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La Argentina, un país sobreendeudado

Cualquiera sea el signo político de la conducción del país que asuma el próximo 10 de diciembre recibirá, sin dudas, una pesada herencia. Es que, aunque cueste creerlo, la Argentina ya debe 278 mil millones de dólares y se acerca así al 98 por ciento de su PBI, el porcentaje más alto de las últimas décadas.

Si bien es cierto que los argentinos, sobre todo los mayores de 50 años, se acostumbraron más a vivir en un país endeudado que en uno sin esa pesada carga, no es menos cierto que el nivel de endeudamiento al que condujo la gestión del presidente Macri en los tres años y pico que lleva en la Casa Rosada resulta más que preocupante. Hoy el país está un 76 por ciento más endeudado que a finales de 2015, cuando daba sus primeros pasos el gobierno nacional de Cambiemos. “Hay una revolución de alegría en el país”, había manifestado el propio Macri unas pocas horas después de imponerse en las urnas y resultar electo presidente de la Nación. Pero, lamentablemente, de ese clima de júbilo se pasó a la incertidumbre que genera hoy el proceso inflacionario, la destrucción del tejido industrial y el aumento de la pobreza que trepó al 32 por ciento de la población, según los últimos datos del Indec. “Hoy es un día triste”, dijo la ministra de ministra de Desarrollo Social de la Nación, Carolina Stanley, al dar a conocer los datos que confirmaron el aumento de la pobreza. La voluntad de resolver ese grave problema encontrará en la deuda externa un gran obstáculo porque buena parte de los ingresos nacionales se deberán destinar al pago de los compromisos asumidos con el Fondo Monetario Internacional que, a partir de la última crisis cambiaria, se transformó en el principal financista externo del país. Antes, hasta junio del año pasado, ese rol lo cumplía el mercado financiero internacional. Pero, como todo el mundo sabe, el FMI no hace beneficencia. Para poder acceder a los préstamos otorgados por el organismo multilateral primero fue necesario que el gobierno de Macri aceptara firmar un acuerdo a través del cual se comprometiera a llevar adelante un impopular programa de ajustes y reformas.

Resulta curioso que un país como la Argentina, tan necesitado de dólares, tenga -además de un alto endeudamiento externo con los organismos de crédito- una constante fuga de divisas al exterior. Se estima que, a fines del año pasado, existían casi 294 millones de dólares de ciudadanos argentinos en el exterior, aunque vale aclarar que en estos números no están reflejados aquellos ahorros en dólares por fuera del sistema financiero ni los activos y cuentas que son operados a través de la banca offshore. Economistas que pertenecen a distintas corrientes de pensamiento coinciden en que la fuga de capitales es uno de los problemas estructurales de la economía argentina, y advierten que si bien el origen y las causas de esas fugas han cambiado en los últimos 30 años, lo más preocupante es que la salida de divisas es una sangría casi permanente en el país. Según cifras dadas a conocer por el Banco Central de la República Argentina, el atesoramiento de dólares billetes sumó 3.807 millones de dólares en febrero, lo que representa un 70 por ciento más que el atesoramiento registrado en igual mes del año pasado.

Volviendo al tema del alto nivel de endeudamiento público en la Argentina, debe observarse que, lejos de disminuir, sigue aumentando. Pero hay un aspecto más para tener en cuenta, y que no es menor: como los compromisos son a largo plazo con tasas de interés muy elevadas, esto significa que varias generaciones van a tener que llevar sobre sus espaldas una pesada carga que vuelve a colocar al país en una zona de alto riesgo. No deja de llamar la atención, por otra parte, la ausencia de un debate serio sobre este espinoso asunto en la agenda pública de un país como la Argentina que se ha convertido en el más endeudado de la región, con pocas posibilidades de retornar, al menos en el corto plazo, a la senda del crecimiento con inclusión social.

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