El helicóptero argentino
La imagen de aquel helicóptero despegando desde los techos de la Casa Rosada, con Fernando de la Rúa a bordo, es una de las más dramáticas de la historia argentina.
Exponía, en el contexto de un país convulsionado que acumulaba casi cuarenta muertos en las calles, un nuevo fracaso del sistema político, para el que confluyeron la incapacidad y la obcecación del presidente radical y la ambición caníbal de referentes de la oposición peronista y del propio oficialismo. Un helicóptero que recordaba al que se llevó en el ‘76 (con otro contexto) a Isabel Perón, y que bien podría haber cargado también a Yrigoyen en el ‘30, a Perón en el ‘55, a Frondizi en el ‘62, a Illia en el ‘66. Una aeronave que la militancia ultrakirchnerista dibujó en sus pancartas cada vez que sintió que el gobierno de Macri tambaleaba, como si sus activistas no supieran de historia o como si, conociéndola, les importaran más sus odios que la democracia.
Diciembre de 2001 fue el comienzo de un nuevo proceso, inédito en la vida institucional nacional, donde una sucesión insólita de presidencias interinas terminó descargando sobre la población un ajuste peor que el que intentaba aplicar De la Rúa, pero esta vez impuesto no por una política gubernamental controlada sino por la insostenibilidad de las variables económicas previas.
La esperanza
De la Rúa había llegado al poder catalizando el hartazgo de buena parte de la ciudadanía con Carlos Menem, desgastado por una sucesión inacabable de escándalos de corrupción que había comenzado con las condiciones absolutamente desfavorables para los intereses del Estado con las que había entregado a grupos privados las empresas públicas estratégicas, un tercio de la red de rutas nacionales y la recaudación previsional.
Ya con buena parte de esas manchas encima, Menem no había tenido dificultades para lograr su reelección en 1995, porque a la moral del votante argentino promedio le importa su bolsillo más que cualquier otra cosa. Por eso, recién en 1999, cuando a los latrocinios del menemismo se sumaron un incremento constante de los niveles de desempleo y una fuerte recesión, el electorado consideró que era tiempo de retirarle su apoyo.
Sin embargo, había un mandato social muy fuerte a favor del mantenimiento de la convertibilidad y su mágica ecuación de base: un peso igual a un dólar. Tanto De la Rúa como su contrincante justicialista, Eduardo Duhalde, llenaron la campaña de juramentos en contra de cualquier variación en el tipo de cambio.
El dilema del nuevo gobierno era grande. El uno a uno era un obstáculo insalvable para la competitividad internacional de los sectores exportadores, pero salir de la convertibilidad era generar un altísimo costo político y social difícil de medir anticipadamente. Para empezar, nadie sabía exactamente cuál era el atraso cambiario real. ¿Un 20 por ciento? ¿Más? ¿Menos? ¿Cuánto subirían los precios internos luego de una devaluación? ¿Cómo se resolvería la infinidad de conflictos que estallarían, a partir del nuevo escenario, con los contratos en dólares que llenaban la vida económica del país?
Los niveles de endeudamiento dejados por el menemismo eran otro frente inflamable, que combinados con el escaso ingreso de divisas, el invierno económico, el aumento de los índices de pobreza, el avance de la desocupación y el enorme déficit fiscal completaban un tablero en el que el gobierno estaba en jaque.

La frustración
De la Rúa parecía no estar a la altura de las circunstancias, como si no tomara real noción del callejón sin salida sobre el que iba caminando. Frente a él, el peronismo volvía a ser ese tiburón con capacidad inigualable para oler sangre bajo el agua, como ya lo había demostrado en la crisis que en 1989 liquidó al gobierno de Raúl Alfonsín. Y, como si eso no bastara, dentro de la propia UCR iban soltándole la mano al presidente varios de sus legisladores y referentes. Si hasta el propio Alfonsín era incapaz de sentir empatía por ese hombre acorralado, ¿qué podía pedírsele al resto?
Por supuesto que el propio jefe de Estado hacía su aporte para que la tormenta fuese perfecta. Sus ministros de Economía no habían logrado conjurar las amenazas. Cualquier intento de ajuste dejaba al gobierno cada vez con menos sostenes. El PJ, tan lejos de la autocrítica entonces como ahora, planteaba que la crisis era exclusiva responsabilidad de la administración radical, no el tramo final de un derrumbe iniciado muchos años antes. Como brazo habitual de esas estrategias de demolición, el sindicalismo peronista estaba tan activo como siempre que hay alguien de otro signo político en la Rosada. La CGT le hizo cuatro paros generales a De la Rúa en sus dos años y diez días de gestión. A Duhalde, en el año y medio siguiente, no le hizo ninguno, pese a que con él llegó la parte más cruda del estallido económico.
