El fin de la utopía
Gran parte de los jóvenes de los años 70 soñaron con un mundo más justo e igualitario y se lanzaron a la lucha para lograr esa utopía. Hoy, a la luz de lo que pasó y sigue pasando en el mundo se puede hablar, sin lugar a dudas, del fin de esa utopía.
Creyeron que el papel de los Estados era velar por la justa distribución de las riquezas y para que todos tuvieran a su alcance las elementales condiciones de la existencia.
Soñaron que desde los gobiernos se lograra, paulatinamente, el acceso a los servicios elementales surgidos de la naturaleza y de los avances tecnológicos como la energía eléctrica, el gas, el agua potable, el transporte, la educación, la salud, una vejez saludable. Que ese acceso fuera lo menos oneroso posible para los ciudadanos de menores recursos y que los déficits fueron cubiertos por el propio Estado, cumpliendo su papel de tutor.
Todo con sentido de justicia, exigiendo, más a los que más tienen y desterrando el populismo regalista. Todo eso ha sido sepultado, al menos, en los últimos treinta años y tenemos hoy muchos más pobres e indigentes luchando por su subsistencia. De aquel 5 por ciento de pobreza, al casi 30 de hoy.
El costo de las tarifas
Estas reflexiones surgen a raíz del debate sobre el costo de las tarifas de los servicios públicos, en especial de los más elementales como son el agua potable, la luz y el gas. Alguna vez se dijo que, en regiones como la nuestra, donde la abundancia de agua es más que evidente, que el costo del servicio debería ser mínimo. Sin embargo, la pereza, la falta de iniciativa, el desvío de fondos hicieron que, hoy en plena región de los grandes ríos, el costo sea no solo excesivo, sino que llegue a menos de la mitad de los habitantes de una provincia como el Chaco, donde la construcción de acueductos demora siglos, en épocas de la súper tecnología. Se prometió también, cuando se proyectó Yacyretá, que la generación eléctrica a gran escala en la región abarataría los costos, algo que nunca ocurrió. Seguramente pasará lo mismo cuando el eterno gasoducto del Norte llegue a estar operativo, algo que por ahora está en la línea de las utopías.
Ñoquis y burocracia
Y todo esto pasa porque los Estados se agrandaron hasta el infinito y se llenaron de empleados (muchos de ellos ñoquis) y de burocracia que se llevan gran parte de los recursos que debieran estar para asegurar el bienestar de todos los habitantes, sin falsos populismos y con estricto sentido de Justicia. Entonces se regala el dinero a los que no producen ni trabajan y se quiere cobrar los servicios a precio oro, aún a los que no lo pueden pagar. Es más, se han añadido al costo de las tarifas impuestos nacionales, provinciales y hasta municipales para asegurarse el dinero que les permita los burócratas mantener su nivel de vida, en detrimento de los demás, cada vez en mayor crecimiento, como el 62,5 por ciento de nivel de pobreza de los niños, según los datos de la UCA.
En esta época en la que el respeto a los Derechos Humanos se ha ganado un lugar de privilegio tras la durísima experiencia de los años de la dictadura, lejos de arriar esas banderas, se deberían extender a asegurar la cobertura de las principales exigencias de la vida humana. ¿O no se violan los derechos humanos cuando se priva del agua potable, del servicio de electricidad o de gas, del acceso a la vivienda digna, a la educación, a la seguridad, al usar el transporte, en una palabra, el derecho a una vida digna?
Nadie dice que esos servicios no deban pagarse, pero la tarea del Estado y de los legisladores es la de evaluar quiénes y cuánto se deba pagar y, además, entender que está obligado a ser lo más eficiente posible en brindarlos y a invertir en ellos, antes que hacer beneficencia con parientes y amigos. Y que además hay que preocuparse primero por lo esencial y dejar de lado todo lo que tenga olor a demagogia.
En los años de democracia se han visto surgir en la región iniciativas de organismos que debían proyectar y ocuparse del progreso e integración zonal como el llamado Norte Grande, la Zico Sur, el Parlasur, la Unasur, el Mercosur, el CRECE Nea Litoral... y todo quedó en costosas reuniones que nada concretaron y sí dilapidaron recursos. Hoy todas yacen en el olvido y nadie sabe de qué se trata. Será por eso que, días atrás, se reunieron en Resistencia los gobernadores de Chaco y Salta para “firmar convenios de cooperación para concretar acciones de integración entre ambas provincias”, como para dar por muerto todo lo anterior, comenzar de nuevo y retomar una nueva utopía. ¿O será simplemente un intento de tomar posición para futuras elecciones?










