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La memoria de Napalpí

La masacre de Napalpí, como se conoce a la matanza de pobladores indígenas de las etnias qom y moqoit que en julio de 1924 desafiaron a los poderosos de turno y denunciaron el maltrato y la explotación que padecían en manos de quienes se habían apropiado de sus tierras, se resiste a quedar en el olvido. Hoy, a 95 años de aquella jornada que mostró el lado más inhumano de quienes, en nombre de una supuesta “civilización”, no dudaron en consumar uno de los crímenes más sangrientos de la historia argentina, la memoria de las víctimas y el pedido de justicia deben seguir más vigentes que nunca.

Los testimonios de los que sobrevivieron a esta matanza confirmaron que aquella mañana trágica unas 700 personas, entre las que se cuentan niños, mujeres y ancianos pertenecientes a pueblos indígenas y campesinos criollos indefensos que vivían en la, por entonces, llamada Reducción de Napalpí, cayeron bajo los disparos efectuados por efectivos de la Policía de Territorios, de Gendarmería Nacional y civiles armados que llegaron al lugar con la misión de acallar los reclamos y denuncias de los pobladores indígenas que sufrían condiciones de trabajo indignas en los campos de producción algodonera y explotación forestal. Los relatos de sobrevivientes, como Melitona Enrique, Pedro Balquinta y Rosa Grillo, que salieron a la luz hace pocos años después de un largo y doloroso silencio, hacen referencia también a un avión que sobrevoló la zona esa mañana y que, por lo inusual del hecho, llamó la atención de los pobladores.

Fernando Centeno gobernaba lo que entonces era Territorio Nacional del Chaco cuando ocurrió la matanza. Marcelo Torcuato de Alvear ejercía la presidencia de la Nación. El gobernador Centeno, aseguran algunos historiadores, había sido educado en París; la misma ciudad que Alvear (que se desempeñó como embajador argentino en Francia antes de ser presidente) había elegido para pasar buena parte de su vida. No es descabellado afirmar, entonces, que la cosmovisión de ambos tenía en común un fuerte componente del etnocentrismo europeo, que encontró en el lema “civilización o barbarie” su máxima expresión.

En un artículo escrito por María Caridad Bonavida Foschiatti, del Área de Investigaciones Históricas Museo Ichoalay, publicado hace pocos días en este matutino con motivo de cumplirse un nuevo aniversario de la Masacre de Napalpí, la investigadora observa, en relación a esa matanza, que el 19 de julio “el avión Chaco II del Aero Club Chaco sobrevoló la zona para divisar el lugar exacto en el que se encontraban; Centeno, con 130 hombres, civiles y pertenecientes a las fuerzas, masacraron indiscriminadamente a hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos y ancianas, los torturaron y vejaron. Mutilaron sus cuerpos, los enterraron en fosas comunes y a otros los incineraron; los cuerpos de los líderes fueron exhibidos públicamente como escarmiento, con el objetivo de extender el terror. Se intentó borrar toda huella, no solo con persecuciones a los sobrevivientes, que se extendieron hasta el mes de septiembre, sino custodiando la zona, prohibiendo a los indígenas enterrar a sus muertos”.

Esta brutal forma de proceder no fue una excepción, sino que formó parte del proceso de conformación del Estado nacional que se apoyó en campañas hostiles hacia los pueblos originarios que tuvieron lugar en las tierras que eran ocupadas por las distintas etnias, a lo largo y ancho del territorio argentino, y en ese sentido, puede citarse también a la Masacre de Rincón Bomba, ocurrida el 10 de octubre de 1947 en un paraje cercano a la localidad de Las Lomitas, en Formosa, donde fueron fusilados niños, mujeres, ancianos y hombres del pueblo pilagá.

De esa manera, la República Argentina fue asentando la construcción del Estado nación sobre la base de la invisibilización y negación de las raíces americanas.

En ese contexto se dio la prohibición que el gobernador Centeno impuso en 1924 a miembros de la comunidad qom y moqoit, para que no salieran del territorio chaqueño en busca de salarios apenas un poco mejores, como prometía la zafra de los ingenios azucareros en otras provincias, pese a que allí el maltrato y la explotación de los trabajadores también estaba presente.

En 2008 el Estado chaqueño pidió perdón por la matanza de Napalpí. Una ley provincial, que está vigente, declaró al 19 de julio como “Día de los Derechos de los Pueblos Originarios del Chaco”, iniciándose así el camino que debe conducir a mantener viva la memoria de las víctimas y a una verdadera reparación histórica de las comunidades indígenas de la provincia.

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