A 25 años del fin del apartheid
Un día como hoy, el 27 de abril de 1994, el carismático líder Nelson Mandela recibía un fuerte respaldo popular en las primeras elecciones democráticas celebradas en Sudáfrica, país que daba así un paso clave en el histórico proceso que puso fin al vergonzante sistema de segregación racial conocido como “apartheid”, que oprimió a la mayoría de la población negra en ese país durante más de cuatro décadas.
El término “apartheid” pertenece originalmente al idioma afrikáans, una de las lenguas oficiales de Sudáfrica. Significa “separación”, y en la actualidad en todo el mundo la palabra se relaciona con las prácticas racistas que en la nación sudafricana tomaron fuerza a partir de 1948 cuando el Partido Nacional, conformado solo por blancos de descendencia europea, se impuso en las elecciones de ese año. A través de leyes que consolidaron los privilegios de la población blanca, el sistema de segregación racial se fue afianzando, clasificando a la población en cuatro grandes grupos: blancos, negros, de color o mestizos e indios. De esa manera, el grupo de los blancos, que había heredado tradiciones y ventajas de la colonización británica y holandesa, se propuso generar un sistema que no alterara el orden establecido de prerrogativas, que —a diferencia del resto de la población— les permitía acceder a mejores servicios de salud, educación, transporte, trabajos más calificados y, fundamentalmente, a tierras más productivas. Mediante el uso de la fuerza, el injusto sistema de segregación llevó sufrimiento al resto de los grupos étnicos, que conformaban casi el 80 por ciento de la población sudafricana. A pesar de la diferencia numérica, los mecanismos de dominación permitieron que el apartheid se mantuviera hasta la llegada a la presidencia de la nación sudafricana del dirigente Frederik Willem de Klerk, en 1989. Pese a que pertenecía a las filas Partido Nacional, de Klerk puso en marcha reformas con el objetivo de desmantelar el andamiaje que sostenía el apartheid. Para ello, dispuso la liberación de dirigentes políticos negros que permanecían injustamente encarcelados por reclamar sus derechos, entre ellos Nelson Mandela, reconoció oficialmente al Congreso Nacional Africano, el partido que representó los intereses de los grupos más afectados por la segregación que, entre otras cosas, los obligaba a vivir en un área designada de la que no podían salir sin autorización. En todos los años en que predominaron las prácticas racistas en Sudáfrica, solo los blancos, que representaban apenas algo más del diez por ciento de la población, tenían derecho a votar. Detrás del sistema de dominación se escondía unas de las principales razones por la que perduró durante más de cuatro décadas: la economía sudafricana, pensada por y para la población blanca, sacaba provecho de la mano de obra barata de la población que era sometida a la segregación. Sectores como la industria y la minería, especialmente, se vieron beneficiados con las reglas que sometían a los trabajadores negros, que carecieron de derechos políticos y laborales reales hasta la llegada de la democracia en 1994. La decisión de las autoridades blancas de declarar ilegal cualquier intento de organizar espacios de reivindicación y de imponer duros castigos a los que se atrevían a cuestionar las prácticas racistas demoró el acceso a derechos de los grupos más vulnerables que tenían que utilizar los llamados “pases”, una especie de documento de identificación racial que limitaba los movimientos de la población no blanca si, como se dijo, no tenía permiso de las autoridades. El rechazo a la obligación de utilizar los pases generó varias manifestaciones, entre ellas las que derivaron en la Masacre de Sharpeville en 1960, en la que 69 personas murieron en una dura represión desatada por la policía sudafricana.
En esta fecha, en la que se conmemora la llegada de Mandela a la presidencia de Sudáfrica, con un 62,7 por ciento de los votos, vale recordar las palabras que pronunció en 1961 ante un tribunal que lo juzgaba por alta traición: “Siempre he atesorado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que las personas puedan vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal para el que he vivido. Es un ideal por el que espero vivir, y si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Es necesario que, en un mundo en el que los discursos racistas reaparecen en distintas latitudes, su mensaje sea cabalmente comprendido por las nuevas generaciones para poder avanzar en el respeto por los derechos humanos.










