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La Navidad y sus símbolos

El árbol navideño tal vez éste sea el símbolo más difundido de la Navidad, aún en esferas que no participan de la fe cristiana. Algunos lo consideran un elemento pagano y otros sostienen su auténtica raigambre cristiana.

Por María Cristina de Pompert de Valenzuela

Por una parte, su origen se vincula mayoritariamente con los pueblos de la Germania como un elemento no religioso y su uso prevaleció entre los pueblos sajones. Adoptado luego por la cristiandad su significado se sacralizó y hoy constituye el más representativo elemento de la Navidad, en el ámbito comercial y en algunos casos el familiar.

Otros, sin embargo, afirman que su institución coincide con el momento en que San Francisco de Asís propagó la reconstrucción del nacimiento y afirman, por ello, su génesis cristiana y católica. Hasta existe una leyenda acerca de un árbol que se engalanó con flores y estrellas para celebrar la venida del Mesías. De una u otra manera hoy se encuentra relacionado con el nacimiento de Jesús y, a menudo se convierte en principal protagonista de la celebración navideña.

Los primitivos árboles navideños, naturales o artesanales construidos con diferentes materiales, eran ornamentados con cintas, cuentas de colores, objetos varios, flores y luces de velas, entre otras cosas. Todo ello ha sido reemplazado actualmente por accesorios fabricados especialmente para adornarlos, en una verdadera competencia comercial para hacerlos más bonitos o llamativos. Con frecuencia muestran la presencia de la nieve, en concordancia con el clima invernal del hemisferio norte en donde nació Jesucristo. Antes de ser imitada y vendida en el comercio en sus formas más modernas era simulada mediante copos de algodón o escarchas de ácido bórico.

En lo que respecta a nuestro país se afirma que el primer árbol de Navidad fue introducido en Buenos Aires por un ciudadano irlandés, Miguel Hines, quien vino a estas tierras a luchar como soldado durante las invasiones inglesas y resultó herido en la calle durante la contienda. Restablecido en nuestro país, permaneció en él y contrajo matrimonio con una criolla fundando su hogar.

En la primera década del siglo XIX, en ocasión de la festividad navideña, recordó la costumbre de su patria y presentó el primer árbol, utilizando para ello un abedul al que colocó una cantidad importante de estrellas plateadas y de velas que ardían con intermitencia entre sus ramas. Agregó luego muchos pequeños juguetes, golosinas, mazapanes y turrones.

La visión de este árbol impactó en el vecindario, que lo incorporó en los años sucesivos a los símbolos existentes.

La existencia del árbol se arraigó como costumbre para anunciar la llegada de la Navidad. Por ese motivo , con mucha anticipación a la fecha se lo ve lucir en el ámbito comercial. Por otra parte constituye una presencia casi obligada en la mayoría de los hogares, aún en los de quienes no profesan la religión que da origen a la celebración.

EL PESEBRE NAVIDEÑO

Fue en el siglo IV aproximadamente, cuando se fijó el momento preciso de la celebración. Entonces las iglesias cristianas de Oriente y de Occidente dispusieron, en forma casi unánime que se recordaría el acontecimiento en la noche del 24 al 25 de diciembre y así quedó instituida como fecha inamovible.

Miniatura italiana (3 cm imágenes de pie).

A partir de esta determinación, lentamente fueron surgiendo en Europa algunos símbolos que a través de los años, identificaron de manera muy definida esta recordación. A las principales figuras, protagonistas del nacimiento, se agregaron los pastores, los Reyes Magos y algunos animales domésticos que, se entiende, estuvieron en la gruta de Belén: el asno, el buey y las ovejas que llegaron con los pastores. El conjunto de estos elementos constituyeron los nacimientos, “pesebres” o “belenes”, como se los denominó en nuestro país en la época colonial. También se institucionalizó el árbol navideño que algunos consideran de tradición pagana y otros como de verdadera raigambre cristiana. Los villancicos o canciones alusivas, estrellas, velas, frutos de pino, guirnaldas y otros objetos (hasta productos de pirotecnia y alimentos tradicionales) fueron adicionándose con el transcurrir del tiempo, como atributos muy difundidos de la celebración.

Pesebre español con imágenes de niños.

