Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°

Los juegos del agua

Desastres como el vivido con el agua en la semana que pasó nos permiten revivir un ritual casi tribal que probablemente exista para que podamos sentirnos más chaqueños. Compartimos el dolor, el miedo, la indignación, el desconcierto; participamos en la ruleta rusa que determina a quién le toca y a quién no; los gobernantes de turno prometen ocuparse de lo que nunca se han ocupado ellos ni sus predecesores (los que, a su vez, también tuvieron su oportunidad de efectuar los mismos juramentos); ayudamos a los desafortunados o les dedicamos cinco minutos de tristeza. Y así hasta que un día el sol regresa, los cielos negros se retiran del escenario y las cosas vuelven a estar en su lugar. Bah, en el lugar que les asignamos.

Porque, de verdad, no nos hagamos ilusiones. Lo que sucedió volverá a ocurrir. En un mes, en cinco años o en diez. Y volveremos a hablar de los mismos temas.

Separando las aguas

Vayamos al principio. Las ciudades se inundan cuando reciben una cantidad de agua que no pueden rechazar, expulsar o drenar a tiempo. Puede suceder por el volumen de la invasión hídrica, por su velocidad o por una combinación de ambas condiciones.

VALAGUA.jpg

En estos días, funcionarios provinciales y municipales se refugiaron rápidamente en la excepcionalidad de las precipitaciones para naturalizar la dimensión del daño sufrido por la población en general y por las familias inundadas en particular. Pero la verdad es que los perjuicios hubiesen sido mucho menores, aun insignificantes, si esos duendes que llamamos “políticas de Estado” existieran por estas tierras. Pero no, no habitan este territorio en el que las cuestiones de fondo son tan densas y complicadas de abordar que nuestra dirigencia adolescente siempre ha optado por procurarse los votos mediante labores más livianas, golpes de efecto, manipulaciones y chapucerías todo terreno.

Y es curioso, porque ya que hablamos del agua, el sistema de defensas hídricas del Gran Resistencia es -más allá de algunos cuestionamientos puntuales que puedan hacérsele- un buen resultado de una construcción institucional que tuvo como rasgo principal la continuidad a través de todos los gobiernos. Aquella consigna de “Resistencia nunca más bajo las aguas”, surgida de las gravísimas inundaciones de 1982/83, dio lugar a un primer plan que avanzó en esta década hasta consolidarse tras una nueva catástrofe en 1992. El resultado es que hoy el área metropolitana está en condiciones de afrontar las crecidas de los ríos de la región sin sufrir las consecuencias padecidas en aquellas ocasiones o en 1966, cuando el agua casi llega a la Casa de Gobierno.

Pero esa lucidez de hacer lo que se debía hacer, confiando en los equipos técnicos formados para estos asuntos, y sin la obsesión de pensar si las inauguraciones caen en la siguiente campaña electoral o quedan en manos de otra administración, no se repitió en otros temas de fondo. Funcionó tan bien que a nadie se le ocurrió replicar el modelo. Ni siquiera para hablar del talón de Aquiles que las lluvias (y la propia trama de defensas) plantean para la capital y sus municipios satélites en relación con el agua: su sistema de desagües.

Impermeabilizados

Cuando el anillo defensivo del Gran Resistencia se completó, se sabía que la protección contra la amenaza externa (las crecidas del Paraná, por ejemplo) tenía como contrapartida la necesidad de prever herramientas que ante lluvias intensas permitieran expulsar el agua que se acumularía -más que antes- en la “palangana” metropolitana. Había conciencia de que iba a ser necesario cuidar y mejorar todo lo atinente a desagües e instalar estaciones de bombeo que auxiliaran en los momentos críticos. Pero ya no hubo en estas cuestiones una idea rectora (como en el caso de las defensas) que empujara acciones y que lo hiciera con un criterio centralizado, planificado, constante y técnicamente consistente. Lo que hubo fueron acciones aisladas y discontinuas, inversiones insuficientes (en general, atadas al plan de defensas), avances normativos que no se tradujeron en modificaciones de la realidad y -como raíz de todas esas circunstancias- muy poco interés institucional en atender el asunto.

Mientras tanto, Resistencia se iba volviendo una ciudad más impermeable. Con más construcciones, más techos, más pisos de cemento, más pavimento. Según las normas vigentes, ningún lote debería tener niveles de impermeabilización superiores al 70%. Pero se estima que en las 400 hectáreas más céntricas de la ciudad ese índice supera el 90%. Esas propiedades deberían tributar más que aquellas que no quiebran el límite, pero no hay una decisión de identificar los casos y actuar en consecuencia. En otras ciudades (allá en el mundo civilizado y aun en el que no tanto), ese tipo de transgresiones es vigilado estrictamente.