El epílogo
Ya cerca del final, y advertido por sus últimos leales sobre la gravedad del cuadro que se vivía en todo el territorio nacional, el presidente veía en los noticieros el cotidiano desfile de ahorristas afectados por el “corralito” (medida del superministro Domingo Cavallo, increíblemente reciclado por De la Rúa) y de desocupados reclamando ayuda social.
El presidente, escuchando algunos consejos de quienes creían que todavía era posible evitar la catástrofe definitiva, jugó una carta que creyó que iba a impactar muy positivamente en el ambiente político y en la opinión pública: intentó sumar al peronismo a un “gobierno de unidad nacional” que permitiera hacer frente a la situación en otras condiciones.
Pero la propuesta no tuvo eco ni en el justicialismo ni en los sectores radicales que ya veían a De la Rúa como una figura liquidada con la que no convenía tener fotos en común. Como el “blindaje” financiero, el megacanje de deuda y otros anuncios que buscaron recomponer la gestión, el llamado a una administración política compartida fue otro niño más que nació muerto. El presidente asumía su circunstancia: estaba solo. Los demás hacían su juego y analizaban de qué manera podían capitalizar la inminente caída del gobierno o sufrir los menores daños, según de qué actores se hablara y de dónde tuvieran plantados sus pies.
En ese punto de nuestra historia, posiblemente lo más digno de aquel líder inverosímil -que dedicó toda su vida política a construir lo que acabaría exterminándolo- fue su decisión de renunciar. Su partida en aquel helicóptero inolvidable hizo que en pocos minutos se despejara de Plaza de Mayo el infierno de humo, gente y balas que toda la nación veía en las pantallas de la TV, y que se frenara al fin el conteo de víctimas fatales.
¿Un tiempo distinto?
Pasaron casi dieciocho años desde aquello. Desde los tiempos cuando el “que se vayan todos” hizo que legisladores aterrorizados votaran leyes de transparencia, ética pública y austeridad política que nunca antes hubiesen votado. Las mismas que hoy se violan prolijamente, por ejemplo con rendiciones de gastos de campaña irreales, que burlan el más mínimo análisis pero no generan consecuencia alguna.
¿Aprendimos algo de 2001? Es difícil saberlo. Quizás, al menos en alguna franja de la sociedad, haya una mayor valoración de lo institucional. Si hoy Mauricio Macri conserva chances pequeñas o grandes- de ser reelecto seguramente no es por el perfil de su gestión, que rebajó el valor real de los salarios e incrementó los índices de desempleo y pobreza, sino por la decidida resistencia de muchos argentinos al regreso de un kirchnerismo que, lejos de haber revisado su discurso y su praxis autoritarios e intolerantes, despliega un asombroso cóctel de ideas para un eventual nuevo mandato: “derogación” del Poder Judicial (si a esto lo expresan los “intelectuales” K, ¿qué habrá que esperar de quienes jamás tuvieron la suerte de tocar un libro?), un manual de estilo sobre cómo “robar con códigos”, la “Conadep para periodistas” y el intento permanente de presentar como persecución política la serie de juicios que desentrañan un sistema armado con toda premeditación para robarle fortunas al Estado, entre otros postulados de la colección de Herminios Iglesias contemporáneos.
Es, posiblemente, un conjunto de hombres y mujeres que también decidió despertarse de la fantasía del “país rico condenado a un futuro de grandeza”; que se cansó del “roban pero hacen”; que advierte que para el mundo no somos unos extravagantes encantadores sino unos eternos adolescentes insoportables que se esmeran en tropezar una y otra vez con la misma piedra.
Gente que está dispuesta a sacrificar el presente por un mañana distinto, que en el fondo sabe que ninguna receta fácil debe ser verdadera, y cuya pesadilla principal es que todo su esfuerzo sea apenas el botín de una nueva camada de bandidos, distinta de la anterior en el signo político y en las formas, pero idéntica en los fines.
Muchos de ellos deben lamentar que habiendo pasado ya una buena cantidad de años desde aquel diciembre fatídico, no hayan surgido liderazgos sanos, plurales de verdad (no la pluralidad trucha de quien en el fondo sólo admite la obsecuencia), capaces de integrar en lugar de apostar a la polarización de los odiadores.
Soñar con todo eso no debería ser una locura. Más loco, en cualquier caso, es todo lo que hemos vivido hasta aquí.