En cuanto a las representaciones del nacimiento, los biógrafos de San Francisco de Asís sostienen que en la Navidad del año 1223, es decir en el siglo XIII, el santo mandó reconstruir, a modo de conmemoración, la escena del nacimiento en la ladera del Monte Greccio. Para ello instaló una pequeña cabaña y en la misma un pesebre viviente, con los personajes y animales antes mencionados. Fue de esta manera el creador formal de un símbolo y de una devoción, quizás la más representativa expresión del contenido espiritual de la Navidad para los cristianos, aunque no la más difundida y practicada.

Poco a poco fueron haciéndose agregados a la imagen del Niño, tanto en los templos, como en las casas de familia. Algunas veces una muñeca vestida representaba a la Virgen, en tanto que con la imagen de San José se presentaban mayores dificultades, llegó a tallárselo en barras de jabón. Se añadieron sucesivamente toda clase de representaciones de personas y animales, incluso algunos ajenos al medio en que se produjo el nacimiento. Desproporciones en la escala, anacronismos y elementos completamente ajenos a la realidad que se representaba, fueron dando características peculiares a estos pesebres que gradualmente reproducían, no sólo el nacimiento, sino también el entorno y la vida que se movía alrededor de la escena.

Conjunto realizado por un artesano salteño.

El ámbito natural en que se produjo el acontecimiento, era reconstruido con ponderable empeño. Montañas de tela o de papel, con cimas enharinadas y cielos de tul celeste, se complementaban con ríos inmóviles y caminos quietos. Algunos remiendos verdes realizados con ramitas, simulaban la vegetación y hasta pequeños pueblos junto a los precipicios, ya se realizaban en la segunda década del siglo XIX, en nuestro país.

La práctica de la confección del pesebre navideño se extendió y ya en nuestro siglo, los artesanos y las industrias encararon la realización de las piezas integrantes, guardando todos los detalles de proporción y semejanza en el estilo y en los materiales. Fue un elemento infaltable en los templos y, aunque la costumbre de armarlo en los hogares no tuvo la misma aceptación y divulgación que la del árbol navideño (se suele afirmar que por cada cinco árboles hay un pesebre), la devoción y entusiasmo por reproducir el Divino Nacimiento. fue logrando muchos adeptos.

Con el transcurrir del tiempo, en los últimos años se ha producido, a nivel mundial, un fenómeno notable en la representación del Nacimiento de Cristo.

A pesar de su carácter universal y del tradicional aspecto que por muchos siglos han tenido sus personajes, precisamente en un mundo globalizado, las figuras del pesebre, fundamentalmente las artesanales, han ido adquiriendo caracteres diferenciales según la nacionalidad del autor o del grupo a que pertenece.

Así es posible contemplar a un San José vestido a la usanza catalana o representado por un indígena, pastores con indumentarias típicas de la zona y hasta un niño con vestimenta y rasgos peculiares. También, es probable contemplar una Virgen y un Niño negros. Inclusive los Reyes Magos adquieren las características y la vestimenta del pueblo cuyo autor los representa.

Pareciera que se produce la proyección de la propia identidad del artesano a las imágenes, fenómeno que nos habla de una incorporación muy fuerte del sentido espiritual que adquiere esta tradición, al sentir nacional y a la naturaleza o idiosincrasia del autor. En otros casos el origen de la factura del conjunto es identificable por la técnica empleada, al tiempo que existen variantes inspiradas en inquietudes artísticas, que se reflejan en las recreaciones.

Ya no se tiende con tanta preocupación a reproducir el ambiente o el entorno en que se registró el acontecimiento y, en la mayoría de los casos se eliminan algunos protagonistas que se incluían anteriormente. Por razones comerciales o visiones personales, existe una tendencia marcada a representar solamente los tres personajes principales, el Niño, la Virgen y San José, a los que a veces se agregan los dos animales tradicionales: el asno y el buey. En otros casos, se omite a los pastores, y con frecuencia, en el caso de los pesebres artesanales, a los Reyes Magos. Esta última postura puede interpretarse como inspirada en la idea, a veces expresada, de que el Dios que viene al mundo, es el de los humildes.

A pesar de su más restringida difusión, sobre todo en relación con la confección del árbol que es realizada aún por personas no cristianas, el pesebre navideño continúa siendo el símbolo más preciso y de mayor contenido espiritual de la celebración de la Navidad por los cristianos de todo el mundo.

Nota: Las imágenes corresponden a pesebres que integran la colección de la autora