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Unidad en la fe y el hijo de Dios, tarea de la evangelización

Desde la perspectiva de la fe, la obra de la redención que Jesús completa perfectamente a instancias de su pasión muerte y resurrección fue llevada adelante por etapas estrechamente vinculadas al proceso de autoconciencia del hombre.

En efecto, la autoconciencia que el hombre tiene de sí mismo está estrechamente vinculada a su condición ‘creatural’, es decir, la percepción instintiva e intelectiva que tiene de la trascendencia que lo eleva por sobre lo material y lo conecta a un principio absoluto cualquiera fuere el nivel de este principio, desde las pinturas rupestres hasta la suma teológica de santo Tomás de Aquino; y desde las expresiones más primitivas y ancestrales de los pueblos originarios hasta las elaboraciones religiosas más complejas de las expresiones religiosas brahmánicas y orientales. Todo hace parte de un fluir existencial en el que el hombre se va haciendo consciente que no puede sustentarse en sí mismo. Esta epopeya arranca en las incipientes manifestaciones de la fe en la divinización de los fenómenos de la naturaleza del hombre primitivo, hasta el punto culminante de la interacción y la conciencia del Dios personal con el que el hombre establece un vínculo, sea este Yahvé, Alá, o Jesucristo.

Los escritos sagrados de las religiones son las huellas de un proceso que claramente está orientado hacia una plenitud de los tiempos y una plenitud de la autoconciencia humana. En el caso judeo cristiano, los libros sagrados del antiguo y nuevo testamento son el testigos de ese proceso que llega a su clímax en el tiempo en el que dice la palabra revelada en Hebreos 1: 1-12: “En el pasado muchas veces y de muchas formas habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombro heredero de todo, y por quien creo el universo”-y continúa-“Él es reflejo de su gloria, la imagen misma de lo que Dios es, y mantiene el universo con su palabra poderosa. Él es el que purificó el mundo, y tomó asiento en el cielo a la derecha del trono de Dios”. En ese sentido entendemos el proceso en movimiento de esa conciencia humana y espiritual que nos conduce a la plenitud. Así, cuanto más humano se vuelva el hombre más espiritual ha de transformarse, porque su esencia misma reclamara tal estado en cuanto que todo lo creado tendera siempre e inevitablemente hacia su creador. Toda vez que el hombre se desvía de este principio intrínseco que gobierna la creación caerá en una profunda contradicción y terminará irónicamente viviendo una existencia que no coincidirá con su esencia y por eso deambulará errante. Así, el hombre, esclavo de la razón todo lo convertirá en ideología y por ser tal, sin la luz de la trascendencia eterna, será condenado a la contingencia de lo coyuntural, para terminar inexorablemente diluido en el espacio y el tiempo que todo lo somete al olvido. Cristo, habiendo concluido la obra de la salvación en la historia, vuelve a la casa del padre dejando constituida sin embargo la iglesia que será la responsable de continuar lo que él había comenzado.

La obra de la salvación totalmente completada por Cristo en el mundo, deberá crecer como conciencia y como experiencia en cada hombre y en cada mujer en el tiempo, y es allí donde la obra de la evangelización encuentra su más pleno sentido. Cristo al ascender a los cielos deja a la primitiva iglesia representada por sus discípulos en ese tiempo, con un mandato explícito: “Vayan y anuncien a todo el mundo la buena noticia y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”. De este modo, cada bautizado constituido por el bautismo en discípulo misionero de Cristo tiene conciencia de esa responsabilidad misionera de anuncio para que todos los hombres lleguen a la unidad de la fe y al conocimiento de Jesús como el Hijo de Dios bendito enviado al mundo para el pleno conocimiento de Dios, de manera que toda la humanidad unida avance en la construcción de una civilización en la que superadas las diferencias , religiosas, culturales, raciales y sociales, surja una nueva humanidad con una nueva conciencia que tendrá el amor como ley y la fraternidad universal como la expresión neta de esa humanidad reconciliada en la unidad y en la paz como fruto del amor. En esa etapa final estamos, Cristo ha ascendido a los cielos y los cristianos trabajan arduamente en el mundo para que por la evangelización ese proceso avance rápidamente hacia la unidad de la fe y el pleno conocimiento del Hijo de Dios.

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