Infierno: el fracaso del hombre y la frustración de un Dios
Una civilización cada vez más tecnológica y científica no quiere saber nada del infierno, sin embargo la palabra de Dios y especialmente Jesús, habla claramente de la existencia de una realidad negativa como estado definitivo. En varias ocasiones Jesús hablo del infierno, como el lugar, si pudiéramos hablar de lugar, donde el estado espiritual de la persona se consuma en negativo para toda la eternidad, y, en esa instancia, ya sin posibilidad de redención.
Del mismo modo, Jesús, habla de su reino como una realidad en positivo donde la existencia se consuma y hace plena, en un estado de amor y de luz que no conocerán jamás el fin. La muerte seria el pasaje en la que acontece la plenitud de la vida o su completo fracaso. Desde la fe la creencia en la eternidad y en ese juicio final que te lleva o al cielo o al infierno es sencilla, porque lo afirma de manera categórica la palabra de Dios y también en el caso de los católicos la santa tradición.
En efecto por la palabra revelada y la enseñanza de la tradición la existencia del infierno está más allá de toda duda. La iglesia a lo largo de los milenios siempre ha enseñado esto y nunca dudo de su existencia. Lo que sí es una cuestión teológica en continuo discernimiento es ¿quién manda las almas al infierno y quienes están allí?
La palabra de Dios afirma claramente quien es el que juzga, no quien es el que manda al inferno y declara en todo caso que ese juicio es justo. Es claro que el justo juez es el que juzga, pero este juicio está determinado por las acciones netas de la persona que en su vida terrenal ha tenido la opción de elegir entre el bien y el mal. La persona, en efecto , elige la opción de vida en la que quiere vivir, por lo cual el juicio será siempre en relación a lo que la persona en su libre albedrio eligió cada día para si durante su estancia terrenal.
Lo que si esta garantizado en ese juicio es la total y absoluta objetividad del amor en estado puro que es Dios. En esa instancia no hay suspicacias, ni manipulaciones, ni negociaciones, lo que hay es una verdad desnuda ante Dios y ante el hombre. En ese nivel el hombre, liberado de todo condicionamiento y en plenitud de su autoconciencia, vera pasar cada uno de sus actos, palabras, pensamientos y opciones; en una palabra vera pasa cada cosa que eligió en el mundo ante la mirada misericordiosa de un Dios que observara sin prejuicio cada una de las decisiones que la persona tomo en su vida terrenal.
En este escenario ya sin posibilidad de argumentar o justificar nuestras elecciones, el veredicto, en ultimas, lo dará nuestro libre albedrio, que, habiendo elegido siempre y en toda circunstancia el mal en el mundo, en ese nivel no podrá optar más que por el mal, porque todo su ser habrá sido estructurado en la maldad y como el redondo no puede encajar en el cuadrado, habrá allí una elección en plena sintonía y coherencia con lo que siempre esa persona había elegido en el mundo.
Lo mismo sucederá con quien en su vida terrenal había optado siempre por el amor y por la verdad; será natural y lógico para este consumarse en el amor y en la verdad porque es lo que siempre había elegido en su vida. En las dos situaciones la consecuencia será cielo o infierno como sentencia para la frustración y decepción de Dios, cuando el veredicto que da ese juicio es el infierno, y su infinita alegría cuando ese veredicto dictamina para el alma el cielo o paraíso eterno. Es claro que Dios no abandona jamás a nadie a su suerte , durante nuestra vida terrenal Dios se habrá encargado cada segundo de nuestra existencia para hacernos saber que todo depende de nuestra decisión, advertirá en el momento oportuno cuando desviamos el camino; alertara a nuestra conciencia cuando caminemos por el borde del abismo; pondrá personas y creara miles de circunstancia para que nos demos cuenta hacia donde nos estamos dirigiendo; pero claro , será siempre nuestra libertad la que terminara inclinando la balanza para el lado de nuestra alecciones.
Así como hicimos en la vida así también haremos en el momento del juicio cuando estemos ante el trono del padre eterno. Por otro lado, tenemos que decir que la iglesia guarda un sobrio silencio sobre las almas que están o fueron al infierno, nada sabemos de eso, es decir , sabemos que existe , pero no sabemos quién son los que están allí. La iglesia jamás en dos mil años se pronunció por ejemplo sobre donde esta Judas, o Nerón, o últimamente Hitler, no sabemos a dónde fueron a parar los malos, lo que sí sabemos, es adonde fueron a parar los buenos. Cuando la iglesia proclama públicamente la santidad de alguien después de un largo y minucioso discernimiento, nos está diciendo que los santos están en el cielo, junto a la santísima virgen porque ella fue sin pecado concebida y no puede, teológicamente, no estar sino en ese lugar. Dice la palabra de Dios a este propósito: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.










