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El futuro incierto de Venezuela

El largo camino que llevó a Venezuela a convertirse en un país con una economía colapsada, a pesar de tener una de las mayores reservas de petróleo del mundo, será seguramente motivo de estudio de historiadores y economistas.

Si se buscan en la historia reciente situaciones similares a la que padece el país caribeño, solo unas pocas naciones del mundo tienen el triste privilegio de exhibir una tragedia parecida, aunque en esos pocos casos el sufrimiento de la población se explica por el daño provocado por prolongadas guerras civiles.

En una nota publicada por el diario The New York Times, el economista e investigador de la Universidad de Harvard, Kenneth Rogoff, dijo hace pocos días que resulta difícil encontrar una tragedia humana de la magnitud que ha alcanzado Venezuela, a no ser que se trate del resultado de una guerra civil. En el mismo periódico, el periodista ruso Anatoly Kurmanaev, coincide en señalar que el país caribeño enfrenta el mayor colapso económico no provocado por una guerra civil en, al menos, los últimos 45 años. Para colmo, las esperanzas que habían generado los encuentros entre representantes del gobierno de Nicolás Maduro y de la oposición celebrados esta semana en Oslo, Noruega, se diluyeron tras las declaraciones formuladas por seguidores del autoproclamado presidente interino Juan Guaidó que aseguraron que esas reuniones concluyeron sin un acuerdo. Sin avances en las conversaciones, el futuro de Venezuela sigue siendo incierto, mientras millones de personas sufren las consecuencias de una hiperinflación, la falta de alimentos y medicamentos esenciales.

El gobierno de Maduro, sin autocríticas, atribuye todos los males a la injerencia de los Estados Unidos, más precisamente de la administración Trump, en sus asuntos internos; y si bien la potencia regional ha jugado sus cartas a favor de la oposición liderada por Guaidó, no es menos cierto que el sucesor de Hugo Chávez ha cometido gruesos errores que agravaron aún más la crisis política, económica y humanitaria que obligó a más de 3 millones de venezolanos a abandonar sus hogares, apenas con lo puesto, para iniciar una dura marcha hacia otros países en busca de mejores condiciones de vida. Según estimaciones de la Agencia de la ONU para los Refugiados, entre 3.000 y 5.000 personas se suman cada día al éxodo y cruzan las fronteras de Venezuela con países limítrofes, generando la crisis de refugiados más grande de la que se tiene registro en la historia de la región. Ante este dramático escenario, el organismo internacional solicitó a la comunidad internacional que se considere esta situación de excepción para los venezolanos, y que independientemente de cuál sea su situación legal, no sean deportados o forzados a regresar. Colombia, que es uno de los países que sintió con más fuerza el impacto de esa migración forzada, anunció que los alimentos, medicinas y otros productos que permanecen almacenados desde febrero en la ciudad fronteriza de Cúcuta, por la imposibilidad de ingresar a Venezuela, serán repartidos entre migrantes venezolanos refugiados en suelo colombiano. Quienes por distintos motivos quedaron en sus hogares viven por estas horas una situación límite, con el temor de que se produzcan nuevos apagones, como los que en marzo pasado dejaron a buena parte del país sin suministro de electricidad, obligando a suspender clases y actividades laborales tanto en Caracas como en otros grandes centros urbanos. En esa oportunidad, otra vez hubo acusaciones cruzadas entre el gobierno y la oposición: desde el Palacio de Miraflores se responsabilizó a sectores de la oposición de estar detrás de los cortes de energía, mientras que los críticos de Maduro culparon a la empresa estatal de energía de los fallos, señalando que a esa situación se llegó luego de varios años de falta de mantenimiento de las redes eléctricas y de la corrupción en esa compañía. Como si esto fuera poco, el gobierno de Donald Trump decidió sostener duras sanciones para tratar de obligar a Maduro que abandone el poder. Medidas como la prohibición estadounidense al comercio de bonos venezolanos y sanciones contra la petrolera estatal de Venezuela no hicieron más que agravar la crisis, fundamentalmente por la abrupta caída que experimenta la producción de crudo venezolano y el impacto directo que este desplome tiene sobre la economía del país caribeño.

Resulta difícil por estas horas predecir cómo terminará la crisis venezolana. Es de esperar que tanto el gobierno como la oposición dejen sus ambiciones de lado y se dispongan a aceptar una nueva ronda de diálogo a fin de permitir que vuelva la paz y tranquilidad para millones de venezolanos.

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