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El cierre de la cita del Papa con jóvenes de todo el mundo

Aunque los medios internacionales privilegiaron en estos días la gravísima situación de Venezuela, el Papa Francisco celebró ayer una misa de cierre de la Jornada Mundial de la Juventud que logró un marco multitudinario en la ciudad de Panamá. Por supuesto, el Santo Padre no omitió su respaldo para todos los esfuerzos que puedan ahorrarle sufrimientos a los venezolanos dentro y fuera de su país, del mismo modo que no escondió su inquietud por el muro que promueve el presidente de Estados Unidos para impedir el avance de contingentes migratorios empobrecidos y extenuados. En tal sentido habló de “los nuevos muros del miedo”.

En esta presencia en Panamá el Papa instó a los obispos a no tener miedo de tocar las heridas de nuestra gente y puso como paradigma al apostolado del obispo de San Salvador, monseñor Oscar Romero, que hace poco fue canonizado con el antecedente del martirio de su asesinato y de su escudo episcopal: “Sentir con la Iglesia”.

Extraemos conceptos del Papa argentino al dirigirse a la sangre nueva de todos los continentes cuando sostuvo que “esta Jornada Mundial de la Juventud es una oportunidad única para salir al encuentro y acercarse aún más a la realidad de nuestros jóvenes, llena de esperanzas y deseos, pero también hondamente marcada por tantas heridas. Con ellos podremos leer de modo renovado nuestra época y reconocer los signos de los tiempos porque, como afirmaron los padres sinodales, los jóvenes son uno de los “lugares teológicos” en los que el Señor nos da a conocer algunas de sus expectativas y desafíos para construir el mañana. Con ellos podremos visualizar cómo hacer más visible y creíble el Evangelio en el mundo que nos toca vivir; ellos son como termómetro para saber dónde estamos como comunidad y sociedad.

Ellos portan consigo una inquietud que debemos valorar, respetar, acompañar, y que tanto bien nos hace a todos porque desinstala y nos recuerda que el pastor nunca deja de ser discípulo y siempre está en camino. Esa sana inquietud nos pone en movimiento y nos primerea. Así lo recordaron los padres sinodales al decir: “Los jóvenes, en ciertos aspectos, van por delante de los pastores” (ibíd., 66). Un pastor en relación a su rebaño no siempre va adelante, por momentos tiene que ir adelante para guiar, por momentos tienen que ir en el medio para olfatear lo que pasa, por momentos atrás, para custodiar a los últimos y no dejar que sea material descartable.

Nos tiene que llenar de alegría comprobar cómo la siembra no ha caído en saco roto. Muchas de esas inquietudes e intuiciones de los jóvenes han crecido en el seno familiar alimentadas por alguna abuela o catequista.

Hablando de las abuelas. Esta la segunda vez que la veo. La vi ayer y la vi hoy: una viejita así, flacucha. De mi edad o más, todavía con una mitra. Se había puesto una mitra con cartón y un cartel que decía: “Santidad, las abuelas también hacemos lío”. Una maravilla de pueblo.

Y los jóvenes aprendieron en la parroquia, en la pastoral educativa o juvenil. Inquietudes que crecieron en una escucha del Evangelio y en comunidades con fe viva y ferviente que encuentra tierra donde germinar. ¡Cómo no agradecer tener jóvenes inquietos por el Evangelio! Por supuesto que cansa, por supuesto que a veces molesta. Se me viene el pensamiento y la frase que decía un filósofo griego de sí mismo, yo la digo de los jóvenes: “Son como un tábano sobre el lomo de un noble caballo”. Para que no se duerman, caballos somos nosotros.

Esta realidad nos estimula a un mayor compromiso para ayudarlos a crecer ofreciéndoles más y mejores espacios que los engendren al sueño de Dios. La Iglesia por naturaleza es Madre y como tal engendra e incuba vida protegiéndola de todo aquello que amenace su desarrollo. Gestación en libertad y para la libertad. Los exhorto pues, a promover programas y centros educativos que sepan acompañar, sostener y potenciar a sus jóvenes; por favor “róbenselos” a la calle antes de que sea la cultura de muerte la que, “vendiéndoles humo” y mágicas soluciones se apodere y aproveche de su inquietud y de su imaginación. Y háganlo no con paternalismo, que no lo toleran, no de arriba a abajo, porque eso no es lo que el Señor nos pide, sino como padres, como hermanos a hermanos. Ellos son rostro de Cristo para nosotros y a Cristo no podemos llegar de arriba a abajo, sino de abajo a arriba.

También reconoció Francisco que “son muchos los jóvenes que dolorosamente han sido seducidos con respuestas inmediatas que hipotecan la vida. Hay tantos otros a quienes se les ha dado una ilusión cortoplacista en algunos movimientos, se hacen los pelagianos o suficiente de sí mismos y quedan abandonados a mitad de camino.

Nos decían los padres sinodales: por constricción o falta de alternativas se encuentran sumergidos en situaciones altamente conflictivas y de no rápida solución: violencia doméstica, feminicidios -qué plaga que vive nuestro continente en este sentido-, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, explotación sexual de menores y de no tan menores, etc., y duele constatar que en la raíz de muchas de estas situaciones se encuentra una experiencia de orfandad fruto de una cultura y una sociedad que se fue “desmadrando”. Sin madre, los dejó huérfanos.

Hogares resquebrajados tantas veces por un sistema económico que no tiene como prioridad las personas y el bien común y que hizo de la especulación “su paraíso” desde donde seguir “engordando” sin importar a costa de quién. Así nuestros jóvenes sin hogar, sin familia, sin comunidad, sin pertenencia, quedan a la intemperie del primer estafador”.

El Santo Padre afirmó ante los jóvenes en Panamá: “Sentir con la Iglesia es sentir con el pueblo fiel, el pueblo sufriente y esperanzador de Dios. Es saber que nuestra identidad ministerial nace y se entiende a la luz de esta pertenencia única y constituyente de nuestro ser. En este sentido quisiera recordar con ustedes lo que San Ignacio nos escribía a los jesuitas: “La pobreza es madre y muro”, engendra y contiene. Madre porque nos invita a la fecundidad, a la generatividad, a la capacidad de donación que sería imposible en un corazón avaro o que busca acumular. Y muro porque nos protege de una de las tentaciones más sutiles que enfrentamos los consagrados, la mundanidad espiritual: ese revestir de valores religiosos y “piadosos” el afán de poder y protagonismo, la vanidad e incluso el orgullo y la soberbia. Muro y madre que nos ayuden a ser una Iglesia que sea cada vez más libre porque está centrada en la kénosis de su Señor. Una Iglesia que no quiere que su fuerza esté -como decía monseñor Romero- en el apoyo de los poderosos o de la política, sino que se desprende con nobleza para caminar únicamente tomada de los brazos del crucificado, que es su verdadera fortaleza. Y esto se traduce en signos concretos, en signos evidentes, esto nos cuestiona e impulsa a un examen de conciencia sobre nuestras opciones y prioridades en el uso de los recursos, influencias y posicionamientos. La pobreza es madre y muro porque custodia sobre todo nuestro corazón para que no se deslice en concesiones y compromisos que debilitan la libertad y la parresía a la que el Señor nos llama.

Hermanos, antes de terminar pongámonos bajo el manto de la Virgen y recemos juntos para que ella custodie nuestro corazón de pastores y nos ayude a servir mejor al Cuerpo de su Hijo, el santo Pueblo fiel de Dios que camina, vive y reza aquí en Centroamérica.

Que Jesús los bendiga y la Virgen María los cuide. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí”.

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