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La necesidad más grande

Como parte de esos debates tan chaqueños que sabemos que nunca llegarán a algo (o que a lo sumo lograrán arribar a un destino nuevo dentro de tres o cuatro generaciones), el gobernador Domingo Peppo acaba de anticipar que durante 2019 uno de los temas destacados de su agenda política será la búsqueda de un punto final para los piquetes viales en la provincia.

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Una modalidad de protesta que, por su reiteración, no altera el ánimo de las autoridades a las que va dirigida y que sólo lastima a los comunes que ven cómo se esfuman en la quietud de la ruta cargas transportadas, horas de trabajo, jornadas de estudio, turnos médicos, conexiones de viajes, algún que otro reencuentro y las reservas de buen ánimo que hayan podido ponerse a salvo de la realidad circundante.

Peppo y algunos funcionarios suyos que salieron a ponerle eco a la idea dicen que para lograrlo plantearán “un acuerdo de convivencia” entre todas las partes involucradas en la cuestión, en una especie de juego de roles muy habitual en los potreros de la política local: gobernantes que hacen de cuenta que no saben lo que les responderán sus interlocutores, interlocutores que hacen de cuenta que no tienen escrita su respuesta desde antes de que comience el diálogo.

De todos modos, la movida servirá para que los medios publiquen fotos de las reuniones y una vez más la disparatada corrección política argentina pueda continuar durmiendo en paz. Los cortes del tránsito decididos por quinientas personas o por cinco continuarán, los piquetes seguirán ejecutándose por dramas colectivos o por simples inconvenientes sectoriales, los miles que los padecen volverán a ser etiquetados de fachistas por maldecir mientras sudan la gota gorda a la espera de poder seguir circulando, y los responsables de administrar los conflictos de la sociedad quedarán convencidos de que hicieron todo lo posible.

En realidad sabrán que no, pero se justificarán puertas adentro con una ecuación irrebatible: la principal causa de estas protestas es el empobrecimiento que ellos mismos contribuyen a generar y sostener, por lo cual lo menos que se puede hacer por los pobres es permitirles que lloren o rabien sus suertes sobre el asfalto.

¿Y los demás? Los demás sabrán comprender. Comprender y afrontar la demencial estructura tributaria nacional que los hace sostener este mundo del revés en el que, además, son los malos de la película.

Cine y realidad

Ya que hablamos de cine, el italiano, cuando se pone en tono de comedia negra, puede tornarse incomparable. En los ‘70, un filme concebido de manera coral acopló varias historias en una misma producción. Uno de esos relatos era el de un desocupado de la construcción que, por los continuos fracasos en la búsqueda de empleo, había caído en una aplastante depresión.

Su esposa, preocupada, lo comentó con amigos y familiares. Entre todos decidieron dar una mano. Llegó entonces la noticia de que en una obra cercana iban a tomar un abañil. Todos sumaron algo para que el obrero de la familia volviera a intentarlo.

Pero no vayas con la actitud de perdedor de siempre”, le dijeron. Con la camisa prestada por uno, el pantalón de otro, los calzados de alguien más, lo vistieron de la manera más presentable que pudieron y lo llenaron de arengas antes de enviarlo al lugar en el que entrevistaban a los aspirantes.

Una vez allí, lo recibió un capataz que lo llenó de preguntas y le tomó algunas pruebas de idoneidad. Al final, la definición quedó entre él y otro desempleado más. Al cabo de una breve deliberación con otros responsables del edificio que se estaba construyendo, el capataz se acercó al protagonista, le puso paternalmente un brazo sobre los hombros y, hablándole con tono confidente, le dijo: “Sos el mejor.

Deberíamos tomarte a vos, pero vamos a tomar a aquel —le dijo, señalando con un gesto de cabeza a su competidor, un tipo apocado y vestido con andrajos—. Mirá lo mal que está, en cambio vos... Se nota que dentro de todo la estás pasando bien”.

Las políticas públicas del país y de la provincia han aplicado ese mismo criterio desde el retorno democrático hasta ahora, cada vez -más allá de algunos matices y pausascon mayor convencimiento. Las necesidades no sólo deben ser atendidas, sino que además dan prerrogativas. C

ortar una calle o una ruta apropiándose de una vía pública y del tiempo ajeno es una de ellas. No es que eso esté bien, ni siquiera que es legal. Tampoco es que quienes esperan, y esperan, y esperan en sus vehículos no tengan necesidades propias. No. Es que ellos están peor.

La voracidad del gigante

Hasta el gobierno de Mauricio Macri, pese al perfil de empresario de derecha del presidente, se ha amoldado a este criterio, independientemente de algunos tironeos formales. Y el ajuste de la economía ha recaído, finalmente, más sobre la actividad privada -y dentro de ésta, principalmente pymes y asalariados- que sobre un Estado (nacional, provincial, municipal) inflado a límites paroxísticos también bajo la consigna de “darle empleo a gente que lo necesita”.

