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La verdad, motivo de escándalo

La iglesia de Cristo es invencible, no porque lo digamos nosotros, sino porque es una verdad revelada por el mismo Dios: “Y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”.

La iglesia ha atravesado mares tormentosos más bravos que estos a lo largo de los siglos, y ha salido airosa, prueba irrefutable que Dios es fiel a su promesa y por eso no nos intimidan las modas, ni los eslóganes que se enarbolan con vehemencia y hasta con furor motorizadas por ideologías que pretenden imponer principios de muerte y decadencia para nuestra civilización.

La propaganda ruidosa y las manifestaciones en muchos casos hasta ofensivas hacia la iglesia, son adversarios conocidos para ella; pero la sabiduría de los siglos unida al auxilio de lo alto le han dado a nuestra institución, las armas adecuadas para salir victoriosa en cada batalla que en la que le ha tocado pelear a lo largo de los milenios. Tales batallas en muchas ocasiones se han dado dentro del seno mismo de ella, con escándalos e inmoralidades que parecieran imposible ser superados por la magnitud del daño.

Sin embargo, se mantuvo de pie, incólume, invencible, como testigo imperecedero que la verdad impera por sobre las contingencias de la historia, las coyunturas ideológicas y culturales y las nuevas síntesis de esos avatares del tiempo y del espacio que hacen que la iglesia sea cada vez más fuerte y cada vez más digna. “Si el señor no construye la casa –dice la palabra de Dios- en vano se cansan los constructores, porque Dios se la da a sus amigos mientras duermen”.

Dios se coloca siempre del lado de sus amigos y los amigos de Dios son los que defienden y sostienen la verdad. Una verdad que ha sido revelada en plenitud hace dos mil años; verdad que el poder arrogante de ese tiempo en Pilatos cuestionó, preguntándole a la misma verdad: ¿qué es la verdad? Y la verdad guardó silencio porque la verdad se argumenta en la verdad misma y se impone y no necesita ser defendida. La arrogancia de la razón estaba en ese tiempo, e incluso hoy, lejos de comprender que Jesús es la verdad, pero que tarea inútil tratar de hacer comprender a la brutalidad del mundo que la verdad está en Dios y que la imagen viva de esa verdad es Cristo Jesús y su palabra.

La historia se repite una y otra vez y es expuesta repetidas veces ante la verdad de Dios como el fundamento de todo lo que existe. Una y otra vez los hombres de todos los tiempos negaron y negarán, combaten y combatirán esa verdad que los escandaliza y enfurece; y así pasan sus días en una lucha estéril en la que no construyen nada significativo que tenga que ver con la elevación, la libertad y la dignidad de la creación. Gritan, se enloquecen, hacen un barullo ensordecedor frente una verdad que no necesita ser defendida porque la verdad resplandece siempre y se impone por sí misma porque esa es la ley de la creación.

Es inútil que le pongamos alas de gaviota al cerdo y definir con eso que el cerdo es una gaviota, el cerdo será siempre cerdo y la gaviota será siempre gaviota volando por lo alto, por más que busquemos mentirnos a nosotros mismos. La fachada puede ser cambiada, la esencia jamás, porque en la esencia está la acción creadora de Dios.

Nos toca a nosotros transitar los desafíos de esta época en la que se discuten muchas cosas, planteamientos seudofilosóficos, seudosociales, seudohumanos. Digo seudos, porque ninguno de estos planteamientos parte de una visión antropológica integral y profunda, más bien, de aspectos sesgados y fragmentados de la realidad y casi siempre marcados y condicionados por patrones ideológicos de época que en muchos casos contradicen las verdades objetivas inherentes a la verdad más honda del ser.

Por eso no perdurarán y por eso no debemos tener miedo, porque todo se reduce a miradas parciales y superficiales de una pretendida verdad que no es tal porque no toma el todo en la magnífica perspectiva que nos da el poliedro, sino solo la parte estrecha y obtusa.

Eso nos empobrece enormemente, filosóficamente, antropológicamente, culturalmente socialmente, porque nos sitúa en el fundamentalismo de las ideas como método para aproximarnos a la verdad. En este contexto necesitamos una brújula firme que oriente de manera certera nuestro camino para no perdernos en la ruta de la historia.

Para quienes creemos en Cristo y en la iglesia sabemos que esa brújula es la verdad de Dios revelada por Cristo en los santos evangelios. Por eso no nos movemos de esa verdad, es nuestra roca firme, en verdad la única base firme ante tanto tembladeral de verdades efímeras.

Esta verdad está afianzada también en la promesa de Dios, el único ser fidedigno cuya palabra y promesa son veraces, como lo atestiguan los siglos. Esa palabra y esa promesa ha definido de manera categórica el sentido de la historia: “cielos y tierras pasarán, más mis palabras no pasarán”. Lo que equivale a decir: historias, ideologías, culturas, imperios, modas y progresismos pasarán, pero Dios no pasará jamás.

En este sentido marchamos serenos con nuestra hoja de ruta, que para nosotros es clara, innegociable e intransferible so pena de perder el destino de la historia, son las palabras de Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Y todo, absolutamente todo está dicho allí.

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