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Argentina: tierra arrasada, un pueblo sin bendición

El concepto de “tierra arrasada”, se refiere a la antiquísima táctica militar que consistía en destruir todo, arrasando la tierra con fuego para no dejarle nada útil al enemigo, sean estos cultivos, animales, casas o armas. En la biblia también se utiliza este concepto pero con la idea de que en un momento dado, Dios retira su bendición al pueblo. En efecto, Dios, cansado de esperar que el pueblo produzca frutos buenos, le retira su bendición.

La bendición de Dios es su protección que salvaguarda y protege al pueblo de sufrimientos. Dios persiste en darle continuamente esa bendición al pueblo, hasta que, según nos relata el profeta Isaías, la rebeldía y la corrupción moral del pueblo se vuelven tan insoportables, que Dios decide apartarse de él. ¿No habrá Dios retirado su bendición a la Argentina? Nuestro país es realmente, como posibilidad, un viñedo que sobreabundaría en uvas dulces, pero lamentablemente la corrupción moral de líderes y ciudadanos ha transformado la viña en un lagar de frutos amargos.

Cuando escuchamos el discurso de nuestros líderes y nos percatamos del grado obsceno de corrupción e impunidad en el que viven, nos preguntamos: ¿No nos habrá quitado Dios su bendición harto de tanta inmoralidad y de tantas mentiras? Nos dan cifras de porcentajes de pobres y de desocupación, cifras de inflación y de riesgo país ¿saben qué? eso significa sufrimiento y muerte, detrás de esos datos hay niños, ancianos, adolescentes y jóvenes a los que se los va matando poco a poco. Muchos de ellos en efecto mueren fruto del pecado estructural que, cual fábrica de pobres y de muertos, abomina a Dios y lo escandaliza. Pecado estructural es la creación y el sostenimiento de un sistema de corrupción moral, consciente y deliberadamente para hacer el mal, sabiendo que se está haciendo el mal.

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¿O es que acaso ignoran nuestros dirigentes que la plata que va a parar a sus bolsillos significa la muerte y el sufrimiento de niños, ancianos e inocentes?, ¿no saben nuestros legisladores que consensuar una votación, no en función del bien común, sino en función del bien personal o sectorial, significa sufrimiento y muerte para muchos inocentes?, ¿ignoran nuestros dirigentes que endeudar por cien años a la patria significa haber pulverizado el futuro de millones y condenarlos a muerte?, ¿no saben que tapar la realidad y disfrazarla para el mantenimiento de un sistema, significa hambre y muerte para miles?

En la comodidad de los lujos obtenidos a costa de la pobreza de millones, ¿no ven nuestros funcionarios los pies descalzos de niños revolviendo los tachos de basura y a los ancianos muriendo en los hospitales, sin medicamento ni atención? ¿No les remuerde la conciencia ver las cifras de sus sueldos y de sus comisiones y de sus pasajes aéreos comparados con el sueldo de nuestros docentes, policías y trabajadores empobrecidos por un sistema perverso que mata y empobrece masivamente a la gente?, ¿es posible seguir cubriendo al que delinque cuando ante Dios todos seremos responsables por la muerte y el sufrimiento de los inocentes? Todos somos cómplices del caos moral de la patria, ya que todos participamos directa o indirectamente de un sistema de mentiras, armado para mentir en nombre de la plata del poder y del sostenimiento de privilegios. Así, todos somos esclavos de un sistema inmoral que de manera maquiavélica se va estructurando en nuestra conciencia como un estilo corrupto de vida. La confusión ética y moral nos arrastra a todos, que terminamos por aceptar como normal lo que es absolutamente anormal. Por ejemplo el caso del periodismo infame que por plata transforma la mentira en verdad como si esto fuera lo más normal del mundo. Como será posible que el comunicador pierda su dignidad e idoneidad profesional para en vez de informar, lee guiones ¿Qué nos pasa?

Hay límites que una sociedad civilizada debe respetar para no crear dudas y confusión en el comportamiento moral de sus ciudadanos, porque lo sabemos, la información crea opiniones y las opiniones se transforman luego en actitudes. Hemos perdido los códigos morales de convivencia social y nos hemos dejado corromper por nuestras ambiciones. Lo que nos sucede como nación, no es distinta a aquella historia que en el evangelio nos habla de los “viñadores homicidas”, quienes consienten y deliberadamente matan para apoderarse de lo que no les corresponde. Quien roba al Estado en el modo que fuere y eso signifique menos remedios, menos cuadernos, menos aulas, menos casas, y menos futuro para los pobres, ante Dios es un corrupto y un homicida. Quien antepone a la necesidad de los pobres su interés económico o de poder, es también un corrupto y homicida ante Dios, porque quiere decir que privilegia lo material antes que los pobres, y el egoísmo antes que el amor.

Especialmente quienes tienen responsabilidades públicas y sociales, y roban al Estado desde esa función, cambian plata por sangre inocente, sangre inocente que recaerá inevitablemente sobre la nación. Dios puede estar cansándose de darnos oportunidades una y otra vez para que nos convirtamos y visto la dureza de nuestros corazones, es muy probable que Dios haya retirado su bendición a la argentina y nos haya dejado librados a nuestra suerte: “Les diré lo que hare con este viñedo -dice Isaías- le quitaré la cerca para que lo destruyan; agrietaré sus muros para que lo pisoteen; y abandonaré mi viña, no la podarán, ni cortarán el pasto, y se llenará de espinas y malezas; eran mis elegidos, esperaba de ellos respeto a mi ley y justicia pero sólo encuentro asesinatos y escucho sólo gritos de dolor”.

Toda coincidencia de la palabra de Dios con nuestra realidad política y social, no es casual. El fruto del pecado es siempre amargo y hemos llegado a un punto sin retorno en el que si no nos convertimos y ajustamos a la moralidad, a la ley y a la justicia, nos exponemos a grandes sufrimientos como pueblo, sufrimientos que de hecho ya lo estamos padeciendo. El cambio de conducta, de opciones y de valores debe comenzar por nuestra dirigencia, porque son ellos los que pueden liderarnos hacia la victoria o la derrota; hacia la muerte o hacia la vida. La confusión moral de la patria es tan grande que tenemos hasta dificultades para discernir lo más elemental del bien y del mal y crece en la patria cada día más el caos de un sistema de vida corrupto e inmoral. La violencia, la inseguridad, el egoísmo, la mentira, la corrupción, parecieran ganar nuestros corazones, cada vez con mayor firmeza en nosotros convirtiéndose en un estilo de vida, fruto de ese pecado y por eso es lícito preguntarnos: ¿No nos habremos quedado ya sin la bendición de Dios? El clamor doloroso de todo un pueblo desde este lugar suplica a nuestros dirigentes: en el nombre de Dios todopoderoso y justo juez, conviértanse, Dios ve cada acto humano y debemos saber que nuestros actos, cada uno de nuestros actos injustos ante Dios no quedará impune.

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