Juguemos el otro Mundial
Desde el jueves último está rodando en la Rusia de los zares la pelota del Mundial de Fútbol y lo seguirá casi por un mes más, hasta la final del 15 de julio. Y se ve, otra vez, como este acontecimiento deportivo atrapa la atención universal y unifica las expresiones de deseos y de convivencia entre las distintas naciones del globo. Todo el mundo detrás del torneo con una inusitada pasión.
Sin temor a equivocarse se puede afirmar que es uno de los hechos con mayor resonancia en el mundo, por no decir el mayor, que despierta sumo interés. Mucho más que las asambleas anuales de la Naciones Unidas, de los organismos intercontinentales, de los encuentros de la Unión Europea, de la organización de los Estados Americanos (OEA), del Mercosur, de los líderes de países, como lo fue el de Donald Trump y Kim Jong de la semana que pasó.
Emociona ver por la televisión la Plaza Roja de Moscú inundada de banderas celestes y blancas y de argentinos abrazados con los colores nacionales, unidos por el entusiasmo de un deporte tan popular como es el fútbol, en una clara demostración de que hay temas y acciones que nos pueden unir a todos los argentinos. Allí, en vivo y en directo, y aquí, a la distancia, unidos tras la actuación de nuestros futbolistas y con el deseo de que les vaya bien.
HAY COSAS QUE NOS UNEN
Esto quiere decir que hay cosas que a los argentinos pueden unirnos y juntarnos para no caernos en esa grieta que parce insalvable y que nos hace perder tanto tiempo y tanta energía y posterga (¿para siempre?) ese destino de gran país que siempre soñamos y del que decimos que tenemos todo lo necesario para hacerlo.
Hoy la crisis del país y de la provincia con él- es tal que estamos tocando fondo por lo que debimos pedir una ambulancia, la del Fondo Monetario Internacional, para que nos socorra en esta emergencia. Una emergencia que será insalvable si no nos ponemos todos de acuerdo en cuatro o cinco puntos elementales en el que todos coincidamos y hacer lo que sea para lograrlos. No puede ser que seamos capaces de unirnos ante un mundial de fútbol y no lo hagamos por otros fines superiores y que influyen en el presente y futuro de todos los argentinos, donde están incluidos nuestros hijos y nuestros nietos.
Tanto que se habla de la camiseta de la Argentina, de ponerse la camiseta del Chaco, pero parece que sólo se trata de hacer el gesto y no lo que ella implica. Es posible que nos unamos para alentar a once jugadores que salen a la cancha, que nos fanaticemos por ello y no podamos hacer lo mismo para derrotar la pobreza y que tal o cual propuesta no se la mire por el contenido sino por el color de la camiseta de los que la proponen.
CAÍDA EN PICADA
Por no hacer esto seguimos cayendo en picada en aspectos esenciales de la vida ciudadana en los que antes éramos líderes latinoamericanos y aún mundiales. ¿O no nos duele ver como nuestros hijos salen del ciclo escolar primario y secundario con una escasa preparación y al mismo tiempo nos encogemos de hombros al saber que la semana educativa se ha reducido, con suerte, a tres días de clases porque cada siete días hay dos de medidas de fuerza? ¿No es incomprensible que hace años gobierno y gremios docentes se peleen por los medios y no sean capaces de llegar a acuerdos sensatos que a unos les permitan cumplir con su misión y vocación con una paga acorde a su cometido y a otros resguardar el derecho humano a la educación de la mejor calidad posible, y todo ante la mirada indiferente de los padres de los alumnos?
Así como nos juntamos para alentar la selección de fútbol en un mundial, ¿no podríamos juntarnos para ganar el mundial de la inflación y gobernantes, funcionarios, empresarios, industriales llegar a un acuerdo de precios para los productos elementales de la canasta familiar, y no estar pendientes de las devaluaciones, de la cotización del dólar y de aprovechar este mar revuelto para ganar aún más de lo justo.
Todo indica que cuando hay una causa noble, si existe buena voluntad, se pueden lograr consensos y acuerdos como, por ejemplo, en el 2002, cuando se apeló a una moneda como el quebracho o por un tiempo el trueque fue una ayuda singular a la economía familiar. El debatir no significa imponer la idea propia sino aceptar lo mejor de cada opinión posible.
Uno no puede dudar de las buenas intenciones de nuestros políticos: presidente, gobernador, legisladores, sino no serían tales (custodios del bien común), por lo que deberían apelar a los acuerdos que beneficien a todos. Por ejemplo, en el Chaco hace rato que pagamos altas tarifas de agua, luz, transporte y gas en garrafas y resulta que los aumentos que se aplican ahora son iguales a los de los lugares donde esos servicios eran casi gratis. Eso ¿no debería ser considerado? ¿No debería tenerse mucho cuidado con el acuerdo con el FMI, en vista de experiencias ya sufridas e informar paso a paso de lo que haga para su cumplimiento?
La lista de encuentros y desencuentros es interminable, pero es urgente que aprendamos del mundial de fútbol y nos pongamos de acuerdo en lo elemental, alentar lo nuestro para que hagan lo mejor. Los políticos, los primeros, pero en serio. Con hechos más que con palabras










