El forcejeo judicial oculta la batalla política
Los tironeos judiciales y penitenciarios sobre la situación del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, que alcanzaron el summum este domingo, ponen de relieve que hay una batalla política enmascarada por resoluciones judiciales en torno al político más popular del país.
Según el diario O Globo, Lula dijo en la mañana del domingo a sus abogados: “Ustedes creen que me van a soltar así, tan fácil? Creen que eso va a pasar?". Los letrados contaron que cuando le fueron a comunicar la decisión de liberarlo del juez Favretto, el expresidente sonrió pero consideró que el asunto no iba a pasar de un éxito parcial en el papeleo. Dijo que era un prometedor comienzo para el hábeas corpus presentado, pero que de ninguna manera podía traducirse su liberación inmediata.

Y no se equivocaba: como no había ningún delegado judicial en la sede de la Policía Federal en Curitiba, los agentes se tomaron su tiempo antes de hacer efectiva la orden de Favretto. Esperaron a las 10 de la mañana, cuando vino Roberval Vicalvi, el oficial de justicia de turno, quien leyó la orden de libertad y de inmediato consultó al juez Sergio Moro, que a su vez ordenó no soltar Lula, afirmando que Favreto no tenía competencia para decidir en el caso.
El oficial de Justicia llegó a decirle a Moro que su despacho no podía oponerse a la determinación del juez del Tribunal Federal 4 y que no podría mantener a Lula tras las rejas. Se impuso la insistencia de Moro, que aseguró que ya interponía una apelación ante el Tribunal. Vicaldi dijo al servicio penitenciario que no abrieran las puertas.
Minutos después, Vicaldi recibió otra llamada, esta vez del juez de apelaciones Favreto, que con dureza ordenó que la Policía Federal cumpliera su orden de soltar a Lula. Al colgar, el delegado recibió una nueva llamada, nuevamente de Moro, que anticipaba que el relator del Lava-Jato, João Pedro Gebran Neto, se manifestaría por la continuidad en prisión. Menos de media hora después, también telefónicamente, Gebran Neto revocaba la orden del juez Favretto.
Eran las 16, cuando los abogados de Lula, que habían permanecido en la sede de la Policía Federal desde las 9, dejaron el lugar con la certeza de que habían sido derrotados y que el expresidente permanecería detenido. Minutos después, fueron sorprendidos por una nueva vuelta: en otra decisión esta protocolizada por el propio Tribunal Federal, Favreto determinó que Lula debía ser liberado, por tercera vez. Después de las 18, Lula seguía preso. “Ustedes creen que me van a soltar así, tan fácil?”. La PF y Moro finalmente consiguieron, ya por la noche, una firma del presidente del TRF-4 ordenando que Lula siga en la cárcel.
Los dichos del expresidente no se basan tanto en su fino y experimentado olfato político, como en el conocimiento de primera mano del deterioro institucional cada vez más profundo que carcome a Brasil. Desde la destitución express de Dilma Rousseff por “desprolijidades” presupuestarias; pasando por las votaciones amañadas que permitieron al actual presidente Michel Temer continuar en el cargo, aun con procesos pendientes; y el pronunciamiento del Ejército anticipando y exigiendo el fallo condenatorio contra Lula, las instituciones brasileñas son juguetes en el viento de una gran batalla política de la que no participan sólo los brasileños.
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