La mayoría silenciosa
Según la Cámara Nacional Electoral en el padrón definitivo para estas elecciones, hay 32.821.697 electores y sólo uno de cada cuatro votantes está afiliado a un partido político. Y, además, no todos esos electores lo hicieron con su consentimiento. En total, según el organismo estatal encargado de llevar adelante estos datos, hay ocho millones de personas afiliadas a alguna institución partidaria. Esto implica el 25 por ciento del padrón, según consta en el Registro Nacional de Afiliados a Partidos Políticos.
Estos datos muestran a las claras que las elecciones no la definen los partidos políticos, sino esa enorme mayoría de 24 millones que no está afiliada a ninguna institución y que, en muchos casos, constituye una inmensa “mayoría silenciosa”. Esa mayoría silenciosa es un concepto de sociología y política y se refiere con él al conjunto de la población que no expresa su opinión en público. Y a ese “mayoría” es que debe dirigirse la prédica de los candidatos, que erróneamente se sienten halagados en actos a los que concurren sólo sus adictos.
Ese enorme grupo de personas está integrado por aquellos que no se movilizan para los actos públicos, que no llevan carteles ni pasacalles, ni pecheras ni uniformes en un derroche de cotillón, que tiene su costo. Que no es proclive al aplauso ni a recibir una paga para concurrir a cortes de rutas, calles u otras manifestaciones de protesta.
Esa mayoría silenciosa no es proclive a manifestarse porque le arreglan una calle, le asfaltan una avenida, le ponen una luz, refaccionan una escuela, una comisaría, un hospital y, no porque crean que no debe hacerse, sino porque sabe que quien lo hizo tiene la obligación de realizarlo, porque por eso llegó al poder y porque ese poder es servicio y deriva del voto popular, no por una virtud del que lo hace ya que se concreta con el dinero de todos.
Esa mayoría silenciosa es, en muchos casos, la que tiene la suerte de tener uno o más trabajos para poder subsistir o para progresar de a poco. Que usa el transporte público o se moviliza en una motocicleta, que manda sus hijos a la escuela pública y quiere que tengan clase todos los días y luego que ingresen en las universidades. Que funcionen las obras sociales y también los hospitales públicos. Que se ayude a las familias pobres y numerosas con asignaciones o aportes estatales, pero que no se alimenten vagos con pagas por trabajos que no hacen.
Mal panorama
El panorama que hoy se presenta ante la ciudadanía, gran parte en mayoría silenciosa, no es para nada alentador, al punto que los que se presentan para liderar y ocupar los cargos, son figuritas re-re-re- repetidas que pugnan por quedarse donde están, ocupar un estamento mayor o reciclarse en otro y, hasta, si fuera posible, ocupar más de un cargo, como los que se presentan en el orden nacional, pero aspiran también a algo en el orden provincial o municipal.
Resulta muy difícil a los ciudadanos no partidarios definirse por alguien que, por ejemplo, se presenta para ejercer el poder, pero que está pujando con gente de su mismo partido y de hecho ha convertido a su compañero de ideología en un adversario, cuando no en un enemigo, porque lo que quiere es el poder y no el bienestar de los demás.
Esto que parece, y es un despropósito, está pasando con el partido gobernante en el Chaco donde, por lo que se ve hasta ahora tendrán para la primera vuelta de gobernador no menos de cinco candidatos con la misma camiseta, algo que exime de todo comentario y alienta a los opositores a unirse para ser ellos los ganadores. Es cierto, todos los supuestos líderes, han llamado a la unidad, pero con una condición, que los demás se encolumnen detrás de ellos.
Voz y voto
Por todo esto es posible que esta vez la mayoría silenciosa tenga voz y voto y castigue a los que se pelean por el poder disfrazándose de servidores. Lo malo es que las alternativas no son superadoras, porque no aparecen líderes desinteresados, que sólo quieran el bienestar de todos, que entreguen todo por un tiempo y después dejen paso a nuevas generaciones que deberían estar preparándose en los partidos políticos y en las aulas de las facultades de Ciencias Políticas.
Los estudiosos de la política aseguran que la alternancia en el poder es una de las claves para el buen funcionamiento de la democracia. Donde hay dirigentes que se aferran al poder y familias que instauran un feudo, evidentemente no surgen nuevos liderazgos, o porque la gente se siente cómoda o porque se hace todo lo posible para que otros no intenten presentarse como candidatos.
La demasiada continuidad en el poder apoltrona, aunque se diga todo lo contrario, y hay jefes que actúan más como dueños de estancia que como factores de progreso y promoción humana. Hay dirigentes que ante las trampas que les tienden se desaniman y en muchos casos terminan por aliarse para vivir tranquilos.