Gente que, en teoría, la pasa peor que un trabajador privado y que por eso va al paro con mucha mayor frecuencia en las oficinas del Estado que en las empresas. El caso del Chaco es tremendo. La semana pasada, al hablar de su futura convocatoria a debatir sobre cómo terminar con los piquetes, Peppo destacó el esfuerzo que realiza el Estado por la paz social, y lo hizo mencionando que actualmente la provincia “paga 125.000 salarios” cada mes.

Pero lo peor de todo es que este Estado deforme y caro ni siquiera sirve para brindar servicios básicos que aquí funcionan peor que casi en cualquier otra parte

Se refería a la cantidad de personas que cobran sueldos en la administración pública provincial como agentes activos y a los jubilados, pensionados y retirados que perciben haberes del Insssep. Aclaró que es una cifra “que se complementa con lo que se destina al pago de planes sociales”, rubro casi indescifrable que suma a otras decenas de miles de hombres y mujeres como dependientes del sector público.

Esos 125.000 salarios que paga hoy el Estado chaqueño representan el doble de lo que la provincia abonaba catorce años atrás. Es decir, un incremento del 100% en la plantilla estatal durante un período en el que la población del Chaco varió mucho menos, una evolución demográfica por debajo del 15%.

Un brutal aluvión de nombramientos ejecutado principalmente a partir de 2008, en época de vacas gordas, con un nulo criterio de responsabilidad. Una acción persistente que no sólo compromete seriamente el funcionamiento provincial ahora que las vacas adelgazaron severamente, sino que en su momento marcó toda una opción política: en lugar de utilizar los recursos públicos para incentivar a un desarrollo real y sustentable del Chaco, se lo volcó a un clientelismo de mirada corta que bloquea el progreso.

En septiembre de este año, los empleados registrados del todo el sector privado de la provincia fueron 74.600. En ese mismo mes, la provincia tuvo que destinar 2.839 millones de pesos a pagar sueldos de su personal y 853 millones más a la seguridad social del empleo estatal. En total, 3.692 millones.

¿Se imaginan todo lo que podría hacerse si la mitad de esos fondos pudieran estar disponibles para otros fines, como estarían si algunos bolígrafos no se hubiesen puesto al rojo vivo firmando nombramientos?

¿Habrá reconciliación?

Pero lo peor de todo es que este Estado deforme y caro ni siquiera sirve para brindar servicios básicos que aquí funcionan peor que casi en cualquier otra parte: la salud pública se debate entre edificios deteriorados y frecuentes paros, la educación actual no le llega ni a las rodillas a la que los colegios impartían medio siglo atrás y la seguridad es una sábana que se convirtió en servilleta.

Trámites como documentar a un niño o registrar una transacción inmobiliaria se convierten en una aventura por la ola de huelgas de quienes quieren ganar más pero no obtienen respuestas satisfactorias porque no es lo mismo acordar una mejora para cuarenta mil agentes que para casi dos veces ese número.

La obra social oficial no puede pagar lo que sería correcto abonar a los profesionales de la salud, porque utiliza su superávit para tapar parte del déficit de la caja de jubilaciones oficial, donde hay beneficios de más de 200.000 pesos. Entonces, al problema lo resuelven los pacientes que, de su bolsillo, afrontan un “plus” de entre 200 y 1.000 pesos en los consultorios de médicos y especialistas.

La obra social oficial no puede pagar lo que sería correcto abonar a los profesionales de la salud

Y los que pueden agregan otros varios miles más a sus compromisos mensuales para que sus hijos puedan ir a escuelas en las que no haya paros todas las semanas. Gente que se las tiene que rebuscar como si no hubiera Estado, cuando lo hay y es tan omnipresente y oneroso como ineficiente.

Para que el gigante pueda seguir caminando, los trabajadores pagan Ganancias, las pymes -en medio de un cuadro recesivo funesto- afrontan cargas fiscales sin parangón, la burocracia inventa todos los días un trámite nuevo para poder justificarse a sí misma.

Y, de yapa, toca escuchar a referentes del kirchnerismo decir que ellos nos pueden sacar de esto en lo que tanto ayudaron a meternos. Justo ellos, que provocaron el nacimiento del “voto fuga”, cuyo principal beneficiario fue Macri. Un presidente que, no por casualidad, mantiene sus posibilidades de reelección únicamente porque un sector del electorado, casi a ciegas, todavía cree que él puede llegar a ser el que comience a girar un país patas para arriba.

Quizás 2019 pueda, de verdad, ser un punto de inflexión. Otro comienzo. Una historia que no divida entre buenos y malos allí donde sólo hay víctimas de distintas índoles de las recetas facilistas con las que nos hemos dejado engañar tantas veces. Un año en que la política nos sorprenda con figuras capaces de satisfacer la necesidad más grande de todas: que la realidad de nuestro país se reconcilie de una vez por todas con el sentido común.

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