prestaciones que no deben estar ausentes en ninguna agenda de políticas públicas. Sin embargo, casi el 70 por ciento de los argentinos que viven en un estado de pobreza crónica no tiene cloacas, según advierte un relevamiento realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo junto al Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento.

Según este relevamiento, un diez por ciento de los argentinos sobrevive, como puede, en ese segmento que tiene enormes dificultades para salir de la marginación y que sufre, muchas veces sin saberlo, lo que los especialistas llaman “transmisión intergeneracional de la pobreza”; es decir, aquella que condiciona enormemente a las familias más desposeídas, que forman hogares donde la falta de recursos (materiales, culturales y simbólicos) se hereda de padre a hijos. En esa porción de la población, sólo el 63 por ciento tiene baños con descargas. Además, casi el 70 por ciento tiene necesidades básicas insatisfechas en vivienda o educación. Para colmo, en los últimos años, de la mano de políticas de ajuste que impulsó el gobierno nacional se agravaron los niveles de desigualdad a lo largo y ancho del país. En ese sentido, puede afirmarse que en la medida en que se profundizaron las políticas de exclusión, lentamente fue desapareciendo la movilidad social de la Argentina. De hecho, así lo confirma un documento de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que señala que un niño que nace hoy en un hogar pobre de nuestro país tendrá enormes dificultades para poder torcer su destino. Según la OCDE, ese niño necesitaría al menos seis generaciones para mejorar sus condiciones de vida.

Siguiendo con el relevamiento realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en coordinación con el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), el informe con los resultados de ese sondeo señala que entre 2003 y 2018 todos los indicadores de la dimensión “características habitacionales” entre los pobres crónicos mostraron mejoras, pero la baja es menos pronunciada en el saneamiento: hay un 44 por ciento de los hogares que están dentro de la pobreza crónica que no tienen acceso a ningún servicio y la cifra no mostró cambios significativos entre 2013 y la actualidad. Estas familias que carecen de un bienestar integral están más expuestas a padecer déficits nutricionales y problemas de salud, dos flagelos que afectan especialmente a los más chicos. Se sabe que en el país la tasa de mortalidad infantil varía mucho según la región que se analice y, en ese sentido, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las provincias del norte han sido históricamente las dos caras de una misma moneda, siendo la primera la que mostró siempre uno de los índices más bajos del número de defunciones de niños en una población de cada mil nacimientos vivos registrados, durante el primer año de su vida.

En una visita que realizó el año pasado al país, el docente e investigador de la Universidad Federal de Río de Janeiro , el doctor Emerson Merhy, remarcó un concepto clave: “la enfermedad es un fenómeno social, no es un fenómeno biológico”. Con esta definición, el especialista, que lidera un grupo de profesionales que enmarcan su trabajo en lo que se denomina “salud colectiva”, remarcó en ese momento la importancia de abordar los problemas sanitarios de la población desde esta perspectiva que cuestiona el modelo centrado en la biomedicina, que conceptualiza la enfermedad como un fenómeno de carácter individual. Otros expertos coinciden en señalar que las familias de barrios o asentamientos donde se carece de agua potable, no existen las redes cloacales, donde la mayoría de las familias están sin trabajo y con niños indocumentados y sin escolarizar, padecen una situación colectiva con factores que agravan su vulnerabilidad frente a la aparición de enfermedades. Cuando una persona de estos grupos vulnerables se enferma, no se debe tanto a una situación individual, sino a que está inmerso en un entramado social injusto que, con la participación y el compromiso de todos los ciudadanos, debe transformarse para poder avanzar hacia un país con menos exclusión social.

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