La devaluación del ser
Vivimos tiempos devaluados en todos los sentidos. Hay una devaluación en los valores fundamentales que sostienen cualquier sociedad que se pretenda civilizada; lo mismo sucede con las instituciones que son el cimiento en el que se apoya toda la estructura social, vale decir el Estado, la familia, la escuela y la iglesia.
En efecto el Estado ya no garantiza la felicidad de los ciudadanos, al contrario, pareciera ser el motivo de los grandes fracasos y las más grandes desilusiones y tristeza de los ciudadanos. No es, por lejos, la garantía ni del techo, ni del trabajo, ni de la tierra, ni de la educación, y, por supuesto, no es garantía de vejez tranquila ni de moralidad. La mala política ha deformado en algunos casos en grado extremo el rol del Estado y lo ha transformado en la herramienta desde donde nacen los problemas más severos que padece la gente, llámense estos corrupción, ideología partidaria o terrible discapacidad e inoperancia en nuestra clase dirigente. La familia pasa de igual modo por una crisis de identidad, al punto que está en discusión el concepto mismo de lo que entendemos por familia. En efecto, desde pretendidas imposiciones ideológicas, culturales y coyunturales se pretende cambiar la imagen tradicional de familia heredada de la sabiduría de los siglos.

Todo está en discusión y todo es confuso en el ámbito familiar, los roles han sido cambiados, así, el padre ya no es padre, la madre ya no es madre y los hijos en medio de ese desorden sin identidad, ni control, ni dirección. De este modo ese entramado de relaciones donde la claridad del rol es fundamental para mantener ese núcleo organizado, ha desaparecido. No es exagerado afirmar que el caos familiar es el fiel reflejo del caos social, porque, como es sabido, si la célula básica de la sociedad está enferma, todo el cuerpo social sufrirá las consecuencias de esa enfermedad.
La escuela tampoco escapa a este caos. Con raras excepciones se ha perdido la vocación por la docencia, es decir la pasión y la responsabilidad por educar y formar las conciencias de los ciudadanos, con la plena clarividencia de concebir la docencia como una altísima misión para educar a los futuros ciudadanos de la patria. Lejos quedo la imagen del maestro y la maestra que en la conciencia del educando era lo más ejemplar, lo más inspirador y lo más noble, que generaba admiración y deseos de imitación en niños y jóvenes. Recuerdo con mucha emoción a mi maestra la Hortensia en el lote 23 de Machagai y su guardapolvo inmaculado, su peinado impecable, sus zapatos lustrados que parecían espejos resplandecientes en sus pies; recuerdo vivamente su perfume inolvidable que sabía a higiene, pulcritud, orden y belleza. Mi maestra era la imagen viva del sumo cuidado que ella tenía en su aspecto personal. Su pulcritud no podía ser sino motivo de admiración y encanto para nosotros niños, que la escuchábamos cual si se escucha a alguien que con su sola presencia imponía respeto.
Por supuesto que la iglesia tampoco escapa a este cambalache en el que se ha transformado la patria, algo profundamente grave y serio le sucede a una sociedad cuando la institución que debería ser el signo visible de la trascendencia, de lo sagrado y de la moralidad, ya no refleja eso. La iglesia como transmisora de fe y valores ya no es tal, es más, errores garrafales y pecados graves al interior mismo de nuestra institución la ha devaluado mucho y ella ya no representa en la conciencia de muchos el lugar de la confianza, el respeto y la moralidad y ya no es ni siquiera ella el refugio seguro ante tanta confusión. La autoridad moral limada por escandalosos malos ejemplos ha sumido a la iglesia también en el mismo cono de sombras en el que se encuentra toda la sociedad. La mundanidad y la pérdida del sentido de lo sagrado, incluso en quienes deberíamos ser los garantes de lo sagrado y del desapego del mundo, han confundido a todo el rebaño y lo ha dispersado. ¿Qué nos pasó?, ¿cómo ha pasado? Preguntas muy difíciles de responder, pero quizá toda esta chatura y mediocridad existencial tenga que ver con que hemos perdido la capacidad de pensar, de discernir y de rezar. La pobreza antropológica de un hombre extraviado en la maraña del mundo tiene que ver con un ser que ha perdido la capacidad de asombro que lo llevaba a filosofar, a discernir y a rezar.
El hombre de hoy es un ser atolondrado, dominado por las cosas. Los avances tecnológicos y científicos lo sitúan en la vorágine de un mundo que está transformando a los seres humanos en máquinas de producir y consumir. El hombre de hoy, no puede pensar, no puede discernir, no puede rezar. El capitalismo feroz cuya única ley es el dinero y el poder unido a la fiebre de comprar y gastar, lo volvió en un esclavo del consumo. Y lo ha convertido en un ser totalmente volcado hacia afuera que no puede pensar ni discernir ante la propaganda comercial, ya que aun cuando está pensando cómo hacer para obtener ese nuevo invento que le han mostrado, ya le coloca cien inventos más, que transforma la vida del hombre en un tráfico infernal en el que el ya no sabe lo que quiere, y por eso activa en su cerebro el modo automático, donde el ya no tiene el control de nada. Sin pensamiento, ni discernimiento, ni oración, el hombre ha quedado a merced de sí mismo y ya sin trascendencia es una marioneta del sistema, imagen patética de un ser que llamado a ser libre, es convertido en un ser gobernado por fuerzas y mecanismos extraños a sí mismo y cuyo único objetivo será depredar. ¿La vía de escape? Volver a pensar, a discernir y a rezar.










