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Homicidas del amor

Es muy común escuchar decir: “Duermo tranquilo porque yo no le debo nada a nadie”. Seguramente esta afirmación parte de alguien que materialmente no le debe nada a nadie, pero ¿y el amor al prójimo y el amor a Dios? ¿Podríamos decir lo mismo si situáramos nuestras deudas en orden al amor?

   Hay mucha gente que viene a confesarse porque no va a misa, porque hace rato no se confiesa, por alguna mentira banal, por decir malas palabras, y a menudo por pecados de índole sexual. ¿Y cómo tratas a tu hermano? -les pregunto- y casi siempre hay una reacción de perplejidad, como si esta fuera una pregunta incómoda.

   Me doy cuenta de que nos cuesta relacionar el pecado de materia grave con la caridad, y  tengo la sensación de que por eso nos damos el permiso de maltratarnos entre nosotros, porque no consideramos pecado de materia grave ofender al prójimo. Con esto, nos olvidamos  de la severa admonición de Cristo en relación a la ofensa contra el prójimo: “Quien se enoje con su hermano y lo  llame estúpido, merece el infierno”.

   Es claro que para Jesús  la falta de caridad hacia él prójimo, es un pecado de materia grave. No estoy diciendo que los otros no lo sean: estoy diciendo que cuando cumplimos los preceptos sin  practicar también el mandamiento del amor al prójimo, no estamos a salvo. La verdadera mentira y la verdadera mala palabra es no amar al prójimo.

  Lo dice lucidamente San Pablo: “A nadie le debáis más que amor, porque el que ama ha cumplido el resto de la ley”. Quien en apariencia cree que está en orden según su conciencia ante Dios, debe preguntarse también: ¿cómo trato al prójimo? Y si sospechamos que lo tratamos mal, somos reos de muerte, no importa que nunca hayamos robado ni matado, somos ante Dios, reos de muerte, homicidas del amor, y por eso, casi seguramente, habitantes del infierno.

   Cuando miro el desprecio con el que los poderosos tratan a los más humildes, digo: Son reos de muerte. Cuando escucho que hay gente que  roba  del hospital implementos que son para los pobres, digo: son reos de muerte. Cuando veo el crecimiento escandaloso de las finanzas de los políticos corruptos, digo: son reos de muerte.

   Cuando veo la mezquindad del corazón de los ricos que hacen invisibles a los pobres porque los ignoran, digo: son reos de muerte; cuando veo el enriquecimiento ilícito de muchos especuladores a costa del hambre de los pobres, digo: son reos de muerte. Cuando escucho el enojo de muchos católicos por los huéspedes incómodos que se hicieron visibles en la catedral y cuestionan lo sagrado del templo sin detenerse a pensar en el templo sagrado por excelencia, que es el hermano donde habita el  Espíritu santo, digo: son reos de muerte.

   Cuando escucho que los  pobres son manipulados y usados para el enriquecimiento ilícito de los líderes populares, digo: son reos de muerte. Cuando dentro de la amada iglesia veo cómo los hermanos se despedazan entre sí por figurar y apropiarse de las cosas de Dios humillando a los hermanos, digo: son reos de muerte.

   En esta categoría entramos todos los agentes de pastoral que en nombre de Cristo y con la supuesta potestad de  Él, nos arrogamos el derecho de decidir lo que es bueno para los otros, no desde criterios evangélicos, sino de desde criterios personales, violando el mandato de la caridad y desobedeciendo flagrantemente el mandamiento imperativo de Cristo: “’Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”.

   Así, nos transformamos todos en reos de muerte y sin posibilidad de resurrección. Concluyo esta dura pero sincera reflexión con las palabras del salmo de este domingo: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis vuestro corazón”.

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