Momento crítico para la agricultura familiar
Los pequeños productores, a través de actividades agrícolas con participación familiar, generan más del 60 por ciento de los alimentos que se consumen en las mesas de los argentinos. Tanto en nuestro país como en el resto del mundo, este sector desempeña un rol clave en las economías regionales y por eso la FAO aconseja a los gobiernos colocar a la agricultura familiar en el centro de las políticas agrícolas. En la Argentina de hoy, sin embargo, las familias agrícolas son las grandes perdedoras de un modelo económico que favorece solo a grandes empresas exportadoras del campo.
La Argentina no es el único país del mundo donde la agricultura familiar es la forma predominante de agricultura en la producción de alimentos. Tanto en países en desarrollo como en países desarrollados, el sector aporta un singular dinamismo a las economías regionales. Para la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, más conocida por las siglas FAO, la agricultura a pequeña escala cumple una tarea irremplazable en la lucha por la erradicación del hambre y la pobreza, la seguridad alimentaria y la nutrición, y además puede generar las condiciones para mejorar los medios de vida, la gestión de los recursos naturales, la protección del medio ambiente y lograr el desarrollo sostenible, en particular en zonas rurales.
Esta semana, la Fundación para el Desarrollo en Justicia y Paz (Fundapaz), una organización civil que promueve el desarrollo rural sustentable, con comunidades indígenas y familias campesinas en la región del Chaco argentino, alertó sobre el difícil momento que atraviesa el sector y advirtió que toda esta situación se complica por el problema del acceso a la propiedad de la tierra, ya que el reconocimiento de sus derechos sobre las tierras fiscales suele ser largo y engorroso. La entidad informó que días atrás se reunieron en Santiago del Estero unas 60 organizaciones sociales, que representan a unas 4.000 familias y en el encuentro se expresó la preocupación por el desmantelamiento de la Secretaría de Agricultura Familiar tras el despido masivo de técnicos ese organismo que, hasta hace poco, ayudaban a las organizaciones en diferentes cuestiones fundamentales para la tarea que llevan adelante. Los representantes de Fundapaz recuerdan que estos pequeños productores viven aislados, a mucha distancia de los escasos centros poblados, con enormes dificultades para satisfacer sus mínimas necesidades, como el agua, la salud o la educación. Observan, además, que las unidades de producción de este sector son variables y, a lo largo del tiempo, fueron apareciendo diferentes racionalidades técnicas, económicas y sociales guiadas por políticas agrarias que tendieron a fomentar un tamaño y un tipo específico de productores. “Si bien en nuestro país durante mucho tiempo el ideal agrario se ubicaba en el productor mediano (el chacarero pampeano), desde hace unos años y a caballo de la expansión de la producción sojera, implícitamente ese ideal ha pasado a ser la empresa agrícola”, señalan desde la fundación, que hace notar, además, que para estos productores la falta de transportes hace que la comercialización de sus productos sea difícil y que, cuando pueden venderlos, reciban precios muy bajos. Es evidente que las políticas económicas nacionales de los últimos años no se caracterizan, precisamente, por el apoyo a las familias rurales con menos recursos. El desmantelamiento de la Secretaría de Agricultura Familiar, así como los nuevos recortes en planes rurales dispuestos por Trabajo de la Nación, que han puesto en alerta a muchas provincias, y la desaparición del régimen del monotributo social agropecuario, son datos muy claros que confirman el desinterés de la administración Macri por impulsar políticas públicas que promuevan una agricultura más sustentable y equitativa y por atender las necesidades de los eslabones más vulnerables de la economía.










