Los alumnos están solos, no hay nadie que los defienda
“Soy lo que soy gracias a los docentes que pasaron por mi vida. ¡Mirá si no voy a luchar por ellos y por mí!”. Así rezaba el cartel que llevaba una mujer de mediana edad en una de las marchas que se realizaron en apoyo al paro docente de cinco días de la semana que terminó. Una verdad que muchos de los chaqueños que tienen responsabilidades en la sociedad pueden repetir orgullosos por las enseñanzas recibidas en las escuelas. Algo que nuestros hijos no podrán repetir en el futuro, si se continúa con esta situación de continuos paros que provocan tremendos vacíos en su formación.
Los ciudadanos estamos convencidos de que los docentes tienen que estar mejor pagos y que es justo su reclamo y eso depende de una decisión del gobierno provincial, que parece no hacerse cargo del tema y desmentir con su proceder lo que dice en las tribunas sobre la prioridad de la Educación y de la preocupación por su calidad. Se ha olvidado que en este mes hace justo un año que parte de sus principales integrantes se encuentran en la cárcel, acusados de aprovechamiento del dinero de todos en beneficio propio. Y que ese dinero bien podría haber servido para mejorar salarios docentes.
Pero los ciudadanos están también anonadados porque las clases del nivel primario debieron haber comenzado el seis de marzo y en cambio, desde entonces, los ocho primeros días de clases hasta el viernes último fueron días de paros. ¡Ocho jornadas, ocho paros generales! Se burla así un derecho más elemental aún que el de la alimentación, el de la Educación, sin que nadie hable de ello o haga algo por respetarlo.
Perversa secuencia
Se viene repitiendo desde hace tiempo una perversa secuencia en la que los maestros de las escuelas hacen reclamos a las autoridades a través de sus gremios (¿17 no serán muchos?), pidiendo negociaciones paritarias. Desde el gobierno se dilata todo hasta las vísperas del inicio del año escolar y se anuncia, por fin, una decisión, que a su vez es rechazada por los gremios, por lo que no se inician las clases. Ante las medidas de fuerza, se mejora levemente la propuesta, que obtiene la misma respuesta. Pero todo en forma autoritaria, sin mesas de conversaciones, sin intercambio de propuestas y argumentos, sin la posibilidad de buscar lugares de donde sacar fondos, como, por ejemplo, utilizar el dinero que se abona en suplencias, muy elevado al año, vigilando ese rubro para que se abone solo lo necesario y se superen muchas avivadas.
Existe una total incapacidad de negociación de ambos lados. No quieren y no pueden sentarse juntos para ver cómo hacen para cumplir con la obligación de impartir educación a casi medio millón de alumnos. Pareciera que lo que les interesa a unos y a otros es solo lo monetario y que a los alumnos -los que dicen que son el futuro- los parta un rayo, aunque esa no sea la expresión, su comportamiento es el equivalente.
La sociedad, indiferente
Y este espectáculo -el enfrentamiento entre gobierno y los gremios-, con amenazas incluidas de ambas partes, es mirado con indiferencia por el resto de la sociedad. Los niños en edad escolar están solos, no tienen quién los defienda y ellos no pueden hacer marchas, ni tienen voz ni voto, en lo que es su derecho de tener escuela.
Ante esta soledad es lícito preguntarse si esos mismos funcionarios y gremialistas, que no se ponen de acuerdo, no tienen hijos en edad escolar. Si tampoco los tienen los integrantes de los otros poderes del Estado como los jueces, los magistrados, los diputados, los intendentes, los concejales. No se han escuchado pronunciamientos de esos sectores, ni desde las asociaciones profesionales que los representan, ni tampoco de los partidos políticos a los que poco parece preocuparles la Educación de los niños. Esto tampoco ha pasado con una institución que hasta ahora nunca se ha hecho respetar como es la Defensoría del Pueblo de la provincia y, ahora, la Defensoría de los Niños del Municipio de Resistencia.
Sobre este tema, ¿no tienen nada que decir los otros sindicatos, las cámaras de comercio, las asociaciones civiles, las organizaciones no gubernamentales, las iglesias, los curas y pastores, los padres y madres de familia? ¿Sus hijos no van a la escuela, no los ven desorientados, desganados, con falta de incentivos por la anarquía reinante y que inevitablemente incide en la calidad educativa?
Todos quieren que los docentes ganen mejor. Nadie se opone a que los gobernantes cuiden el dinero que es de todos. Pero, por eso mismo, es necesario que se ponga un término al conflicto, donde haya propuestas de ambos lados, pero también que cada uno resigne algunas de sus pretensiones, porque, así como estamos, los alumnos están solos, no tienen quién los defienda. Ni sus padres.