Ni hablar del escaso respeto local por lagunas, ríos y riberas. Las propias gestiones provinciales y municipales se han encargado de permitir, apuntalar e incluso promover el desarrollo de asentamientos y barrios en áreas claramente inundables. Las advertencias hechas al respecto desde la APA y desde organizaciones ambientalistas no fallaron: se inundaron esta vez y todas las anteriores en que las precipitaciones cometieron la insolencia de desafiar a nuestras autoridades.

Las lagunas fueron tratadas por nosotros como si fuesen alfombras que se podían recortar o desechar sin tener que pagar por esa decisión. Todo el sector de avenida Hernandarias que se inunda ante cada temporal relativamente importante fue alguna vez una laguna. Hoy, de tanto en tanto, vuelve a serlo. No sólo en el cine el pasado siempre vuelve.

Los barrios nuevos se inauguran con sus redes de drenaje, pero como para cumplir las formas. En realidad desembocan en conductos insuficientes para llevar todo el líquido que reciben de las nuevas construcciones. Y la explosión de edificios con permisos “de excepción” -que se convirtieron en norma- también hizo un buen aporte para que la ciudad hoy sufra más con lluvias que antes soportaba mejor. “El precio del progreso”, diría un constructor. Intendentes y concejales que aprobaron esas dispensas seguramente podrían dar más precisiones al respecto.

Nada personal

Resistencia, por diferentes motivos, pero principalmente por dos (la prosperidad de algunos y la miseria de otros) tuvo un crecimiento tan notable como desordenado en las últimas dos décadas, el mismo período en el que su red de desagües se mantuvo casi sin cambios, más allá de algunas obras aisladas que representaron una inversión extremadamente lejana de la que sería necesaria para adaptar la infraestructura a la demanda real.

Pero lo verdaderamente clarificador es que aunque se sabe claramente qué es todo lo que se hizo mal, allí donde se podría comenzar una nueva manera de ejecutar y entender las cosas, se repiten las recetas de siempre. Es lo que sucede en la zona Norte, el nuevo polo de desarrollo urbano de la ciudad. Se definió para ese sector, en 2010, un plan director de desagües que prevé 50 kilómetros de conductos y canales principales. En los nueve años que cumplirá el plan, de ese total se ejecutó apenas un 2%...

En síntesis: el Cielo no nos odia ni tiene algo personal en contra nuestra. Las menciones al cambio climático parecen más una excusa que un factor decisivo. Somos el resultado de las decisiones que fuimos tomando, pero más aún de las que optamos omitir. Con todo, no somos los únicos. Pocas ciudades argentinas han aprendido de desgracias similares. Quizás Santa Fe, por la magnitud de la tragedia vivida en su momento, es la única que puede mostrar progresos ciertos. Lo nuestro, en eso, no es original. Sólo que no estaría mal que nos dejen participar en la decisión, si es que esta pasa por considerar que al fin de cuentas es tan difícil cambiar lo (no) hecho hasta aquí que sale más barato seguir como hasta ahora y pagarlo en cuotas con una catástrofe de tanto en tanto.

Una catástrofe con sabor local, claro, porque hasta los aspectos más superficiales de la emergencia tuvieron nuestro sello. Los piquetes brotando en todas partes, con grupos sintiéndose autorizados de inmediato a impedir la circulación de otras personas y hasta a cobrar un “peaje” de 500 pesos para permitir el paso. Malandras con chapa de “referentes” sociales, vecinales o políticos que revendían colchones de la ayuda oficial (motivo por el cual en la reunión institucional del viernes se acordó otra manera de hacer llegar la asistencia a los afectados). Imbéciles y miserables haciendo circular audios por Whatsapp para tratar de generar una psicosis colectiva con el cuento de una crecida aluvional del Paraná. El servicio de colectivos apagándose y encendiéndose sin que nadie informara claramente qué líneas operaban y con qué alcances, dejando en banda a miles de usuarios que entre esa novedad, los piquetes y el costo sideral de los viajes en remís o taxi, no sabían cómo volver a sus hogares. La ausencia de un plan real para actuar en la contingencia, con funcionarios y estructuras de ayuda que aparecieron tarde y desorganizadamente (esto ya pasó tantas veces que ¿no va siendo tiempo de al menos definir un protocolo de actuación?).

Los pronósticos no permiten descartar que una situación similar se repita en lo que queda del verano. Sí, al menos por un par de meses, parece desestimada la posibilidad de que al actual ciclo de lluvias intensas se le sume una crecida importante del Paraná (sí podría haber problemas con el Iguazú, pero sin que eso impacte demasiado en las costas chaqueñas). Luego, probablemente, salga el sol.

Entretanto, de verdad, no nos hagamos ilusiones. Lo que sucedió volverá a ocurrir. En un mes, en cinco años o en diez. Y volveremos -los gobernantes, los opinadores de redes, los vecinos, los periodistas, los artistas y los mecánicos dentales- a hablar de los mismos temas. Obviamente que para nada.

Te puede interesar