Las reacciones xenófobas contra los inmigrantes
La dura política migratoria del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a poner en foco al fenómeno de los grupos humanos que abandonan sus países para intentar a ingresar a otros en busca de una vida mejor. Las redadas contra inmigrantes que ordenó el polémico mandatario estadounidense generó en las últimas horas una fuerte controversia dentro del país del norte y, a la vez, reavivó el debate sobre cómo deben resolverse las tensiones provocadas por los flujos migratorios masivos.
Los movimientos migratorios no son, por supuesto, un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia de la humanidad han existido corrientes migratorias con características e intensidades diferentes pero que, en términos generales, siempre han obedecido a un puñado de causas (guerras, conflictos, persecuciones, sequías, hambrunas y pobreza). Según datos de la Organización de Naciones Unidas, en el mundo actualmente hay cerca de 240 millones de personas que llevan más de un año viviendo fuera de sus países de origen. Expertos del organismo multilateral explican que esta cifra incluye a personas que solicitaron asilo, refugiados y a quienes van a países con economías más prósperas y estables en busca de mejores oportunidades de vida y trabajo, independientemente de que haya cruzado la frontera, en forma legal o ilegal.
Según la ONU, casi la mitad de todos los migrantes internacionales vive en solamente diez países, pero el mayor número reside en Estados Unidos, donde la cifra ronda los 46 millones de personas. En Europa, en tanto, los que tienen el mayor número de migrantes son Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. También estas naciones deben hacer frente a tensiones generadas la llegada masiva de migrantes (en el caso Italia debe mencionarse el conflicto con los migrantes africanos que llegan a la isla de Lampedusa, por ejemplo), aunque ninguna de ellas ha adoptado medidas tan polémicas como las que tomó la administración Trump en Estados Unidos, como la separación de familias, centros de detenciones, en condiciones deplorables, donde son alojados niños migrantes, y en las últimas horas redadas masivas para detener a indocumentados que han provocado miedo y angustia en miles de familias. Quienes se oponen a estas políticas sostienen que, además de ser inhumanas, no lograrán resolver la cuestión de fondo. En ese sentido, advierten que el muro que se levanta en la frontera con México tampoco logrará su objetivo de disuadir a las personas que intentan ingresar en forma ilegal a suelo estadounidense, ya que en este tiempo que lleva su construcción, se ha extendido la idea entre muchos migrantes de que el ingreso debe darse “ahora o nunca”, es decir antes de que se bloquee toda la frontera, si es que eso es materialmente posible.
El problema con Trump es que, para llevar agua a su molino electoral, no ha dudado en estigmatizar a los migrantes. El año pasado, por ejemplo, llamó “delincuentes” a los que marchaban en una penosa caravana desde Honduras, un país que junto con El Salvador ostenta las tasas de homicidios más altas del planeta, según datos de la ONU. Antes, durante la campaña por la presidencia tildó de “criminales” y “violadores” a los migrantes mexicanos, la inmensa mayoría de los cuales viven y trabajan en forma digna en los Estados Unidos. Pero Trump, contrariamente a lo que se pueda pensar, no improvisa. Sus palabras forman parte de una estrategia discursiva xenófoba que exacerba sentimientos nacionalistas de no pocos ciudadanos que necesitan encontrar un chivo expiatorio para las frustraciones colectivas. No es casual que a partir del discurso racista y xenófobo de Trump se hayan multiplicado en los últimos años los ataques contra inmigrantes dentro de Estados Unidos. Pero el fenómeno más llamativo, que es digno de un estudio en profundidad, es el apoyo que recibe el endurecimiento de las políticas antiinmigratorias por parte de estadounidenses que, paradójicamente, son hijos de migrantes. Es de esperar que el mal ejemplo de Trump no sea imitado por dirigentes políticos de otras naciones donde algunos sectores alimentan los prejuicios raciales y étnicos latentes. Frente a estas amenazas, se impone la necesidad de promover una ciudadanía que comprenda la importancia de la convivencia pacífica, de no tener miedo al otro, sobre todo si ese otro es inmigrante, pertenece a una minoría o a un grupo vulnerable.










